A Alicia, la niña que no envejece, en sus 150 años

A mediados de los años setenta, una niña de 9 o 10 años, harta de que todos los libros que encontraba siempre tenían a niños como protagonistas y no había ninguno con una niña, se lo comentó a su mamá. La mamá se dedicó a buscar libros para llenarle el vacío a su hija, y dio con dos. Uno fue Momo, de Michael Ende, un éxito instantáneo que esa niña leyó y releyó, y la marcó tanto que dibujaba a sus personajes y meditaba sobre paradojas del tiempo. El otro fue Alicia en el país de las maravillas, en una versión íntegra pero mediocremente traducida, si bien la edición era bonita. La pequeña lectora se adentró en sus páginas, reconociendo y entendiendo al fin pasajes que se sabía de memoria gracias a un disco de cuentos de Disney que había oído una y mil veces antes de entrar a primaria, pero a la mitad del libro se fue perdiendo en una atmósfera de pesadilla que la angustiaba mucho. No entendía todo lo que leía, y veía efectos desastrosos en los personajes. Decidió acabar la lectura y olvidarse del libro.

Esa lectora creció, y unos años más tarde se topó con A través del espejo. Lo leyó sin pestañear, y el libro la enredó en sus paradojas lógicas, la puso a pensar, la hizo reír, y hasta terminó tratando de repetir la partida de ajedrez que se supone ilustra el avance del peón blanco/Alicia hasta su coronación. Con todo, no quiso volver a abrir su vieja edición de Alicia.

Y pasaron unos años más hasta que le preguntaron si conocía a alguien adecuado para traducir a Alicia. Tras algo de titubeo, y escudándose en unos cuantos libros ya traducidos, se ofreció a hacerlo ella misma. Esta lectora venida a traductora quería leer Alicia en el país de las maravillas con todo detalle, y borrar esa atmósfera de pesadilla que le había quedado del libro leído a los 10 años.

Veinte años después, esta traductora y bloguera en ciernes que aquí escribe recuerda los tres meses que pasó trabajando en esa traducción. Al releer la nota que los editores me permitieron agregar al prólogo, donde explicaba ciertas líneas generales del proceso,  revivo mucho de lo que pensé en ese momento. La misión que me asignaron fue traducir un libro que iba a ser leído por niños de 10 años de edad en escuelas colombianas, labor que no sería difícil teniendo en cuenta que Alicia fue creada para entretener a Alice Liddell, que hace 150 años tenía 10, y a sus hermanas, una algo mayor y otra un poco menor.

A pesar de esa intención inicial, a lo largo de esos 150 años, se ha leído desde muchas perspectivas: la matemática, la filosófica, la psicoanalítica. Incluso ha habido épocas y lenguas en las cuales el libro en versión íntegra se consideró lectura para adultos, y a los niños se les dejaban las versiones resumidas y simplificadas. Al margen de esas desviaciones de la intención inicial de su autor (aunque habrá quienes defiendan que la intención inicial del reverendo Charles Lutwidge Dodgson era hacer un tratado lógico-matemático camuflado de historia para niños), me parece que el núcleo de Alicia que se mantiene fresco y vital es la sátira de la educación de su época, que puede extenderse a otras y, por tanto, actualizarse. Cuando Alicia llega al país de las maravillas, todos esos versitos moralistas que se sabe de memoria se le confunden y termina recitando perfectos disparates. Obviamente, los lectores de hace 150 años conocían los versitos originales y los reconocían bajo ese manto de nonsense con el que Carroll los recubrió. Esa transformación debía ser tremendamente divertida para ellos, y puede ser que incluso tuviera un efecto de catarsis al permitirles purgarse de la carga moralista y el rígido corsé de valores victorianos.

La llave para abrir la puerta hacia esa óptica de parodia y sátira fue la edición anotada de Martin Gardner que cayó en mis manos prestada por un amigo de mi familia. Dice una reseña de esta edición, publicada por primera vez en 1959 y reimpresa desde entonces, que Gardner fue el primero en descifrar muchos de los acertijos matemáticos y los juegos de palabras de las obras de Carroll. Sin sus notas, yo no habría podido ver tan claramente el carácter subversivo de Alicia ni la forma en que Carroll logró construir un espacio de rebeldía frente a la educación de su época. Con esas explicaciones me sentí no solo capaz, sino también obligada a replicar sus parodias, o a adaptarlas, mientras eso no las modernizara en exceso. Ante la carencia de un acervo de rimas y versitos como las nursery rhymes anglosajonas, recurrí a canciones populares infantiles que se conocieran en más de una generación. Por ejemplo, en la famosa escena del Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo, una marmota canta adormilada una versión disparatada de “Twinkle twinkle little star”:

Twinkle, twinkle, little bat!

How I wonder what you’re at!

Up above the world you fly,

Like a tea-tray in the sky

De haber sido una traducción para México, y no para Colombia, habría podido tomar la versión en español que todos los mexicanitos aprenden, y parodiarla. Pero en Bogotá, en 1995, mi único referente de esta canción en español era la primera temporada de Plaza Sésamo, a comienzos de los setenta, que los futuros lectores de mi traducción no iban a reconocer. Por eso, escogí una canción muy popular en este nuevo entorno, “Los pollitos”, y la parodié.

Los murcielaguitos

chillan ío ío

cuando tienen hambre,

cuando tienen frío.

 

Su mamá los llama,

con dulces chillidos,

les da la comida

y les presta abrigo.

