En la vitrina más grande del mundo

Hay una ruta de bus en la Ciudad de México que recorre todo el Paseo de la Reforma, desde Santa Fe hasta la Villa (el santuario de la Virgen de Guadalupe). Y en esa ruta circula un vehículo que se ve así por detrás:

Descender-bus
Esa imagen es la portada de Descender[1] un cómic que traduje hace un par de meses, en compañía de Alfredo Villegas Montejo[2], veterano traductor de este género. Fue él quien me hizo llegar esta foto. Es la primera vez que la difusión de una de mis traducciones va más allá de la exhibición en la vitrina o en alguna mesa de una librería. El encuentro con uno de mis libros que va libre y suelto por el mundo siempre me ha producido una mezcla de satisfacción y orgullo. Las palabras que habitan esas páginas se tejieron en mi teclado. Esa sensación ya había llegado a ser casi embriagadora cuando, en una u otra feria del libro, había entrado al stand de alguna de las editoriales con las que he trabajado y veía no uno ni dos sino cinco o seis títulos traducidos por mí. Pero ya toparse frente a frente con una portada rodante, en la carrocería de un bus, es algo muy diferente. No sé en cuántos grados de magnitud aumenta la sensación que describí antes. Y pensar en toda la gente que transite por Reforma, a pie o a bordo de algún vehículo, que pueda verla o interesarse en ella me da una especie de vértigo. Aunque soy consciente de que lo que circula por ahí es una imagen nada más, y que queda mucho sin decir de lo que habita en las páginas de este cómic.

Alfredo y yo pasamos cerca de un mes inmersos en el entorno de Descender, entre los escenarios intergalácticos, los fondos de acuarela, la negrura del espacio lejano en contraste con la refulgencia de las estructuras artificiales. Nos vimos frente a retos como encontrar la veta de ternura en el lenguaje reducido y estrictamente concreto de un gigantesco robot minero. O reconstruir los balbuceos de un vestigio robótico de una civilización desaparecida. O como investigar lo necesario de física para podernos referir informalmente y en pocas palabras a conceptos complejos como los universos paralelos o las velocidades de desplazamiento cercanas a la de la luz.

Descender gira alrededor de un tema que no es nuevo en el terreno de la ciencia ficción: hasta qué punto un robot puede llegar a tener cualidades humanas, que vengan implícitas de cierta manera en todo el montaje informático de su inteligencia artificial. Y en la trama que plantea, de unos colosales robots destructores que Alfredo bautizó acertadamente como Segadores (el original decía harvesters) y que parecen tener un rasgo en común con un pequeño robot de compañía para niños, se las arregla para mostrar la cara opuesta y semioculta de esa pregunta: hasta dónde pueden deshumanizarse los seres humanos, y otras razas imaginarias, en su búsqueda de una vida más cómoda y mejor, del brazo de la tecnología y por la ancha senda del poder.

Y cuando pienso en eso, en lo que hay tras los globos y cuadritos de una simple historieta, no puedo evitar maravillarme ante la destreza del guionista y el ilustrador para lograr conjurar semejantes preguntas tan fundamentales en diálogos cortos y directos, sin honduras filosóficas, que se incrustan en nubes y figuras de acuarela.

Al ver esa foto promocional que tapiza el bus, me devuelvo a los momentos de la traducción en que pensé, al igual que podría hacerlo un lector enganchado en la historia, que ojalá vengan más volúmenes de Descender para traducir. Ojalá pueda enterarme de adónde va parar la historia. Y hay que decir que serán los propios lectores los que den la pauta para que se publiquen en español los demás volúmenes que vengan. Así que no sobra invitar a los aficionados a los cómics, y también a los de la ciencia ficción a secas, a que busquen Descender en su librería de confianza.

Yo, por lo pronto, con afán de coleccionista seguiré a la caza de foto de ese bus, y confío en cruzármelo de repente si es que voy a la Ciudad de México antes de que cambien el anuncio que lleva.

[1] Descender Vol. 1, de Jeff Lemire y Dustin Nguyen, publicado por Editorial Océano, México, 2016.

[2] Alfredo tiene un  interesante blog sobre traducción de cómics: House of Ñ

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