Efervescencia traductiva, o de la traducción como partido amistoso

En los últimos meses me vi bajo un alud de trabajo y compromisos que me impidió seguir adelante con este blog, pero hubo un momento en que casi recorto mis ya escasas horas de sueño para escribir una entrada. Estaba en las últimas páginas de un proyecto y, por la premura de terminar, alternaba la traducción de los últimos capítulos con la revisión de lo que ya había hecho. Me había costado empezar la traducción porque en la novela se intercalaban dos narradoras, compañeras de clase: la principal, que era una niña introvertida, de esas que no llaman la atención entre el resto, pero que no carecía de cierto atractivo e ingenio. En otros términos, una persona del común, con la cual un lector podía identificarse fácilmente. La otra había sido su mejor amiga durante años pero luego se habían distanciado. A pesar de tener la misma edad, la amiga era una veterana de la vida, más arriesgada y exuberante, ruidosa, y había pasado por muchas más experiencias relacionadas con esa sucesión de rituales de paso que es la adolescencia… las enemil primeras veces que enfrenta uno durante esa etapa. A esta otra chica me costó más darle voz. Para agregar un nivel más de dificultad, al leer el texto uno sabía quién hablaba. No era cuestión de una serie de párrafos donde el nombre de cada una cumplía con etiquetar la voz, sino que verdaderamente se oía la diferencia entre una y otra, producto de un concienzudo trabajo de construcción de personajes. Además la protagonista admitía que cuando estaba con su amiga se comportaba y hablaba de otra manera, que ella le desataba reacciones, respuestas rápidas e ingeniosas, que de otra manera su timidez habría mantenido ocultas. Por eso, era fundamental que hubiera algún grado de contraste entre las dos, no solo para distinguirlas una de otra sino también para que se viera este cambio en la protagonista.

Y en esa recta final fui constatando que el esfuerzo había rendido fruto. La traducción fluía sin trabas y veloz. Como ya lo dije en un post anterior, era como dejarse llevar por la corriente, como abrir el chorro. Iba leyendo el original y mis dedos tecleaban y tecleaban haciendo la conversión de original a traducción. Y sentía algo que no siempre sucede cuando uno traduce: que el cerebro estaba en dos cosas a la vez. Por un lado, leía el original, y por otro, se afanaba en ir hilando el texto en español, sopesando opciones a toda prisa. Era como jugar un partido de tenis en el que uno no quiere ganarle al contrincante sino jugar y permitir que el otro se luzca, y que el partido continúe indefinidamente. Como si en el mínimo lapso de tiempo entre el raquetazo del contrario y el propio, viendo venir la bola hacia mí, calculara cómo responder para que el otro alcanzara a contestar con un golpe bonito, y que la pelota siguiera en el aire un rato más para intentar un golpe diferente al siguiente raquetazo. Fueron días de euforia, rematados por una cierta tristeza de que llegaran a su fin. Me iba a dormir satisfecha cada noche, con la expectativa de seguir adelante al día siguiente.

Y la razón por la que desempolvo esos recuerdos de esos días de efervescencia traductiva de hace unos meses es porque nuevamente paso por una temporada semejante, pero esta sí es diferente a cualquier otra que haya vivido antes. Recibí el archivo del texto hace unas semanas y lo revisé someramente, fijándome más que nada en la longitud para saber si alcanzaba a cumplir con el plazo de entrega que me pedían. Vi que el proyecto era factible pero la historia en sí me produjo ciertos temores. Luego de mis primeros pasos en novela juvenil traduciendo tres clásicos, hace unos veinte años, me centré en cierto tipo de libro realista: situaciones más o menos cotidianas, conflictos propios de la adolescencia, y uno que otro caso de aventuras más fantásticas, como sucedió con dos novelas plagadas de zombis. Este nuevo proyecto era de otro calibre: fantasía pura, mundos imaginarios, animales inventados, mitologías. Iba a ser como meterme a tierras nuevas, y de ahí el susto. Ante un libro largo, denso y novedoso me pregunté si iba a ser capaz.

KelannaEmpecé a leer y la historia me enganchó de inmediato: un mundo en el que no existe la palabra escrita, y un libro perdido, como una especie de talismán poderoso, y cómo la chica que da con él aprende a leerlo. A eso hay que agregarle mensajes ocultos dentro del texto, que iban a implicar juegos traductivos de alto rendimiento para poder verter esas especies de acrósticos a otro idioma. Pasada la página 50 del manuscrito decidí contravenir mi forma de trabajo habitual y empezar a traducir antes de leer el texto completo. Lo había hecho antes con proyectos no literarios, por cuestiones de tiempo más que nada, pero casi siempre prefiero tener el libro entero en la cabeza antes de arrancar con la traducción. Aquí lo me llevó a lanzarme fue lo irresistible del reto: leer esas líneas construidas con tal cuidado me acicateaba y no podía dejar de traducir mentalmente y preguntarme qué palabra usaría para esta o aquella, y cómo iría quedando una frase tras otra, un párrafo tras otro.

Y ahora, ya con cierto paginaje recorrido, perdí el temor de meterme en el terreno de la fantasía porque me parece que no va quedando mal lo que llevo, y porque siento esa misma euforia del partido de tenis amistoso, de exhibición, y no la presión de la eliminatoria. Voy traduciendo a toda, por el puro gusto de escribir.

¿Los libros? Uno ya se encuentra en librerías: Notas suicidas de chicas hermosas, de Lynn Weingarten (Océano, 2016). El otro aún no sale al público ni siquiera en inglés, pero hay mucha expectativa: La lectora (The reader), de Traci Chee (Océano, segundo semestre de 2016).

Ah, y la foto la tomé desde un avión que se acercaba para aterrizar en el aeropuerto de Monterrey, México. Ese anillo de montañas que asomaban por entre la tenue capa de calima al amanecer me pareció terreno adecuado para un cuento fantástico.

2 comentarios en “Efervescencia traductiva, o de la traducción como partido amistoso

    1. ¡Gracias, Ángela! (sonrojo) Tal vez debería haber incluido algo sobre la labor de los editores concienzudos que, conociendo a su grupo de traductores, se preocupan por buscar que un texto determinado vaya a parar a manos de un traductor que le pueda sacar bien el jugo. Parece que tengo la suerte de que mis editores se toman el trabajo de inspirarme, y partiendo de ahí, es más fácil seguir…

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