La creatividad literaria (y la sed de premios) al servicio de la localización

Esta es la historia del encuentro final con un libro del que supe por allá en 2009, cuando se publicó por primera vez, y del cual me olvidé hasta que lo vi por casualidad en un estante en la última feria del libro a la que asistí. Recordé vagamente el interés que me había despertado esa reseña leída años atrás. ¿De qué se trataba el libro? Ni idea. Solo había un borrón en mi memoria de algo de corte humorístico, junto con la curiosidad de leer por primera vez a Fernando Iwasaki, autor peruano cuyo nombre reconozco pero cuya obra desconozco.

Hace un par de semanas le hinqué el diente por fin a este libro, España, aparta de mí esos premios, y me costó dosificarlo para que no se me acabara en dos sentadas. Logré contenerme y no leer más de dos capítulos por noche (o dos “concursos”, ya se verá por qué). La razón para dedicarle una reseña de este blog no es solo que el libro me pareciera bueno y me hiciera reír a carcajadas, sino que además ilustra magistralmente el arte de localizar un texto, tarea que a veces los traductores asumimos sin pararnos mucho a pensar en lo que implica.

España-IwasakiEspaña, aparta de mí esos premios es una parodia de los muchos premios literarios de carácter regional y alcance reducido que existen en ese país, y muestra la manera en que un escritor recursivo puede construir una especie de cuento primordial que se va adaptando a cada caso, según lo que establezcan las condiciones planteadas en las bases del concurso.

Cada capítulo corresponde a un concurso, y contiene las bases de un certamen inventado (aunque resulta obvio que, para inventarlo, Iwasaki parte de alguno real); luego viene el cuento que presenta el mudo autor, que nunca se presenta y cierra con el acta del jurado que premia el cuento que acabamos de leer, con pocas o muchas objeciones de alguno de los miembros del jurado que se asientan en el acta.

La primera versión del cuento me pareció delirante pero no muy buena. Lo ingenioso fue ver la manera en que el autor manipulaba su cuento inicial para hacerlo encajar en nuevos parámetros, con lo cual el lector alcanza a pasar de una historia de milicianos internacionales en la Guerra Civil española hasta un concurso al estilo “Master Chef” con cocineros japoneses dedicados a la gastronomía vasca.

Iwasaki despliega una capacidad increíble para crear pequeñas unidades culturales en esa España que dibuja. Y a cada una le proporciona hitos históricos y símbolos que son los puntos de anclaje de estos premios. A través de este supuesto autor latinoamericano, Iwasaki siempre se las arregla para superar los obstáculos temáticos y referencias que imponen los organizadores, por más locales que parezcan.

Los cuentos son un verdadero prodigio del “copia y pega”, pues se reutilizan todas las partes posibles del cuento inicial, y se adaptan las necesarias gracias a una investigación de minucias históricas que le permitan moldear cada nueva versión del cuento como un guante que se ajustara perfectamente a las razones y objetivos de cada premio. Hay también en juego una especie de aire de familia, o raíz de familia, entre todos los cuentos, y que resulta común al mismo Iwasaki, con su herencia japonesa. En todos los cuentos hay algún personaje japonés, y una exploración de todo tipo de nexos entre España y Japón que, como no son tantos, terminan por ser otro elemento que resuena en varios de ellos… desde los jesuitas que se establecieron en Japón en el siglo XVI, que luego serían perseguidos, muertos o expulsados, hasta el grupo de japoneses que se quedaron en Andalucía cuando pasó por allí el samurai Hasekura, en misión diplomática, en el siglo XVII.

Desde mi punto de vista, el proceso por el que pasan estos cuentos de un capítulo (o concurso) a otro, son uno de los mejores ejemplo de “localización” que yo haya visto. Cuando se habla de localizar una traducción, o un texto, lo que se busca es adaptarlo para el público o usuarios de un país o región en particular. Lo que se localiza en este libro son los cuentos, según las exigencias de cada concurso. Las partes que se mantienen intactas del todo, o en buena medida, saltan a la vista, y por eso en cada nuevo capítulo la lectura del cuento es más rápida. Reconocemos al rompe lo que ya hemos leído, y la mirada recorre de prisa los renglones que ya vistos en otros cuentos, en busca de alguna diferencia. A veces esas partes son idénticas. Pero otras, las oraciones tienen la misma estructura pero los personajes o cosas que nombran difieren.

