Traductores y correctores: bandos enfrentados

Pareciera que no hay dos bandos más opuestos y beligerantes que el de los traductores y el de los correctores. Cual Montescos y Capuletos, unos y otros se culpan entre sí por todos los males que puedan existir en ese mundo que es el texto. Y son capaces de rechazar una buena solución simplemente por provenir del bando contrario.

Pero a diferencia de los Montescos y los Capuletos, que llevaban su vida y sus negocios cada cual en su terreno en forma paralela, traductores y correctores participan en el mismo proyecto y su objetivo es, en últimas, es mismo.

La situación se vuelve aún más paradójica si tenemos en cuenta que, en una buena cantidad de casos, los traductores y los correctores son intercambiables: quien traduce en este proyecto, corregirá en el siguiente. Al menos es así en el trabajo con agencias, y también en algunas editoriales que tienen establecida la etapa de revisión de traducción dentro de sus procesos.

¿Qué lleva a que una misma persona cambie su actitud de tal manera, según tenga una función o la otra? Pareciera haber una necesidad de encarnizamiento con la etapa que no nos asignaron, ya sea la que viene antes o después.

En mis inicios como editora fui una correctora implacable. Armada del proverbial lápiz rojo que se usaba en esos tiempos, tiré a matar contra todo lo que pude. Como si me hubiera propuesto cortar el pasto del jardín a punta de ráfagas de ametralladora, disparé a todo lo que pudiera salirse de lo que me parecía adecuado, incluso sin corroborar con el original (que bien podía estar en una lengua que yo desconocía) ni consultar con el traductor. Confieso que no me produce el menor orgullo haber actuado así y reconozco que caí en arbitrariedades. Era la forma habitual de trabajar. Hay dos factores que me ayudan a aliviar un poco el remordimiento: el primero, la soberbia de la juventud. El lápiz rojo en la mano de una recién graduada de 21 años es un arma peligrosa, porque no se sabe bien qué porción de los cambios marcados es necesaria y qué tantos se deben al simple deseo de dejar una huella del trabajo realizado. El segundo, el hecho de que esos libros no eran exactamente literatura, y que cierto grado de adaptación los podía beneficiar. No es lo mismo revisar la traducción de una novela que de un libro de divulgación o de autoayuda.

Unos años más tarde tuve una experiencia, la primera de varias que me llevaron a ver desde otra perspectiva la labor del corrector. Recibí el encargo de corregir una novela que había traducido un eminente traductor. Se me advirtió que el trabajo implicaría no solo corregir, sino explicar y justificar cada uno de los cambios sugeridos. El traductor sería quien los aprobara o los rechazara. Tomé mi lápiz rojo recién salido del sacapuntas y me lancé a las páginas con cierta prevención. Iba lentamente, frase a frase. Y de repente se me reveló que al traducir o escribir no hay una sola alternativa correcta y perfecta. Esa revelación fue el equivalente a una cachetada metafísica. Tener que justificar un cambio es el argumento más potente para decidir si algo está bien o mal. ¿Era claramente mejor y más correcta mi opción? Los caprichos estilísticos y lingüísticos no resisten la justificación y, con ella, el acto de corregir una traducción se restringe a su verdadera magnitud: analizar la manera en que el original fue vertido al español, y si esta le hace o no le hace justicia.

Tuve la suerte de que a esa novela le siguiera otra de una traductora también muy competente, de quien aprendí muchísimo. Aunque no era yo quien traducía, el ejercicio de corregir hacía que aprendiera de los errores que habría cometido si estuviera traduciendo, porque cada tanto me topaba con palabras o frases distintas de las que yo habría usado, y que hacían que me parara en seco. El choque con esa opción inesperada me enfrentaba a la pregunta de ¿por qué tradujeron así y no de otra manera? Ahí descubrí que revisar traducciones ajenas implica asomarse al proceso de desciframiento e interpretación que hizo el traductor, en otras palabras, es como meterse en su cerebro. El resultado más importante de ese par de trabajos fue llegar a la conclusión de que para corregir debía esforzarme por entender las decisiones del traductor antes de desestimarlas.

