Documentación para traducir: sobre deriva, buena mar y tesoros inesperados

Un comentario en un post anterior es la semilla de este post. Mi historial de traductora tiene una larga etapa en la que la documentación fue irrelevante. Traduje una buena cantidad de esos libros que en inglés se titulan X for dummies, y que en español quedaron como X para dummies (infortunadamente, pues yo hubiera preferido “para novatos” o “para primíparos”, ya que mucha gente solo ve la acepción de ‘dummies’ relacionada con ‘tontos’). Esos libros son una excelente base de documentación para traducir. Van explicando los conceptos, los términos, los fenómenos, de manera que la búsqueda de la palabra precisa en español es mucho más sencilla (y en una cantidad de casos uno ya la conoce). Muchos de los otros libros que he traducido requieren unas averiguaciones muy puntuales, relativamente sencillas. Así que cuando me enfrenté a la última novela que traduje, y me encontré con que había una trama paralela que sucedía en un barco pirata y que implicaría hablar de palos, velas y maniobras marineras empecé a sudar frío. A pesar de que fui furibunda lectora de Julio Verne, en especial de dos de sus libros muy marineros (Un capitán de quince años y Los hijos del capitán Grant), y de que gracias a un colega profesor y traductor que hacía presentaba problemas de traducción técnica con textos literarios entiendo que una novela puede tener sus visos de traducción técnica (y no solo las de ciencia ficción), me aterró entrar a terreno desconocido.

Buceé en internet, en busca de diagramas para entender los aparejos de un barco a vela, las partes del casco, pero no tuve suerte. Se dice que en internet está todo, pero lo cierto es que hay grandes lagunas de información en ciertos campos, disciplinas y etapas históricas que no necesariamente han de la mano de la tecnología o de los cibernautas. Encontré material sobre veleros deportivos, sobre barcos actuales (de planchas de metal y motor), pero nada que realmente me sirviera sobre carabelas, schooners, galeones, buques a vela anteriores al uso de motores en barcos. Por otro lado, sabía que en la biblioteca de diccionarios de mi marido, también traductor, debía haber algo. Encontré un diccionario marítimo en inglés, que bien me serviría para saber a qué objeto correspondían las palabras que encontraba. Y en el diccionario visual que a menudo he usado tuve el mismo tropiezo que con internet: no había nada de carácter histórico. Solo barcos actuales.

Como alternativa complementaria había pensado en hacer un ejercicio de pesquisa en mis recuerdos de finales de la niñez, cuando leí una y mil veces las novelas que cité antes, junto con otras… una buena muestra de la novela de aventuras que eran las lecturas recomendadas para mi edad en los años 70 (y que habían sido también las de mis papás y mis abuelos). Pero mis primeros intentos no surtieron fruto. Se me habían oxidado las palabras… al toparme con cosas como que uno de los personajes se trepaba al ‘crow’s nest’ tenía clara la imagen de a qué se referían. Sin embargo, la palabra ‘cofa’, que reconozco sin problema, no se venía a mi mente sino al leerla en el diccionario. Se me ocurrió despertar esa parte dormida de mi memoria con una dosis de lecturas. Los viejos tomos de Verne de mi adolescencia (ediciones en fascículos que habían sido de mi abuelo, por allá a principios del siglo XX) estaban fuera de mi alcance, en quién sabe qué caja de archivo a cinco mil kilómetros de donde vivo. Entonces… ¿Stevenson? Siempre me aburrió a mares La isla del tesoro. ¿Melville? Pero Moby Dick parecía muy larga para una lectura de documentación. Entonces recordé que me habían regalado una edición reciente de novelas breves de Melville. Así que ahí fui: Benito Cereno y Billy Budd.

Sabiendo que era posible que la lectura de Melville no rindiera todos los frutos que yo esperaba, en otros términos, que no hubiera tanta marinería de la que necesitaba, me acordé de haber leído un post sobre un naufragio en el estrecho de Magallanes de una colega en su blog, y de haberle oído muchas veces anécdotas de navegación. La recluté como “asesora técnica”, para revisarme un glosario de términos marítimos cuando fuera más avanzada la traducción.

Pensé también en ver alguna de las películas de Los piratas del Caribe, con la seguridad de que de alguna manera el Capitán Reed de mi novela se inspiraba aunque fuera lejanamente o por contraste en Jack Sparrow. Veía eso más probable que los ecos y resonancias de John Silver, el Capitán Garfio, o alguno de los villanos de Sandokán. Y me ayudó la casualidad porque me topé con una de esas películas ya empezada en algún canal de la televisión. Media hora bastó para ver que no iban a resolver mis problemas terminológicos. Que los barcos eran escenografía para la acción, pero no parte de ella. Quizás fuera más útil ver “Comandante de mar y tierra”, donde sé que los ruidos y crujidos de los aparejos merecieron un Oscar. Pero lo fui posponiendo.