Claro, este galardonadísimo escritor ficticio podría ser acusado de plagio, o al menos de trampa con las bases de los premios, pues las similitudes entre los cuentos son abundantes y evidentes. Pero para salir bien librado se atiene al proverbial aislamiento pueblerino, que es el mismo de los pequeños cultos, pues en últimas cada uno de estos relatos (o más bien, cada variante de ese relato inicial que me pareció el menos bueno de todos) gira alrededor de un grupo pequeño que constituye una especie de culto a un hecho histórico o a un hito cultural.

Incluso en este último aspecto del posible plagio, Iwasaki decide ahondar y sacar su afilada ironía, porque en la lista de miembros del jurado que firman cada acta de premiación hay nombres que aparecen y reaparecen. Como si quisiera insinuar una de dos cosas (o ambas a la vez): que los jurados de estos premios desempeñan un papel simbólico nada más y son otros quienes recomiendan a los ganadores, o que en el mundillo literario hay esferas y bandos tan fuertemente definidas, que sus miembros cierran los ojos ante este tipo de contravenciones con tal de favorecer a uno de los suyos (o a la espera de recibir favores futuros).

Por ese sentido del humor traído de los cabellos, que asoma entre renglones cuando uno menos se lo espera, y por la destreza con la que juega a modificar los cuentos de un premio a otro el libro me parece muy recomendable. Pero además lo recomiendo como un texto en el que uno puede ver en funcionamiento los procesos de localización, pues además de adaptar el relato a un concurso y un jurado diferente en cada capítulo, siempre logra el mismo resultado: el premio. Un buen localizador no se conforma únicamente con adaptar el texto sino que se asegura de que la recepción de este sea equivalente a la que tuvo el texto original. En otras palabras, es un libro entretenidísimo que contiene también una lección de localización más contundente que un curso entero sobre ese tema.

Hay algo más que este libro me puso a pensar, en relación con la traducción: ¿Cómo podría traducirse a otro idioma? Está tan plagado de detalles locales, de guiños a ciertos aspectos opacos e incluso turbios del mundillo literario, que me parecería extremadamente difícil trasplantarlo a otro idioma. Para mí, es uno de esos casos en los que el libro es un juego que se va desarrollando de un capítulo a otro. Quizás la mejor manera de traducirlo sería replicar ese juego en la otra lengua, buscando premios de carácter muy local, o publicación en revistas de alcance muy restringido, más que reproducir frase por frase en una traducción al estilo tradicional. Claro, no creo que esa estrategia de traducción convenza a ningún editor, pero sería un ejercicio muy interesante en un taller literario, o en uno de localización.

Referencia completa del libro: España, aparta de mí esos premios, Fernando Iwasaki, Páginas de Espuma, Madrid, 2009.

4 comentarios en “La creatividad literaria (y la sed de premios) al servicio de la localización

  1. Uno podría creer que el cine de Hollywood o las telenovelas siguen ese mismo modelo. De pronto la explicación más plausible al éxito envidiable de ese autor ficticio (aunque quién sabe qué tanto) es su admirable disposición por cumplir las expectativas de sus lectores. Me imagino que lo mismo les pasa a los traductores: ¿acaso el público español de, digamos, murakami, es equivalente a su público japonés?

    1. Sé que para series y productos televisivos siempre hay algún grado de localización, en la medida en que lo permitan los estrechísimos márgenes del subtitulaje o el doblaje. En el caso de los traductores de libros, sí. Una buena traducción casi siempre va de la mano de un cierto grado de localización. El reto es, precisamente, hasta dónde llegar con ese “cierto grado”. El caso hipotético al que me refería, de llegar a traducir “España, aparta de mí esos premios”, como una reescritura en otro entorno cultural, tal vez hubiera sido excesivo como localización. Veo difícil traducir este libro de otra manera… y en ese caso sería más bien un divertimento traductivo-creativo. En otros casos, hay más matices de localización.

  2. Roberto Bolaño vivió unos años precisamente de ganarse concursos locales de narrativa en España, y escribió más de una pieza sobre el tema. Supongo que esa es otra referencia oculta en este libro.

    1. ¡Cierto! Lo había olvidado, pero estoy segura de que Iwasaki también apuntaba a Bolaño, o a casos como el suyo. Gracias por este codazo cómplice.

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