1491: memorial de agravios de una traducción descuidada

En una entrevista, un colega y amigo a quien admiro confesó que, al aceptar traducir una serie de novelas policíacas de corte comercial, había descubierto que traducir mala literatura no era más fácil que traducir buena literatura. Que estas novelas le habían tomado el mismo tiempo y esfuerzo que una novela con valor literario. He de reconocer que esto hizo que mi amigo subiera muchos puntos en mi admiración, pues sé de otros colegas que no necesariamente habrían actuado de la misma manera, irrespetando al autor y a los lectores de esos textos por considerar que no valía la pena el esfuerzo de hacer una buena traducción. La polémica se revive ahora con una vergonzosa entrevista a una periodista que se encargó de traducir una serie de novelas sobre La guerra de las galaxias, que descaradamente admite que no tenía ni idea del mundo de las películas cuando aceptó el trabajo y que no se molestó en documentarse porque “al final era literatura para niños”. No quiero ahondar en el asunto de esta periodista metida a traductora porque la sangre me hierve de solo recordar sus respuestas. Pero su actitud tan irrespetuosa puesta al lado de la de mi amigo me sirve perfectamente para reseñar la versión en español de un libro que, al momento de leerlo, también me hizo hervir la sangre. Me pareció que la edición en español había atropellado el original en inglés y, de paso, había pasado por encima del respeto a los lectores.

El libro (1491, Una nueva historia de las Américas antes de Colón) plantea una nueva mirada a la historia de las culturas del continente americano antes de la llegada de Colón y los IMG_20160219_154836585demás conquistadores, y supongo que fue un éxito de ventas en los Estados Unidos, que intentó replicarse en el mundo de habla hispana en 2006. Lo que se presenta en sus páginas es el producto de una investigación seria y sesuda, presentada en forma ágil, entretejiendo hilos comunes en la historia de las culturas de todo el continente, y retratando culturas precolombinas de las que nadie ha aprendido en las clases de historia del colegio porque los vestigios que dejaron se interpretaron de forma errada, y se midieron con parámetros que no les hacían justicia. A la larga trayectoria que tiene el autor escribiendo para medios de comunicación sobre la intersección entre ciencia, tecnología e historia, se suma el premio al libro del año, otorgado por la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos que recibió por 1491. Así que no era un libro cualquiera ni un autor cualquiera, y yo tenía buenas razones para que mis expectativas como lectora fueran altas.

A pesar de lo anterior, el texto estuvo unos años a la espera en mi biblioteca. Y cuando finalmente me lancé a leerlo, antes de llegar a la página 100 ya tenía ganas de escribir una reseña demoledora, pero no para hablar del contenido del libro sino del compendio de barbaridades que reúne su versión en español. Al empezar a encontrar deslices y tropiezos en la lectura, fui marcando las páginas con papelitos, que quedaron allí cuando cerré el libro hace unos años, molesta tras semejante experiencia de descuido editorial. Afortunadamente ahora, que decidí hincarle el diente a los problemas que vi en ese momento, reencuentro los papelitos azules en su lugar. En la foto se aprecia la cantidad, que desborda lo que cabría en una “fe de erratas” y exigiría una reedición.