Ya empezada la traducción, cuando llegué a las secciones de la trama marinera el avance fue tan lento por las dificultades léxicas, que decidí dejarlas todas para traducirlas de un tirón cuando hubiera terminado el resto del libro. Eso me daba un plazo de margen para sintonizarme en la onda marinera, piratesca. Así que dejé el asunto de la documentación medio encallado en las lecturas que me permitiera mi escaso tiempo libre, y a la deriva de la memoria.

Hasta que me topé con un hallazgo inesperado. Buscaba otra cosa en internet, y Googlebooks me llevó a un Diccionario marítimo español con glosario en inglés, francés e italiano en la sección final, publicado en 1865. Antes de seguir, advierto que tengo mil reservas con respecto a Googlebooks por el problema de los derechos de autor. Que en libros recientes digitalizan y suben a la red sin pedir autorización a los dueños de los derechos, y que eso les ha merecido más de una demanda. Si lo he usado unas cuantas veces en la vida ha sido buscando algo muy puntual y sencillo de buscar, que en una librería hubiera sido difícil porque, dado que los libros vienen empacados en un plástico que uno tiene que pedir que le retiren y a veces los empleados no quieren hacerlo, es difícil. O porque el comando de búsqueda Ctrl+F me lleva rápidamente a la respuesta que una búsqueda hojeando manualmente me tomaría un largo rato. Pero con un libro publicado en 1865 ya no hay derechos de autor que valgan. Así que, si tengo la certeza de que el libro es del dominio público, bien puedo servirme de él como referencia y para documentarme, a través de Googlebooks.

Este diccionario resultó ser un auténtico tesoro. El glosario inglés-español, junto con las definiciones en español me permitió entender mucho de lo que se me escapaba. Y la parte del glosario en francés me ayudó con ciertos términos que yo conocía en variante más afrancesada que a la inglesa, deduzco que porque mi mayor acervo de lecturas marineras era Verne, traducido del francés.

¿Que si recurrí al diccionario de mi marido? No hizo falta.

¿Que si leí Benito Cereno? Sí, aunque sirvió únicamente para sacar un listado de términos y “entrar en calor” para meterme en este terreno. Y sí me pregunté cómo hicieron los traductores de esas novelas que leí en la infancia. ¿Entenderían lo que traducían o se limitaban a lo que decía el diccionario, como loritos traductores?

¿Que si recurrí a la colega para asesorarme con una revisión del glosario? Tampoco. No consideré que hiciera falta, pero vale la pena explicar por qué. Si hubiera estado traduciendo un manual de navegación del siglo XVIII, material histórico claro, la aprobación de Helen y tal vez de al menos otro asesor habría sido crucial. Pero en mi novela era evidente que la autora tampoco se estaba ciñendo a una realidad concreta, sino que había confeccionado un barco a vela hipotético para un mundo fantástico, y que no iba a encontrar una correspondencia exacta con un barco real. Es uno de esos casos en que cierta vaguedad es permitida. No es que la imprecisión pueda campear, sino que puede uno tomarse sus licencias y no decir el nombre de la vela en sí sino referirse a “la vela”, y ya. La base que me daba el tesoro-diccionario bastaba para hacer esto.

¿Cómo quedó el libro? A mis ojos, bien. Tuve algunos problemas muy particulares, como el hecho de que en este mundo fantástico la división de géneros en los oficios era diferente de la de nuestro mundo. Así que en este barco la tripulación estaba compuesta por hombres y mujeres. La opción de usar “los hombres” como sinónimo de “tripulación” quedó descartada. O decidir qué hacer con los nombres de los puestos… ¿Si el capitán era mujer usaría “capitana” o seguiría esa extraña manía de dar la profesión u ocupación en masculino así sea mujer quien la desempeña, de manera que la Capitana Cat me quedara como la Capitán Cat? ¿Y si me topaba con una mujer haciendo de timonel… sería la timonela? Por suerte para mí, no hubo timonelas, la capitana sí quedó en femenino, y tuve una grumete que no dejé en grumeta sino en grumetilla (era menuda, así que el diminutivo le calzaba perfectamente). Eso es lo que yo puedo decir. El juicio final queda en manos de los lectores, a quienes espero que la traducción también les parezca buena. Aunque claro, esto nos lleva de nuevo a ese viejo dilema del papel del traductor en el éxito de una obra: si a la obra le va bien, es que todo lo bueno venía del autor; si le va mal, fue que el traductor hizo un mal trabajo.

Lo que sí puedo decir es que la documentación para traducir esa línea narrativa de esta novela fue casi tan aventurada como navegar en un mar infestado de piratas. Y que nunca termina uno de aprender mecanismos y vías para conseguir textos de referencia y paratextos que puedan apoyar y guiar el trabajo de documentación. Que es casi como un proceso de pesca en el que puede picar desde una sardina hasta un enorme atún. Lo mío fue una verdadera sorpresa, pues me llevé el atún. Solo lamento no haber podido tocar y manipular físicamente el libro sino tenerme que contentar con el archivo digitalizado en pdf, que servía perfectamente para mis propósitos. Pero en lugar de un filete de atún, me contenté con el enlatado.

