De traducciones y rock progresivo: ¿Dónde está el lado oscuro? ¿Aquí o allá?

A veces un libro que leemos nos lleva a recordar algo que leímos antes, y ambos enlazan entre sí como si se hubiera planeado un vínculo expreso. En este caso, una novela sobre Pink Floyd me devolvió a una frase iluminadora que había subrayado al leer un estudio sobre la tradición traductora en la Argentina. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

Los lectores de este lado del Atlántico no podemos evitar hacernos una pregunta muy a menudo cuando leemos traducciones hechas en España: ¿Será que los traductores y editores españoles no saben que no entendemos partes de sus textos, y no por falta de cultura sino porque vivimos en un mundo diferente? ¿O será que lo saben pero no les importa? Durante años he abordado ese problema de las traducciones españolas en talleres y cursos, y he procurado exponer claramente mi contrapropuesta, que ha ido definiéndose mejor tras esas sesiones en el paredón. Prometo volver sobre este tema en otro post, pero ahora solo tomaré ese par de preguntas iniciales para saltar al asunto de las lecturas como vasos comunicantes. Debo aclarar que también he leído buenas traducciones españolas, pero que las que me producen incomodidad abundan y sus problemas son tan evidentes que cuesta creer que se hayan publicado y luego vendido en América Latina sin pararse a pensar dos veces en cómo las leemos aquí. En franco contraste con esa manera de traducir, la frase iluminadora de la que hablo me asaltó en medio del estudio “Escenas de la traducción en la Argentina”, de Anna Gargatagli: “El uso de un idioma impersonal para traducir, diferente de la escritura literaria o de los usos coloquiales implicó que la posibilidad de ser hondamente otro fuera el resultado de un intenso trabajo que sigue siendo hasta ahora la función de la literatura argentina”. Sería como decir que los traductores argentinos hacen su trabajo con la conciencia de que su habla personal, o nacional, no es la de ese género intermedio que es la literatura en traducción. Para esos textos hay que utilizar un vocabulario y un estilo nuevo, como Trad lit en Am Lat-G Adamocorresponde a obras extranjeras, que no por verterse al español tienen que domesticarse por completo. Cuando uno ha renegado leyendo traducciones españolas, esa frase lo lleva a pensar que ninguna de las muchas traducciones argentinas que han pasado bajo su mirada deja pasar un “vos” o un “che”. El reto de todo traductor literario es salirse de su voz, su léxico y su registro habitual para encarnar el original, y en la visión que da Gargatagli, ese reto parecería ser no solo el punto de llegada del proceso de traducción sino el propio punto de partida. Traducir dentro de esta tradición no es argentinizar ni “porteñizar”, en oposición a la tradición española que si “iberiza” sin recato, a pesar de que para una gran porción de los lectores de estos lares toparse con un “gilipollas” equivalga a encontrarse con un término en una lengua extranjera.

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El vocabulario en los libros para niños

Acabo de traducir un libro sobre ecología y sostenibilidad para niños, que me puso en una situación algo paradójica pero frecuente en libros de divulgación o de corte educativo. En inglés, la lengua de la cual traduzco, el acercamiento a temas científicos pasa por una etapa inicial en la que no se usan términos especializados sino una especie de glosario paralelo formado por palabras más cotidianas, que hacen de la transición al entorno científico una pendiente suave y uniforme, sin escalones ni curvas. En español, en cambio, nos lanzan en picada al terreno de la ciencia y las cosas se llaman por su nombre científico desde el principio. ¿Un ejemplo? Esos huesos que para nosotros se llaman fémur y rótula desde la primaria, en inglés son big bone y knee cap para los legos, y femur y rotula para los médicos.

¿Y dónde está la paradoja? En que muchas veces tratamos de apegarnos al tono más elemental del original en inglés, y el español sencillamente no se presta para eso, pues tenemos más definida la frontera entre cotidianidad y ciencia. Sé que a muchos colegas que traducen al español en  Estados Unidos, clientes y agencias pueden solicitarles que la traducción se haga en un lenguaje para nivel primaria. Y pondrán reparos al encontrar fémures y rótulas, sin querer entender que no tenemos otras alternativas equivalentes, tal como no hay otro término para decir “mesa”.  No me he visto ante una exigencia semejante, pues mis editores suelen confiar en mi criterio, pero a veces me pregunto si habría otras alternativas en español.

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Una novela gráfica sobre escritores y mis manías como traductora

Me pregunto si los libros que leemos en nuestra infancia temprana marcan de alguna manera el rumbo de las futuras lecturas. En mi caso, Tintín fue compañero de mis ratos de lectura de niña, antes de pasar a libros más densos en texto. Y quizás de ahí viene mi gusto por la novela gráfica. No puedo decir que sea conocedora y coleccionista enTamara Drewe-Cubierta ese terreno, nada más que de repente caigo flechada por alguno de esos libros de muchos monos y poco texto, y quedo enamorada. En Navidad recibí una de estas novelas de la que nada sabía ni tampoco recordé verla en los stands de la Feria del Libro, donde estoy segura de que mi marido la compró. No supe tampoco si me la regalaba por alguna razón en especial, como el tema o que hubiera leído alguna buena reseña. El libro, Tamara Drewe de Posy Simmonds, estuvo muy quieto en su estante de la biblioteca hasta hace unas semanas en que, buscando qué leer porque acababa de terminarme una novela, me la encontré y me lancé a sus páginas sin saber nada más. Y me atrapó de tal manera que lo devoré en tres sentadas, escamoteándole el tiempo al trabajo y al sueño.