IMG_20160219_154820193_HDRMis primeros tropiezos tuvieron que ver con algo que he pregonado en talleres y cursos de traducción con respecto a libros de ensayo y de interés general: si el original se sirve de referentes que no le dicen nada al lector de la traducción, más vale buscar la manera de sustituirlos, explicarlos u omitirlos. Aquí, en la primera página de la introducción me hablaban de una provincia boliviana y el autor, para dar una idea de su tamaño, la comparaba con el área sumada de los estados de Illinois e Indiana. El lector estadounidense podía agradecer esa referencia, pero estoy segura de que cualquier lector en España o América Latina quedó abrumado ante la oscura claridad de la comparación. Las referencias geográficas “a la gringa” se mantuvieron a lo largo del libro, y además sufrieron un “desbrujulamiento” radical. Para los estadounidenses, su país está compuesto de una serie de regiones etiquetadas sencillamente con su orientación geográfica: Costa Oeste y Costa Este, Suroeste, Oeste Medio o Medio Oeste, Sur, etc. Sucede lo mismo con muchos otros países, pero por lo general sabemos que cuando hablamos con extranjeros, hay que explicar mejor a qué nos referimos, porque no son categorías absolutas sino relativas. Porque el Sur de los Estados Unidos, tierras de Faulkner y de Matar un ruiseñor, quedan al norte para los latinoamericanos. Porque lo que hay al otro lado de la frontera en el Norte de México no es el Sur de los Estados Unidos sino el Suroeste y Texas. El problema se soluciona al precisar un poco más añadiendo el nombre del país, o parafraseando. Pero para eso se requiere entender la manera en que un país se describe a sí mismo, y cómo lo ven los de fuera. En otras palabras, es necesario leer de verdad, más allá de las palabras. Esta traducción no solo peca por no haber ido más allá del texto en sí, sino porque en alguna etapa entre traducción, revisión, cotejo y corrección alguien perdió el norte y “desbrujuló” las referencias. Toda la zona de Norteamérica a la cual llegaron los exploradores europeos y luego los colonos, que como todos sabemos corresponde a la parte norte de la costa este de los Estados Unidos y Canadá, figura en el libro como “noroeste”. La primera vez que encontré este error garrafal pensé que era una reverenda metida de pata de uno de los traductores. Pero cuando reapareció una y otra vez a lo largo del libro, pensé que era más lógico atribuirle el error a una corrección posterior donde alguien hubiera aplicado descuidadamente los comandos de “Buscar” y “Reemplazar”. Claro, a menos que este prodigio geográfico pudiera explicarse diciendo que el texto se refería al Atlántico noroeste.

Este “desbrujulamiento” resultó no ser únicamente de carácter espacial sino también temporal. Los culpables de la barbaridad calendárica que voy a mencionar pueden dormir relativamente tranquilos por el hecho de que las culturas que quedaron mal fechadas son bastante desconocidas, pero eso no borra el hecho de que alguien en alguna etapa de la producción del libro decidió que la abreviatura A.D. (Anno Domini, año del Señor) que aparece en el original correspondía a la a.C. (antes de Cristo) del español. O sea, lo mismo pero exactamente lo contrario. Como dice mi marido, también traductor, el problema de las herramientas de revisión de un procesador de palabra es que pueden ayudar a corregir un error a lo largo de todo un texto, pero también pueden ayudar a cometerlo. En este caso, el culpable invirtió todas las fechas del libro, y les regaló a muchas de estas culturas americanas avanzadas varios siglos de ventaja histórica. Las que tuvieron su apogeo en el 500 d.C. según el original, pasaron a tener sus ciudades y estados en el 500 a.C. en la traducción al español. Con la distorsión espacio-temporal, este libro pierde muchísimo valor como obra de referencia, porque las fechas históricas anteriores a 1492 están erradas, y los puntos cardinales, al menos en Norteamérica, están invertidos. El lector no puede confiar en el texto y su veracidad y no tiene manera de saberlo, a menos que sienta una cosquilla de incomodidad y trate de corroborar en otras fuentes.

Además de lo anterior hay toda una galaxia de errores. Desde descuidos mecanográficos que el corrector de ortografía no podía detectar porque están en palabras que no pertenecen al español (la cultura huari del Perú figura un par de veces con el diptongo invertido, “hauri”, y el mayor pez del Amazonas aparece como piraucu, y no pirarucú), hasta deslices de magnitudes numéricas (el promedio de precipitación anual en la costa peruana pasa de ser 2 pulgadas en el original a 5 centímetros cúbicos en el original. La conversión numérica no es el error, sino el haber pasado de unidades lineales, que son las que se usan para medir la cantidad de lluvia, a unidades cúbicas, adecuadas para volúmenes de líquidos).

