De ignorancias y la fobia a los diccionarios – Más preguntas que respuestas

Cada vez que voy al supermercado y compro jamón de pavo del que llevo habitualmente, no puedo ocultar la sonrisa que me produce la etiqueta.

jamondepavorreal

¿Será que ni publicistas ni diseñadores consideraron que el equívoco era evidente? ¿Estaban convencidos de que el simple cambio de color de la letra (la palabra “real” en amarillo dorado) sería suficiente? ¿O será que jamás han visto un pavorreal? Confieso que el jamón de esa marca me gusta y lo prefiero a los demás, pero al ver la etiqueta no puedo dejar de acordarme del triste relato de mi mamá y del sancocho de tucán que no tuvo más remedio que comerse en un viaje azaroso por la costa del Pacífico colombiano: carne gris y dura, y la tristeza de haber acabado con el colorido del tucán. Algo así me pasaría de saber que estoy comiendo jamón de pavorreal.

Y ver que el producto sigue con esa misma etiqueta desde hace al menos un par de años, me hace pensar en el vocabulario y el dominio del español que han de tener quienes la diseñaron. Esto me lleva al problema que ya he detectado en alumnos míos a lo largo del tiempo: pobreza de vocabulario. No leen, así que solo conocen una manera de decir las cosas. ¿Que no les entendemos? Pues la repiten, a ver si a punta de reiteración logran lo que una paráfrasis hubiera resuelto de un tajo. ¿Qué sugeriría yo para esa línea de la etiqueta? “Auténtico jamón de pavo” o “Jamón de pavo genuino” o “Verdadero jamón de pavo”. Las tres opciones implican textos más largos, pero cederle más espacio al texto no debería ser un problema para el equipo de diseño.

En el terreno de la traducción, las consecuencias de esta pobreza de vocabulario son graves. Los estudiantes se apegan al diccionario bilingüe cual si fuera una tabla de salvación, sin reconocer que muchas veces les ofrece un equivalente que jamás han oído pronunciar y que no saben cómo se usa o en qué contexto. Peor aún, muchas veces lo que obtienen de esta consulta no es más que un término que para ellos no tiene ningún referente concreto. A veces me pregunto si tiene que ver con la manera en que cada quién lee. ¿Qué tan tangible y preciso es el universo que pintamos en nuestra mente a través de la lectura?

Aquí debo confesar mi propia pereza a consultar un diccionario cuando estoy leyendo. Antes de levantarme del sofá para abrir uno, le doy vueltas y vueltas a la palabra buscando un referente que encaje bien en el contexto. Claro, eso conduce a cierta imprecisión. Puedo deducir que ese término que desconozco es, por ejemplo, una prenda de vestir o una herramienta, pero sería incapaz de hacer un “retrato hablado” del objeto. Solo si el término sigue apareciendo y en esas sucesivas apariciones no logro captarlo mejor, recurro al diccionario. Pero eso sucede cuando leo por gusto.

Cuando traduzco, la situación es bien diferente: es imposible traducir con vaguedad. A la precisión del original debe corresponder la misma precisión en la traducción. Y entonces sí me apoyo en el diccionario, y en más de uno cuando no acabo de “ver” claramente el objeto que describe el texto. Hoy en día agradezco la opción de “Imágenes” de Google, que tanto me ha ayudado con acepciones no registradas en diccionarios. Como diccionario ilustrado, es de una utilidad increíble. Es probable que también necesite más de un diccionario para dar con la palabra en español, porque ya sabemos de las falencias del muy vapuleado Diccionario de la Real Academia de la Lengua en lo que respecta al otro lado del Atlántico. La idea es llegar al punto en que yo tenga claro tanto el objeto, a partir del término original, como su nombre en español.

A pesar de que no considero que este método descrito sea muy singular sino bastante común entre traductores, la recomendación que les hago a los estudiantes de buscar las palabras difíciles en diccionarios monolingües siempre parece caer en oídos sordos. Un traductor necesita un inventario lingüístico enorme, así su vocabulario de uso cotidiano sea semejante al de cualquier otra persona. Sería como decir que una persona inexpresiva quiere iniciar una carrera como mimo o actor. Tendrá que acumular un repertorio de gestos y muecas para poderse expresar como los personajes que encarne. Y los traductores encarnamos a quienes escriben los textos que traducimos. Por lo tanto, es crucial contar con un inventario de palabras, figuras, metáforas e imágenes que nos permitan traducir sin diluir o que todo lo que pase por nuestros ojos, manos y teclado parezca como algo que nosotros mismos hubiéramos podido decir.

Cuesta mucho que los estudiantes entiendan que lo que traducimos es lo que está más allá de las palabras: la realidad y la manera en que la vemos. El lenguaje no basta. También debemos estar familiarizados con otras realidades y otras maneras de verla. De otra manera, es imposible traducir. Por eso, no creo que un diccionario sea la solución automática pues muchas veces no sirve sino para lanzarnos a una red de seguridad de palabras, que nos frena a la hora de capturar lo que hay más allá. La verdadera solución es la lectura, apoyada en los diccionarios. Y claro, si además uno es un lector de diccionarios, ¿qué mejor?

Y lo mismo va para todos los que trabajan con el lenguaje, periodistas, comunicadores, publicistas: a un lenguaje restringido por la ignorancia le corresponde una realidad también restringida. O a un texto que nos lleva al equívoco. ¿Estaré comprando jamón de pavorreal en el supermercado? Seguramente se escudarán en el famoso dicho de “Una imagen vale más que mil palabras”, pero y que la imagen del apetitoso jamón resuelve la confusión. A mí me parece que las palabras deberían bastarse solas y no parecer las instrucciones mal traducidas de algún aparato fabricado en la China, de esas que ni haciendo acopio del escaso sentido que encontramos en la versión en español, y en algún otro idioma, junto con las imágenes, logramos poner a funcionar el trasto. ¿O será que para muchos publicistas y comunicadores jóvenes el andamiaje de palabras que es el lenguaje funciona como decorado de teatro y el mundo que queda detrás bien poco importa? Pues entonces, ¡que les sirvan jamón de pavorreal!  Y a mí, que me den jamón de pavo genuino.

6 comentarios en “De ignorancias y la fobia a los diccionarios – Más preguntas que respuestas

  1. ¡Excelente post, Mercedes! Esta parte me tocó en lo más profundo de mi corazón, “a un lenguaje restringido por la ignorancia le corresponde una realidad también restringida.” Es una idea muy orwelliana y fundamental para comprender los límites del Ser en el mundo. Casualmente, este cuatrimestre tengo la intención de enseñarles a mis estudiantes de ética jurídica la forma en la que el lenguaje afecta nuestra capacidad de entender la realidad e impartir justicia. Veremos…

    1. ¡Gracias, Paula! De hecho, cuando escribí esa frase que citas estuve muy tentada de continuar por ahí hacia Orwell y su Newspeak, pero no me sentí capaz de tocar el tema de Orwell sin profundizar mucho en él. Me encantará saber del resultado de tus exploraciones en cuanto a la ética jurídica.

    1. ¡Qué curiosidades te topas por ahí! Además del tema común, el hecho de que el artículo deje más preguntas que respuestas también me llamó la atención.

  2. Mercedes me encantó su post. Mis maestros de la maestría en traducción nos repetían constantemente eso, que la riqueza de vocabulario es esencial para un buen traductor y que sólo se adquiere leyendo. Gracias por tu valioso blog.

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