El tema da para mucho más, pues podría desembocar en últimas en las características que constituyen una buena traducción, y eso tal vez amerite un post entero de este blog. Para mí esa experiencia de la corrección justificada fue el principio de entender el proceso editorial de una manera diferente, con lo cual el papel de traductor y corrector también se redefinían. Publicar un libro no es lo mismo que ensamblar un carro, que puede hacerse perfectamente en una línea de producción. Con un libro, cada etapa proporciona el material para la que sigue. Sin tener claro lo que se hizo en la etapa anterior, y cómo y por qué se hizo, no sería recomendable tomar decisiones que alteren ese resultado. El libro es producto del trabajo de un equipo que opera en secuencia pero es necesario que haya comunicación y retroalimentación entre las etapas. No hay espacio para Montescos y Capuletos. En la mayoría de los casos, es el editor quien hace de eslabón entre todas las partes, y es también quien debe encargarse de fomentar un ambiente de respeto entre los miembros del equipo: que el corrector respete las opciones del traductor, que el traductor sopese respetuosamente las correcciones sugeridas para decidir si las acepta o las rechaza, que los encargados de diagramación diseñen la parte física del libro de manera que sea coherente con el texto. De otra forma, corremos el riesgo de repetir la triste historia de Romeo y Julieta y resultar con un texto envenenado y apuñalado por las rivalidades, o peor, imposible de reanimar.

Lo único que quedaría por agregar es que parte de la culpa en esa rivalidad marcada entre traductores y correctores la tienen quienes escogen a unos y otros para un proyecto. Una traducción se le encarga solo a una persona cuyas capacidades para leer, interpretar y escribir están a la altura del texto que se entrega. Eso, desafortunadamente, se pasa por alto en muchas ocasiones y luego se pretende compensar una traducción deficiente con una buena corrección. No hay corrector capaz de enderezar una mala traducción y convertirla en una buena. Si no media el respeto en la selección del traductor, es muy posible que el trabajo editorial se convierta en una labor de demolición para reconstruir un texto sobre la base irregular y mal cimentada de una traducción mediocre. En cambio, si desde el principio se busca al traductor adecuado y se le transmite al corrector la certeza de haber elegido bien, muy seguramente el texto será como un edificio bien asentado sobre sus pilares.

11 comentarios en “Traductores y correctores: bandos enfrentados

  1. Me encanta tu comparación Mercedes. La colaboración es muy importante. Una vez tuve que ver una de mis traducciones despiadadamente destrozada por un corrector; lo triste del caso es que la publicaron sin siquiera consultar mi opinión después de la revisión: fue doloroso, yo veo a cada traducción como un hijo consentido. También sé que al hijo consentido hay que dejarlo ir para que viva otras experiencias (con el corrector, por ejemplo).

    1. Como señalas, Ángela, es triste encontrarse conque una traducción que uno hizo fue alterada y “mejorada” por alguien y nadie se molestó en consultarnos. Este post me llevó a pensar muchas cosas, y quedaron apuntes para seguir con otras derivaciones del tema. Así que habrá más…
      Por lo pronto, no sé si cada traducción es un hijo consentido, pero sí un hijo. Y hay que darle libertad, hasta cierto punto. Que una cosa es la lectura de un corrector, que tiene la posibilidad de modificar, y otra es la de un lector común y corriente, que puede interpretar (o malinterpretar) a su antojo lo que hicimos, y cuestionarlo, pero no lo puede cambiar ni para bien ni para mal.

  2. Me hiciste reír con eso de la cachetada metafísica. Acuérdate de abrir una cuenta en Twitter para seguirte.

    El lápiz rojo en manos del traductor neófito es como la espadita Sting de Bilbo Baggins: siempre le parece que se pone azul con la aparición de errores orcianos.