Mantuve el motivo del murciélago por guardar algún nexo con el original, y porque también me servía como polo opuesto: una estrellita brillante y luminosa suplantada por un murciélago peludo, oscuro, membranoso, no era muy diferente de sustituir a unos tiernos pollitos amarillos y suaves, y hacer que su mamá los llamara con chillidos dulces. Al usar una canción conocida y parodiarla, en lugar de traducir la parodia simplemente, también evitaba tener que poner una nota explicativa que incluyera la canción original. A un lector de 10 años, esas notas le iban a interesar bien poco. Y esos insertos tan fieles al original, pero que exigen una explicación para poder entender su lugar en el texto, iban a romper el ritmo de la historia, tal como me había sucedido con mi versión pesadillesca de los 10 años.

Alicia-Cubierta

En 1999, fui invitada a un colegio de Bogotá donde habían usado mi traducción como lectura en 4º de primaria, y allí vi que los niños habían entendido el juego de la distorsión carrolliana y habían preparado versiones en rock y rap de las canciones de Alicia. En 2014, todavía encontré ejemplares a la venta en librerías en Bogotá y en la Feria del Libro de Guadalajara. Quiero pensar que la estrategia dio resultado, pero no hubiera sido posible sin un lector experto como Gardner que me llevara de la mano para entender a cabalidad el texto. Quiero pensar también que, así como Alicia cumple 150 años sin envejecer, a mi traducción de hace 20 todavía no se le notan mucho las huellas de la edad.

 

PS: Es una lástima no haberme atrevido a negociar regalías por esta traducción que resultó ser un long-seller.

Mi Alicia: Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas (trad. Mercedes Guhl), Panamericana Editorial, Bogotá, 1995.

La de Gardner: The Annotated Alice, publicada por W. W. Norton & Sons y otros sellos. La que yo usé era de Penguin.

11 comentarios en “A Alicia, la niña que no envejece, en sus 150 años

    1. Muy interesante el artículo, Juan Pablo. Me gusta cómo muestra el punto hasta el cual han cambiado las cosas en estos 150 años, sin meterse en el lío de justificar las rarezas de Carroll. ¡Que bien particular sí era el señor! Y eso me lleva al hecho actual de que los autores deben tomar parte en la estrategia de mercadeo de sus obras y ser sus estandartes. Veo en las ferias del libro a los autores dedicados a atraer posibles lectores, y pienso que, en realidad, los libros que me han cautivado en la vida han llegado a mí sin la intercesión del autor (que en muchos casos ya ha muerto). A lo mejor sería útil inventar una nueva dinámica para las ferias del libro: reuniones de lectores, donde podamos recomendarnos unos a otros los libros que hemos leído.

      1. Qué gran idea para fomentar la fertilidad de las ferias del libro. Las modalidades de toda la vida son anacrónicas, ojalá puedas proponer las reuniones de lectores.

        Un abrazo,

  1. Hace unos años, como parte de un proyecto de tesis, leí más de diez traducciones al español de los libros de Alicia. Mis favoritas fueron (y siguen siendo) la de Luis Maristany y la suya. Y sigo esperando que algún día traduzca “Through the Looking-Glass” 🙂

    1. ¡Gracias, Moisés (sonrojo)!
      En algún momento se habló de traducir “A través del espejo” y la idea me produjo una mezcla imposible de emoción y angustia. Me parece un libro mucho más difícil que “Alicia”. Pero con el apoyo de la edición anotada de Gardner vería más opciones.
      Entre las diez traducciones que leyó no sé si conocerá la de la argentina Graciela Montes, que a mí me parece magistral (ambos libros editados por Ediciones Colihue, Buenos Aires, que no tiene distribución en México). Graciela es autora de libros para niños y su manejo lúdico del lenguaje es maravilloso.

    1. Y yo que justo estuve repasando la foto de esa fabulosa mañana en el “Juan Ramón Jiménez” cuando escribí ese post. ¡Yo tampoco los olvido!

  2. Mercedes, gracias por este magnífico artículo.
    “… me parece que el núcleo de Alicia que se mantiene fresco y vital es la sátira de la educación de su época, que puede extenderse a otras y, por tanto, actualizarse. ”

    Al momento de traducir la obra de Carroll, no te acordaste también des “Fables” de la Fontaine quién dijo en el siglo XVII “Me sirvo de animales para educar a los humanos”…=)

    Me fui a “husmear” un poco acerca de Alicia y encontré todo un analisis interesante en al ámbito del psicoanálisis y en particular un artículo intitulado “Promenade au pays de la sexualité féminine” (http://psychanalyste-paris.com/Alice-au-pays-des-merveilles-de-l.html). Otro asunto de género que tocaremos en una de nuestras tertulias con cafeína…à bientôt!

  3. ¡Gracias, Catherine!
    Sobre una posible asociación con las Fábulas de La Fontaine, no, creo que no se cruzó por mi mente. Los animales que aparecen en los textos de Carroll (las dos partes de Alicia y el Snark) parecen sacados más de terrenos de los sueños que de algo más realista, como los animales de verdad. El dodo, extinto; el bebé-cerdito que arrulla la Duquesa; los flamencos que sirven de mazos de croquet; los animales de pesadilla del Jabberwocky; el histérico conejo blanco que busca sus guantes y se tanto se preocupa por llegar tarde…
    Y sobre las facetas psicoanalizables de Alicia, ¡hay tanto escrito y tanto más por discutir! Daría para otro post (o varios más). ¡Y para al menos una de nuestras tertulias también!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *