Traduzco, luego escribo: el comienzo

La traducción es para mí la semilla de un discurso. Por una parte, implica un discurso en sí, una escritura, que se deriva de la lectura de un original. Pero una traducción también puede dar pie a un discurso de crítica o de análisis, a un comentario, a una simple opinión, enfocada en el texto traducido. Para mí a veces resulta difícil separar el trasfondo del texto, el original, de la traducción y su proceso. Incluso cuando leo en mis ratos de ocio, el ojo entrenado se activa y es capaz de detectar errores y tropiezos puntuales, también en los casos en que no conozco la lengua del original. Son los gajes del oficio: la lectura del traductor es más minuciosa que cualquier otra, y no es fácil controlar el cerebro para apagar esa forma de leer. Más aún, la lectura del traductor desemboca en escritura, para componer el texto traducido. De manera que, si resulta difícil apagar el mecanismo para leer como traductor, sucede lo mismo con el que estimula a escribir a partir de esa lectura.

Puedo afirmar lo anterior luego de 25 años en que mi vida ha girado de una forma u otra alrededor de la traducción de libros. No me atrevería a decir que le he dedicado esos años a la traducción literaria, porque durante algunas temporadas he hecho otras labores editoriales y porque entre los libros que he traducido hay muchos que no podrían clasificar en ningún género literario. Pero en uno u otro caso, el asunto de la semilla de discurso que siembra mi trabajo sigue siendo válido. La lectura del editor y del corrector también es minuciosa y me atrevería a decir que radiográfica, porque tiene que llegar hasta el esqueleto del texto. Y da pie también a una escritura posterior, que tal vez haría mejor en llamar reescritura de lo que sea que haya que corregir o pulir. Y en el trabajo editorial con libros no literarios, el desafío estilístico y de forma no es necesariamente menor. Hacer los títulos de secciones y capítulos en un libro de divulgación puede requerir más creatividad que 100 páginas de una novela (no en todos los casos, claro), y eso lo saben bien quienes han estado tras bambalinas de la producción de libros.

Desde cierta óptica9758-Compartment C Car - E Hopper 1938, estos 25 años de labor siempre vuelven a llevarme al terreno de la traducción, que a es, a su vez, una forma de escritura: he traducido literatura y otros libros; he revisado traducciones ajenas antes de su publicación; he reseñado libros traducidos; he usado versiones propias y ajenas como estudios de caso en cursos, conferencias y artículos; en mis clases he evaluado traducciones y también he discutido opciones para mejorarlas. Y en los ratos libres no he podido evitar la tentación y acabar hablando también de traducción para comentar aciertos y metidas de pata en el libro de turno, los subtítulos de la película del fin de semana, o la anécdota chistosa del anuncio mal traducido que sería preferible haber dejado solo en versión original.

Pero en la gran mayoría de los casos, ese discurso que pugna por germinar mientras traduzco o leo se queda ahí: en un manojo de frases e ideas sueltas, porque no es fácil encontrar un interlocutor.  Pocas veces he tenido un editor dispuesto a entregarme parte de su tiempo para oír mis cavilaciones. Y si lograba empezar a hablar, pronto me daba cuenta de que todo caía en oídos sordos y la respuesta no iba más allá de una expresión cortés. La forma de leer típica del traductor nos sumerge en un mundo paralelo y, en casos como el mío, en el intento continuado de buscar maneras de tender puentes entre ese mundo paralelo y el mío. En últimas eso es traducir. Pero la conversación sobre los detalles de ese intento me ha valido la certeza de que mis interlocutores me consideran un poco neurótica. En esos casos me pregunto si, así como la gente se ensaña con los anacronismos y los errores de edición que puedan encontrar en películas taquilleras (y recuerdo más de un listado de descuidos históricos poco después del estreno de Gladiador), ¿no podemos también los traductores reparar en detalles tan minúsculos y decisivos como esos, y consultar qué hacer con nuestro editor de turno?