    Si el traductor o corrector, experto o neófito, quiere aprender a llevarse bien con otros colegas, lo mejor es zambullirse en la historia del español y no solamente consultar el librito de gramática o de dudas preferido. Hay una historia escrita por Menéndez Pidal que otro autor me recomendó.

    Por lo pronto, sigo leyendo el muy ameno relato de Antonio Alatorre, Los 1001 años de la lengua española. Muy recomendable.

    1. Pues lo de la cachetada metafísica es un pequeño homenaje a tu compatriota Julio Cortázar, Mario, a quien leí y releí hasta el cansancio en mis tiempos de universidad.
      Lo de Twitter, no sé si me lance. Confieso que el límite de 140 caracteres está por debajo de lo que me resulta cómodo para expresarme. No soy muy de epigramas sino de razonamientos más pausados.
      Tomo nota de la recomendación de Antonio Alatorre. ¡Gracias!

  3. Hermosas y sabias palabras, Mercedes. Es cierto que ayuda mucho saber que del otro lado hay un traductor idóneo a quien se le debe respeto (y a veces hasta explicaciones de nuestros cambios), y ese debería ser el caso siempre. Se genera una dinámica de trabajo muchísimo más positiva cuando uno toma consciencia de que no es uno y su lápiz frente al texto, sino que es parte de un proceso compartido con un otro que también dio lo mejor de sí mismo en ese texto.

  4. “No hay corrector capaz de enderezar una mala traducción y convertirla en una buena ”.
    No sé si es demasiado categórica la afirmación. No tengo conocimientos específicos de la labor de corrección de traducción, es cierto, pero me parece similar a casos en que un libro pésimamente escrito hay que corregirlo porque se contrató, se pagó, hay que publicarlo y la editorial se niega a pagar nuevamente por la autoría. El punto es que el calificativo “malo” cubre un espectro muy amplio, que va desde lo perverso hasta lo regularcito, pasando por lo malo, lo malísimo, lo pésimo, lo deplorable y otros términos de difícil delimitación que caben en el medio. En mi trabajo de corrector de estilo he encarado, creo, ya toda la gama, y sé que puede salir un libro pasablemente escrito (árboles enderezados, los llamo yo), aunque pueden seguir diciendo estupideces (eso sí que ya no tiene remedio). Son muchos los casos en que, terminada la corrección, me digo: “En este libro el autor dice todas las idioteces imaginables, pero las dice bien. Eso ya es un mérito”. En los casos más desesperados recuerdo que he tenido que reescribir: leo un párrafo, trato de desentrañar lo que dice (si es que dice algo), lo releo para asegurarme de que eso es lo único recuperable, lo borro, e inspirado en el tema del párrafo, o en lo que juzgo que debió decir, o en una sugerencia que unas cuantas palabras despiertan en la propia musa, me tiro a escribir algo propio para llenar un hueco. Creo que casos tan desesperados no se dan en traducción, porque nadie se interesaría en traducir libros así de malos. Pero una corrección de una mala traducción dejaría en pie un porcentaje salvable, y el corrector se avocaría a traducir nuevamente lo que el inepto no supo o no pudo. Surge entonces el problema de los porcentajes y la esencia: si lo nuevo es el 80 %, o así fuera el 60 %, no sería corrección, sino cotraducción, con una participación mayoritaria de quien se supone que corrige. Me pregunto si habrá casos en que ni el diez por ciento de la primera traducción logra mantenerse en pie. En todo caso, algo que sabemos quienes trabajamos en enderezar árboles torcidos es que ante un mal trabajo (de redacción o de traducción), estimamos que es mucho más fácil escribir todo desde el comienzo que seguir empeñados en el mítico castigo, peor que el de Sísifo, de enderezar algo que parece imposible. Bueno, el mítico castigo al que aludo no existe, pero si los griegos antiguos hubieran conocido el trabajo editorial, sin duda habrían inventado un bello mito con sabor a castigo monstruoso basándose en el triste trabajo de corrección.