Uno esperaría que para traducir un libro medianamente especializado se buscara a un traductor con conocimiento del tema, o que la traducción se le entregara a un revisor experto. Aquí lo que hubo fue desidia editorial. Nadie parece haberse molestado en confirmar si lo que pusieron los traductores o anotó un revisor verdaderamente correspondía a la realidad. Por ejemplo, una constelación importante del hemisferio sur, la Cruz del Sur (invisible en la España del equipo editorial), se convierte en Cruz Sureña, que en realidad correspondería a la bandera de los estados confederados del Sur en la guerra de secesión de EEUU, y no a la versión austral de la Estrella Polar. Otro ejemplo: la primera etapa para el aprovechamiento agrícola de un terreno (slash-and-burn y swidden en el original) quedó traducida como “talar y quemar” y una frase explicativa que tiene aspiraciones de término especializado: “desbrozar por medio del fuego”. Cuando en este lado del Atlántico se estudia historia de América, en los primeros años de secundaria, se topa uno con estos conceptos: “tala y quema” y “sistema de la roza”. Ambas opciones aparecían en mi libro de historia de 1º de bachillerato en Colombia, y sé que en México se aprenden más o menos en el mismo nivel educativo. Claro, en España eso no figura en el currículum oficial, y no va por ahí mi protesta. Pero sí hubiera esperado que el equipo editorial de uno de los sellos de ensayo más importantes en lengua española se molestara en corroborar términos y conceptos. Otro desliz, que para los habitantes de la zona andina parece increíble: la versión española convierte a la chicha, una especie de cerveza artesanal de maíz, en un destilado del maíz. El original usa el término “brewery” para el lugar donde se fabrica la chicha. ¿Cómo se saltó de “brewery”, que significa cervecería y puede extenderse a cualquier variante de planta de fermentación, a “destilería”? Nuevamente, falta de rigor, descuido.

Pero hay dos barbaridades que se llevan la medalla de oro, y que no me cansaré de aprovechar en clases y talleres. En el capítulo de la domesticación del maíz se describe el proceso que en México, cuna del maíz, se conoce como nixtamalizado, o sea, pelar el maíz para aprovechar la pulpa de los granos. Según el libro, esto se logra dejando “los granos de maíz a remojo en un baño de agua de lima” (original: a bath of lime and water). Qué curioso, en mi país y también en México se hace remojando los granos de maíz en agua con ceniza o cal. Quien tradujo o revisó el texto pasó por alto un detalle crucial: que no existían cítricos en América antes de Colón, y que el autor se refería a cal, la otra acepción de lime. La otra barbaridad de colección: en el capítulo final, al describir la alianza de las Cinco Naciones, en el norte de los Estados Unidos, se habla de la zona de ‘los lagos “del Dedo”’ (sic) en el estado de Nueva York. Se refiere a lo que en inglés se conoce como fingerlakes (literalmente lagos-dedo), que reciben su nombre por su forma estrecha y alargada, y seguramente también porque en la tradición indígena de la región, corresponden a las huellas de los dedos del Gran Espíritu. La traducción hubiera agradecido una explicación en este punto, o incluso la omisión total de la referencia a la parte de los dedos para quedar únicamente en el grupo de lagos del estado de Nueva York. Apostaría que ni siquiera el traductor de esta parte se tomó el trabajo de averiguar y comprender a qué se refería el autor. Dos buenos ejemplos de lo que es traducir sin entender, o revisar una traducción sin entender el original, porque no puedo señalar a los traductores como culpables pues bien puede ser un logro de los correctores.

Mi última queja podría tacharse de americanista, pero considero que hubo un garrafal error de punto de vista editorial en este libro. El tema es el continente americano antes de la llegada de los españoles, y se mencionan muchos objetos y productos de origen americano, pero en el texto aparecen únicamente con su nombre ibérico. No me opongo en forma radical a que figuren los nombres ibéricos, pero sí creo que se perdió la oportunidad de darle raíces a esta investigación y localizarla en su contexto hispanohablante verdadero. Así que leemos sobre culturas peruanas que se alimentaban de patatas (y no de papas), de grupos amazónicos que basaban su subsistencia en la mandioca (que también se conoce así en la Amazonia, pero sobre todo como yuca en el resto del continente). Nos hablan del trío agrícola de Norteamérica: maíz, calabaza y alubias/judías, pero nunca se menciona el término frijoles, que es el que se usaría precisamente en la Norteamérica hispana. Los lectores americanos, que probablemente éramos el mercado principal de este libro porque tiene que ver con la historia de nuestro continente, hubiéramos agradecido la deferencia de que se usara al menos en la primera aparición el término que nosotros acostumbramos para esos productos. Si en el equipo editorial hubiera habido al menos un experto en el tema de la historia y geografía de América, la mayoría de estos errores no se habrían publicado.