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Traductores y correctores: bandos enfrentados

Pareciera que no hay dos bandos más opuestos y beligerantes que el de los traductores y el de los correctores. Cual Montescos y Capuletos, unos y otros se culpan entre sí por todos los males que puedan existir en ese mundo que es el texto. Y son capaces de rechazar una buena solución simplemente por provenir del bando contrario.

Pero a diferencia de los Montescos y los Capuletos, que llevaban su vida y sus negocios cada cual en su terreno en forma paralela, traductores y correctores participan en el mismo proyecto y su objetivo es, en últimas, es mismo.

La situación se vuelve aún más paradójica si tenemos en cuenta que, en una buena cantidad de casos, los traductores y los correctores son intercambiables: quien traduce en este proyecto, corregirá en el siguiente. Al menos es así en el trabajo con agencias, y también en algunas editoriales que tienen establecida la etapa de revisión de traducción dentro de sus procesos.

¿Qué lleva a que una misma persona cambie su actitud de tal manera, según tenga una función o la otra? Pareciera haber una necesidad de encarnizamiento con la etapa que no nos asignaron, ya sea la que viene antes o después.

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A Alicia, la niña que no envejece, en sus 150 años

A mediados de los años setenta, una niña de 9 o 10 años, harta de que todos los libros que encontraba siempre tenían a niños como protagonistas y no había ninguno con una niña, se lo comentó a su mamá. La mamá se dedicó a buscar libros para llenarle el vacío a su hija, y dio con dos. Uno fue Momo, de Michael Ende, un éxito instantáneo que esa niña leyó y releyó, y la marcó tanto que dibujaba a sus personajes y meditaba sobre paradojas del tiempo. El otro fue Alicia en el país de las maravillas, en una versión íntegra pero mediocremente traducida, si bien la edición era bonita. La pequeña lectora se adentró en sus páginas, reconociendo y entendiendo al fin pasajes que se sabía de memoria gracias a un disco de cuentos de Disney que había oído una y mil veces antes de entrar a primaria, pero a la mitad del libro se fue perdiendo en una atmósfera de pesadilla que la angustiaba mucho. No entendía todo lo que leía, y veía efectos desastrosos en los personajes. Decidió acabar la lectura y olvidarse del libro.

Esa lectora creció, y unos años más tarde se topó con A través del espejo. Lo leyó sin pestañear, y el libro la enredó en sus paradojas lógicas, la puso a pensar, la hizo reír, y hasta terminó tratando de repetir la partida de ajedrez que se supone ilustra el avance del peón blanco/Alicia hasta su coronación. Con todo, no quiso volver a abrir su vieja edición de Alicia.

Y pasaron unos años más hasta que le preguntaron si conocía a alguien adecuado para traducir a Alicia. Tras algo de titubeo, y escudándose en unos cuantos libros ya traducidos, se ofreció a hacerlo ella misma. Esta lectora venida a traductora quería leer Alicia en el país de las maravillas con todo detalle, y borrar esa atmósfera de pesadilla que le había quedado del libro leído a los 10 años.

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Traduzco, luego escribo: el comienzo

La traducción es para mí la semilla de un discurso. Por una parte, implica un discurso en sí, una escritura, que se deriva de la lectura de un original. Pero una traducción también puede dar pie a un discurso de crítica o de análisis, a un comentario, a una simple opinión, enfocada en el texto traducido. Para mí a veces resulta difícil separar el trasfondo del texto, el original, de la traducción y su proceso. Incluso cuando leo en mis ratos de ocio, el ojo entrenado se activa y es capaz de detectar errores y tropiezos puntuales, también en los casos en que no conozco la lengua del original. Son los gajes del oficio: la lectura del traductor es más minuciosa que cualquier otra, y no es fácil controlar el cerebro para apagar esa forma de leer. Más aún, la lectura del traductor desemboca en escritura, para componer el texto traducido. De manera que, si resulta difícil apagar el mecanismo para leer como traductor, sucede lo mismo con el que estimula a escribir a partir de esa lectura.

Puedo afirmar lo anterior luego de 25 años en que mi vida ha girado de una forma u otra alrededor de la traducción de libros. No me atrevería a decir que le he dedicado esos años a la traducción literaria, porque durante algunas temporadas he hecho otras labores editoriales y porque entre los libros que he traducido hay muchos que no podrían clasificar en ningún género literario. Pero en uno u otro caso, el asunto de la semilla de discurso que siembra mi trabajo sigue siendo válido. La lectura del editor y del corrector también es minuciosa y me atrevería a decir que radiográfica, porque tiene que llegar hasta el esqueleto del texto. Y da pie también a una escritura posterior, que tal vez haría mejor en llamar reescritura de lo que sea que haya que corregir o pulir. Y en el trabajo editorial con libros no literarios, el desafío estilístico y de forma no es necesariamente menor. Hacer los títulos de secciones y capítulos en un libro de divulgación puede requerir más creatividad que 100 páginas de una novela (no en todos los casos, claro), y eso lo saben bien quienes han estado tras bambalinas de la producción de libros.

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