Agradecimientos

25 años haciendo libros (marzo de 1990 – marzo de 2015)

Por estas mismas fechas, en 1990, empecé a recorrer mi camino profesional, traduciendo y haciendo trabajo editorial. Veinticinco años más tarde, esas dos actividades siguen siendo mis campos laborales y en ese lapso de tiempo he aprendido mucho. Lo que en un principio se suplía con entusiasmo y osadía juvenil para proponer opciones se ha convertido en un juicio mejor justificado y definido. El entusiasmo sigue presente, eso sí. Y la osadía en cierta forma también, aunque ya no en su variante despreocupada, sino esa que nace del convencimiento de que, a veces, la mejor manera de ser fiel a un original es cambiándolo por completo.

A lo largo de esos años me he cruzado en el camino con personas que han sido decisivas en mi formación y quisiera darles las gracias:

A María del Mar Ravassa y a Lucía Borrero por ponerme la rienda y el freno, por revisar concienzudamente mi trabajo, enseñarme el oficio de edición y mostrarme el margen de juego que tiene un traductor.

A Ángela García, por aceptarme como novata free-lance y ofrecerme, además del trabajo, el espacio y el tiempo para corregir mis errores y exabruptos.

A Carmen Barvo, Rodrigo de la Ossa y Ana Roda, por confiar en mi ojo de correctora de estilo y permitirme revisar el trabajo de admirables traductores.

A Margarita Valencia y Carlos José Restrepo, cuyas juiciosas traducciones revisé, entreviendo su manera de trabajar para entender cómo se traduce.

A Mario Júrsich, por señalarme el rumbo, y editar mis reseñas, enseñándome hasta qué punto un editor puede pulir, intervenir y mejorar un texto.

A Sandro Romero Rey, por enseñarme con una cachetada metafísica la importancia de la reescritura.

A David Morley y Brian Mallet, por espolearme a seguir y creer en el valor de mis textos, y de lo que hay tras ellos.

A Ruth Herrera, por lanzarse conmigo a la aventura de la traducción en equipo, al sazonar mis traducciones con el sabor de su país y abrirme la puerta a trabajar más allá de Colombia.

A Daniel Goldin y su equipo de editoras, por darme carta blanca para traducir como creo que debe hacerse.

A Salvador Virgen, que me ha acompañado en más de la mitad de ese recorrido, como apoyo y como interlocutor en la interminable conversación sobre traducción y libros que hay en nuestra casa.

Hay también un buen número de profesores, colegas, alumnos y amigos que me han llevado a leer esto o lo otro, a hacerme determinadas preguntas y buscar las respuestas y a refinar ideas, que saben de mi afecto, al que se suma mi gratitud.

Así que ahora celebro haberlos encontrado en mi camino. Mi historia sería diferente de no haber contado con su estímulo, su paciencia y sus tirones de orejas. Y si no hubieran creído en mí, quizás este no sería mi oficio.

Y tampoco quisiera dejar de agradecer a quienes me inspiraron y orientaron para dar el salto al vacío y comenzar este blog: a Carlos Sánchez Lozano por proponerlo hace mucho; a Tony Rosado, Lisa Carter y Paula Arturo por asesorarme con su experiencia; a Catherine Pizani por ayudarme a encontrar el camino y mostrarme que cómo empezar; a Salvador Virgen (mi gurú tecnológico, además de otros mil papeles que tiene en mi vida) por toda la estructura virtual que montó para que solo me quedara a mí la parte de escritura.

Foto: Frailejones florecidos en el páramo de Sumapaz, Colombia, © Andrés Guhl

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