Llegué al final del libro sin poder creer todo lo que había encontrado. Busqué la página de créditos para ver el nombre del traductor y me encontré con que eran dos, y de muy buena reputación ambos. Para mí una traducción dice mucho de cómo lee el traductor (y también quien corrige, revisa y termina el proceso de edición), dice mucho de qué entiende o no del texto. Y eso da pie a toda una serie de hipótesis según lo que mi espíritu de Sherlock Holmes traductoril vaya encontrando. Además de esa hipótesis de que nadie se molestó en conseguir un asesor experto, y que habría que confirmar, surgieron otras. Me atrevería a asegurar que los dos traductores no trabajaron en llave, sino que la editorial dividió el texto entre ambos, como se hace ahora con libros extensos para reducir el tiempo de traducción. Cada quien tradujo por su lado y luego unificaron el texto en la etapa de corrección. Solo así puede explicarse que en la primera parte del libro se hable de “alubias” y en la segunda de “judías” para referirse a lo mismo. Y no es que recurrieran a un sinónimo para mejorar el estilo, porque no era necesario. Fueron decisiones de cada traductor, que los correctores no detectaron como opciones diferentes.

También me atrevería a asegurar que muchos de los errores que encontré surgieron en la etapa de revisión. Esto lo afirmo a partir de la trayectoria de ambos traductores. Aunque también cabe aquí otra hipótesis, que nos lleva nuevamente a la perezosa traductora de las novelitas de “La guerra de las galaxias”. Puede ser que estos traductores de tanta reputación hubieran subcontratado a alguien para hacer la traducción que luego se limitaron a firmar. O puede ser que sí la hicieran ellos, pero a toda prisa y sin fijarse. Un camino o el otro me lleva al meollo de la cuestión aquí: traducir ensayo no es más fácil que traducir literatura de ficción. De hecho, puede ser más difícil. El traductor tiene que ir más allá de simplemente entrever el mundo ficticio que hay tras las palabras para entender a cabalidad la argumentación que expone y fundamenta una hipótesis. Si el traductor no puede seguir el hilo argumentativo del autor, será incapaz de producir una traducción decente. En mi breve experiencia traduciendo textos filosóficos me he roto la cabeza. Nunca he sentido tal urgencia de entender hasta los últimos matices de un concepto, ni me he visto tan inquieta por no saber a ciencia cierta si entendí o no. Es un asunto de respeto por el original, de elemental ética de trabajo. En esta desafortunada edición de 1491 de Charles C. Mann, traductores, correctores y editores pecaron de facilistas y atropellaron el texto y la labor investigativa de su autor para producir un libro mediocre para su público directo. Sin saberlo, lo que publicaron fue un utilísimo dechado de errores y metidas de pata para cursos de traducción.

Si la traducción de poesía clama a gritos por un traductor hábil con el lenguaje poético, la de ensayo exige un traductor capaz de leer, seguir y comentar un ensayo. Si toda traducción literaria es una interpretación, sucede lo mismo con el ensayo. No por el hecho de que no haya florituras estilísticas, páginas llenas de metáforas, símbolos y diálogos, resulta más sencillo traducir ensayo. Aquí el traductor funciona como un protoeditor del texto que traduce, y debe ser capaz de seguir la argumentación y de detectar los puntos donde probablemente haya que adaptar y modificar el texto para el nuevo público de manera que la estructura de exposición, análisis y demostración de las hipótesis siga sirviendo a ese propósito. Si no es capaz de hacerlo, más vale que se dedique a otra cosa.

 

La entrevista a la irrespetuosa traductora de las novelas basadas en La guerra de las galaxias: http://www.vice.com/es/read/traductora-espanola-star-wars-2701

14 comentarios en “1491: memorial de agravios de una traducción descuidada

  1. La mediocridad es ley en todas partes, y según parece, crece proporcionalmente con el conocimiento, quizá porque por su cantidad y especialización es cada vez más difícil trabajar con él, o porque por economía y exigencia de tiempos de producción hay que procesarlo de modo descuidado, dado que hay mucho más material en cola. Pero aparte de ello, calidad significa mayor costo, y el editor tiene siempre el menor presupuesto imaginable. Quienes trabajan en la edición tienen, por su parte, la opción de hacer a conciencia el trabajo, pero demorarse más a costa de ver cómo disminuyen sus ingresos, o desentenderse de problemas como los que enuncias y pegarse hasta donde parezca soportable a la traducción literal, que demanda menos tiempo. Cierto que hay traductores, revisores, correctores y editores mediocres, generalmente por bisoños, simplemente porque son colados en un área que no está hecha para mentes mediocres o porque las huestes malformadas que escupen las universidades en cantidades demenciales finalmente presionan y consiguen infiltrarse en todos los trabajos. Pero aparte de ello, el sistema impone o favorece la mediocridad, que crece montaraz en los medios donde el criterio del bajo costo y la máxima ganancia impera.