    1. No creo que mi afirmación sea demasiado categórica, Édgar, pues apunta precisamente a lo que tú llegas al final de tu comentario: que más vale volver a empezar que tratar de enderezar algo tan torcido como una mala traducción.
      Otra vuelta de tuerca para todo esto, que quizás retome en un futuro post: la traducción por lo general se hace sobre un texto que ya pasó por todo el proceso editorial y se publicó. Aunque eso no lo salva de todos los problemas (he tenido que trabajar sobre libros publicados con errores y problemas conceptuales), sí implica que es un texto bastante más limpio y derechito que un manuscrito original al que se pueda enfrentar un corrector. Como dices, ¡nadie se interesaría en traducir libros malos! Pero me temo que habría que dejar una categoría aparte para autores autopublicados, pues ahí puede caber de todo.
      La idea del trabajo de corrección de un manuscrito deficiente como equivalente a los trabajos del pobre Sísifo me gusta, y muy tentadora me resulta la propuesta de un mito semejante pero aplicado al mundo editorial.

  5. Me encanta esta frase […Y de repente se me reveló que al traducir o escribir no hay una sola alternativa correcta y perfecta…] Es un extraordinario resumen de lo que supone la traducción de un texto literario (por ejemplo). Es una frase que en muchas ocasiones debo explicar a mis clientes cuando indican que una frase de la traducción o alguna expresión traducida no les acaba de convencer.
    Un texto puede estar bien traducido y le puede encantar a un cliente, y en cambio a otro no le puede gustar. Una texto traducido por 10 traductores tiene como resultado 10 traducciones diferentes, y aún así correctas. Influye mucho el estilo, la percepción, la literalidad, etc. Y creo que lo mismo sucede con las correcciones.
    Por cierto, muy interesante que a la hora de corregir un texto traducido por un renombrado traductor, debas justificar todos y cada uno de tus cambios :-O
    Muchas gracias por la entrada y saludos.

    1. Concuerdo en eso de que si se entrega un texto a varios traductores, tendremos tantas traducciones como traductores. Con lo que no estoy de acuerdo es con que estas sean necesariamente correctas. Pueden serlo, pero no siempre es así. Volveré sobre el tema en otro post que estoy preparando.
      Y sí, el ejercicio de justificar cada cambio al corregir a ese traductor renombrado fue interesante. Tuvo una consecuencia clara: los cambios marcados fueron muchos menos que si no hubiera tenido que justificarlos. ¿Por qué? Pues al tener que justificarlos pude ver que muchos se derivaban de pura subjetividad o capricho de mi parte. Ni una cosa ni la otra se podían justificar racionalmente para convencer al traductor.

  6. Gracias Mercedes por compartir este capítulo de tu vida profesional. Always enlightening…
    Como le he comentado en un podcast reciente, tengo la suerte de llevarme bien con un revisor y corrector francés con quien he superado las “guerras balcánicas del ego” (https://entredospalabras.wordpress.com/la-confianza-en-uno-mismo-a-la-hora-de-gestionar-su-despacho-de-traduccion/).

    Bueno, no trabajo en el ámbito literario sino de la cooperación internacional y del medio ambiente lo que implica a lo mejor menos enfrentamientos intelectuales…quien sabe. Lo que quiero decir aquí es que cualquier labor intelectual implica el saber aceptar la “crítica” y (creo yo) tener una autoestima suficiente alta para aceptar los puntos de vista del otro, siempre que estén justificados.

    La crítica puede ser violenta hasta intolerante. Hace poco, tuve que revisar una traducción hecha en francés de Quebec que es bastante distinto del francés de Francia. Pues, encontré un texto mal escrito en francés pero “fiel” a las partes más técnicas de tal manera que contacté a la clienta para saber quiénes iban a ser los lectores de este reporte. Cuando me enteré que el lectorado era del Mediterráneo y de la Unión europea, seguí con mis correcciones despiadadas quitándome un peso de encima: el de la intolerancia. Así que cuando tu idioma materno “navega” entre varias culturas, tu oficio de corrector se vuelve casi un arte diplomático.

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