 

Mis agradecimientos a Leticia Herrero, por haber plantado la semilla de esta entrada.

El tesoro: Lorenzo, José, Murga, Gonzalo y Ferreiro, Martín, Diccionario marítimo español, Madrid, 1864, consultado varias veces durante marzo y abril de 2016 en https://books.google.es/books/about/Diccionario_mar%C3%ADtimo_espa%C3%B1ol.html?id=Els7AQAAIAAJ&hl=es.

El comienzo del glosario: Melville, Herman, De buques y marineros, Panamericana Editorial, Bogotá, 2011 (traducción de Juan Vitta).

8 comentarios en “Documentación para traducir: sobre deriva, buena mar y tesoros inesperados

    1. ¡Gracias, Carlos! La verdad es que para mí fue una sorpresa que la investigación de términos para esta novela resultara tan interesante. Y el diccionario que recomiendo, el de 1864, me recordó mucho la edición en fascículos de novelas de Julio Verne que leí en mi temprana adolescencia.

  1. ¡Qué entrada tan interesante! ¡Cómo he disfrutado leyéndola! Tu relato del proceso de preparación y traducción es tan vívido que es fácil sentirse a la deriva contigo y respirar de alivio al saberte salvada por semejante tesoro.
    Magnífica traductora. Pasionalmente profesional.
    P.D. Dándole vueltas estoy a cómo pude yo motivar esta entrada…

    1. No tienes por qué acordarte, Leticia, de un comentario que hiciste a una entrada en la que yo hablaba de la deficiente traducción de “1491”, en la cual mencionaste la palabra “documentación”. Eso para mí fue como un faro, que me llevó a seguirle dando vueltas al tema hasta llegar a esta entrada que leíste. ¡Gracias!

      1. Buenísima la entrada, Mercedes. Ya te imagino dándole vueltas a los términos. ¡Con lo concienzuda que eres! ¿Pero dónde quedó Emilio Salgari? ¡Si todo lo suyo son piraterías!

        En estas situaciones yo a veces empiezo sacando el Diccionario de ideas afines. Ver una colección de términos agrupados por conceptos o temas me sirve de palanca de memoria para ir desempolvando palabras conocidas pero momentáneamente despistadas.

        Te mando un abrazo fuerte ¡y otro para Leticia! Me ha dado un alegrón ver su nombre en la entrada y su comentario.

        1. Gracias por leer la entrada, Marta, ¡y por comentar!
          Salgari… pues confieso que no leí tanto Sandokán. Que en la época en que leí mucho Julio Verne había apenas uno o dos libros de Salgari en mi casa (Uno era “La perla de Labuán”), pero no me engancharon tanto como Verne. El ejemplar de “La isla misteriosa” que heredé de mi abuelo al final se caía a pedazos de tanto que lo leí.
          De Sandokán recuerdo haber sacado dos palabras nuevas: los kriss y las babirusas. ¿Si tenía suficientes términos náuticos? Eso era lo que necesitaba ahora.
          Tomo nota de tu recomendación del Diccionario de ideas afines. Ya veo que la novela que empiezo a traducir ahora me va a poner a buscar términos también… ¡Gracias!

  2. Hola, Mercedes:

    Te leí con gusto, como siempre, y leyéndote me pusiste a pensar en un libro que publica la editorial donde trabajo y que se llama “Alles ums Schiff” (Todo sobre la navegación), de Ali Mitgutsch. Sospecho que allí hubieras encontrado la terminología que buscabas, si el libro existiera en espanol. Pongo un link al PDF en alemán del libro, que dejo a disposición de los interesados hasta el 30 de octubre (algún editor que lo quiera publicar en espanol?)

    https://ravenscloud.ravensburger.ag/public.php?service=files&t=9f35ce0f8f0c4c4944215d259ea6e7ae

    Como se trata de un libro ilustrado con poquísimo texto, no importa que esté en alemán. En la editorial donde trabajo lo vendemos como “clásico” o “vintage” y creo que en eso radica el que exista más o menos documentación sobre un tema: el tratamiento de la información (más o menos profundo) varía según el tema, el momento y la moda. Con todas las excepciones imaginables, claro.

    Un abrazo,
    Lucía (Borrero)

    1. ¡Muchas gracias por este aporte tan interesante, Lucía! El libro es una preciosidad. A primera vista, y con un alemán que ni siquiera llega al nivel básico, no vi los términos que yo necesitaba, ¡pero sí que me hubiera gustado leer un libro así a los 10 años!
      ¡Lástima no poderme ofrecer como traductora en caso de que haya editores interesados en publicarlo en español, porque no traduzco del alemán!

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