    1. No deja de ser triste que alguien que anda metido como tú tras bambalinas en el mundo editorial, Édgar, confirme esa impresión de la mediocridad, y agregue el punto de la estrechez presupuestal. Sé que el trabajo editorial no paga bien, o que podría pagar mejor. Quizás todos los involucrados en el proceso de hacer un libro trabajaríamos mejor (y más a gusto) si nos pagaran más. Pero en la mediocridad se mezcla un asunto de ética de trabajo que para mí es cuestionable: tener plazos apretados y presupuesto bajo no justifica que uno haga su trabajo de la peor manera posible. Y lo más extraño es que si el negocio son los libros, no importe que salgan tan mal editados. Es como si alguien decidiera montar un restaurante, para presumir de “restauranteur”, asegurándose de comprar ingredientes de mala calidad y contratando un chef y un equipo que no están a la altura de un buen menú. Para decirlo de otra forma, si el negocio son los libros, ¿no vale la pena hacerlos bien? Y sí, puedo imaginarme la sonrisa socarrona que te despierta esa pregunta. Digamos entonces que soy una ingenua, y no le demos más vueltas.
      Una cosa más: de los errores que señalé, pocos implicaban el paso extra de una revisión técnica. Bastaba con conseguir un corrector que tuviera experiencia y cierto conocimiento del tema. No soy historiadora, y mira todo lo que encontré y hubiera corregido de haber tenido oportunidad. Por eso digo ahí que se nota la desidia. Lástima…

      1. Sí, la mediocridad es ley y cada vez lo será con mayor fuerza, me temo. Uno que otro pueden tener una ética de trabajo situada al margen de la compensación monetaria por el esfuerzo, pero en conjunto son minoría, y la avalancha mayoritaria se los llevará por delante, al punto de que su trabajo fulgurará tanto como una pepita de oro en un lodazal de varias toneladas cúbicas.
        La referencia al restaurante fino me hizo sonreír. En tiempos juveniles de trajines varios fui, entre otras cosas, pianista ambientador en un restaurante muy fino, con chef importando de París (el restaurante era de franceses). Y sí, me consta que por muy fino que fingiera ser, los propietarios buscaban economizar al máximo, en todo. Por cierto, pude comprobar que un excelente chef es capaz tanto de preparar los mejores platos como los peores, pero eso sí, ambos visualmente muy bien ornamentados (a los empleados nos daban una cena al comenzar la noche, y un día fue tan mala, que todos desfilamos con el plato lleno frente al chef para finalmente tirar a la basura la comida, como signo de protesta, un insulto silencioso que el chef, supongo, jamás olvidaría). Los buenos traductores, correctores, etc., procuran no hacer distinciones en su trabajo según el cliente o el pago, pero cuando alguien pide rebajas exageradas dan ganas de decirle: Sí, si quiere le puedo hacer un trabajo de calidad por X precio, o uno mediocre o pésimo por la mitad o la tercera parte de ese precio. La ética personal, curiosamente, en este caso parece reñida con la justicia.

        1. ¡Fantástica la anécdota del restaurante francés con chef capaz de preparar comida asquerosamente ornamentada! Podría aplicarse a más de un escritor muy publicado y bien criticado… con obras de estilo ostentoso que encubre poca cosa. Pero eso ya es meternos en otros terrenos.
          Sobre el asunto de la calidad del trabajo vs. el calibre del pago, confieso que he rechazado trabajos en los que el pago hubiera implicado sentirme estafada. Entre traductores hablamos de una cosa llamada “educación del cliente”, y procuramos explicarle a un cliente cuando un trabajo parece injustamente pagado. Igual, sigue habiendo “colegas” que ofrecen su trabajo por una bicoca. Es una lástima porque nos friegan a todos…

          1. Ah, sí que me he reído con mis toneladas cúbicas. Debí de estar medio dormido para que se me pasara, aunque igual habría sonado superrebuscado hablar de toneladas métricas de arqueo de barro. Pero el error me ha hecho pensar en una idea interesante, desde el punto de las meditaciones descabelladas que tanto me interesan: si unidades lineales de medida se pueden convertir en unidades de capacidad al volverlas cúbicas, el procedimiento inverso debería ser posible. Así, si bien es inadecuado hablar de toneladas cúbicas, es una idea interesante hablar de litros lineales, o por qué no, de toneladas lineales.

          2. ¿Toneladas cúbicas? ¿Dije “toneladas cúbicas” en el texto? O quizás te refieras a la burrada de convertir las pulgadas de precipitación anual en centímetros cúbicos… La magia aquí además es que no hubo conversión de órdenes de magnitud tampoco!!
            Lo que sí me hizo reír de tu comentario es la idea del arqueo de barro. Aunque te apuesto que en un taller de cerámica sí deben tener algo semejante a ese arqueo, para saber cuántos tiestos les salen de lo que tienen listo para moldear.

  2. Mercedes, dime, al menos, que no hubo segundas ediciones de semejante manual de cómo meter la pata hasta el final y no morir en el intento. ¡No doy crédito!
    Por tu parte, interesantísimo trabajo de recolección de errores muy útil para ejemplificar a los alumnos la obligatoriedad de la fase de documentación.
    Como siempre, un placer leerte.

    1. Te diré, Leti, que no sé con certeza si hubo una segunda edición del libro, pero no lo creo. Todas las referencias que encontré en Internet señalaban que el libro había sido publicado en 2006, como el mío. Curiosamente, no encontré ninguna reseña del libro en español. Claro, no es el tipo de texto que suele reseñarse, pero me cuesta creer que yo sea la única lectora que se topó con toda esa sarta de barbaridades y quiso comentarlas.
      Gracias por comentarlo, y si te sirven estas notas para tus clases, dales buen uso.

    1. El libro es muy bueno, en eso tienes razón. Veo que “1493” sí está en español, publicado por otra editorial. Aparece como coedición de Alfred K. Knopf y un grupo editorial del que jamás había oído hablar. La traductora es una uruguaya con experiencia en textos de ese tipo, y que ha traducido para Acantilado, una editorial de cuyas traducciones (y ediciones) no tengo queja. Así que supondría que ese otro libro no tiene los problemas del primero.

  3. ¡Tamaño fárrago mamotreto de quejas, Merce! Albricias, podría quedar de ejemplo en el medio. Solo me gustaría que lo vieran la editorial (del español) y el autor.

    1. ¿Me creerías, Ramiro, si te digo que omití otros varios errores de la lista, porque temí ser demasiado quisiquillosa y exhaustiva, y porque eran de menor calibre? Pero sí, había más… los alisios que según la traducción soplan del sudoeste al noroeste (que me expliquen ese prodigio geográfico de vientos bumerang), mapas que quedaron a medio traducir, en fin.
      A la editorial se le hubiera podido armar la gorda si el autor se enterara… pero creo que ya luego de tantos años el delito editorial prescribió, por decirlo de alguna manera. No sé si a la editorial le importe enterarse de que publicó un libro tan plagado de errores… como dijo un amigo en otro comentario “la mediocridad es ley” y campea por todas partes.

  4. Hola Mercedes:
    Hoy quiero comer patatas y mandioca “chorreadas”, con el patrIconio de todos los protagonistas de tu memorial. Y me hiciste acordar de un término que aprendí justamente de ti: “piloto automático”… tradujeron, revisaron y corrigieron este libro en “piloto automático”. Y resulta paradójico, pues hasta donde llega mi ignorancia en accidentes aéreos, de seguro han sido muchísimos más los causados por errores humanos que por los del piloto automático. Qué placer leerte!!!
    Abrazos desde “Columbia”.

  5. Gracias por el sabroso comentario, Ivanna.
    Traducir con piloto automático es peligroso, no hay duda. Quizás por eso mismo la traducción automatizada sigue presentando tantos problemas, porque carece de algo que el traductor humano sí tiene: la opción de ver el texto simultáneamente como un todo (la estructura y la línea argumentativa) y como las partes que lo componen (frases y palabras aisladas). Y además es capaz de verlo dentro de contexto.

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