Hace años decidí destinar un cuaderno a convertirse en mi bitácora de traducción: el archivo de mis apuntes, mis crónicas de pequeñas luchas con pasajes difíciles, mis tribulaciones y aciertos felices. Al igual que las fracasadas conversaciones  sobre traducción, el proyecto de la bitácora tampoco ha germinado y no me ha dejado más que una serie de notas y frases garabateadas en la memoria. El discurso sigue en germen.

Y quizás no sea coincidencia que el término inglés para bitácora, log, sea uno de los componentes de la palabra blog. El propósito de este blog es dar espacio a que el discurso desencadenado por la traducción pueda germinar. Habrá entradas sobre lecturas, sobre el oficio de traducir, sobre ideas que surgen repentinamente de un pasaje de un libro, sobre la lengua, que es mi material de trabajo. Espero que haya interlocutores para esta conversación. Que ese discurso que espero germine sirva para dar pie a otros, al diálogo y la tertulia. Los invito a leerme y a participar.

Imagen: Compartment C Car, Edward Hopper, 1938. www.museumsyndicate.com

12 comentarios en “Traduzco, luego escribo: el comienzo

  1. Con el paso del tiempo valoro más el trabajo de los traductores y su esfuerzo por agregar valor a textos en donde intervienen ya varias personas como el propio autor, el editor, el diseñador gráfico, el mismo corrector. Considero con Mercedes Guhl que “la lectura del traductor es más minuciosa que cualquier otra”. De eslabón opaco (a veces francamente desconocido), el traductor se convierte progresivamente en un actor protagónico del ecosistema del libro. El respeto que se merece debe ser considerado en el ámbito editorial. Me parece clave que se abran espacios para ese reconocimiento, uno de los cuales, para comenzar, es este blog.

  2. ¡Enhorabuena Mercedes! Gracias por compartir tus ideas con nosotros, los traductores menos expertos. Tienes a partir de ahora una fiel seguidora más.

  3. ¡¡Felicidades Mercedes!! Un nuevo proyecto y de cierta forma un hijo más en tu vida…
    Los que te leeremos no sólo aprenderemos sino que disfrutaremos mucho de lo que tengas que decir, acompañado, claro está, con una buena taza de café. Gracias mil por compartir tus experiencias…

  4. Me encantó leer tu concepto de traducción y encontrar coincidencias. Felicitaciones y éxitos con tu blog.
    Saludos desde Ecuador.

    1. ¡Gracias, Dolores! Me alegra que existan coincidencias entre nuestros conceptos de traducción. El mío lo irás viendo con mayor detalle en futuras entradas. Y si además de las coincidencias surgen también desacuerdos, pues será una buena manera de enriquecer nuestros puntos de vista.

  5. Mercedes querida
    Me siento identificada con muchas de las cosas que dices. Leer tu texto me hizo extrañar tus deliciosas clases de traducción literaria en la Universidad de los Andes, donde te conocí hace ya tantos años.
    Como traductora y leyendo lo que dices, veo que una de tus inquietudes hace referencia a una de las preguntas que me hecho constantemente y es cómo hacer para que los monólogos del traductor frente al texto, del editor frente al texto y del corrector frente al texto se puedan llegar a convertir en un diálogo enriquecedor para todos y para el texto en sí. Después de pasar horas o días traduciendo un texto, envío mi trabajo y el 99% de las veces no tengo ni idea qué decidió al final el editor, principalmente con aquellas frases que me hicieron devanarme los sesos durante horas. Claro, en mi caso, me estoy refiriendo a la traducción no literaria donde todo el proceso es tan veloz, que casi nunca hay tiempo para el intercambio. Y entonces me resulta muy preocupante cuando mencionas que muchas veces ni en la traducción literaria los editores están dispuestos a servir de interlocutores. Creo que a la final entonces será tristemente un diálogo entre monólogos.
    Por otro lado tengo que decirte que me causa muchísima curiosidad tu bitácora y que muero de ganas porque nos compartas gran parte de su contenido.
    Y por último, creo que hay un error dactilográfico en tu texto un “con” en lugar de un “como” en “y decisivos con esos”:
    ¿no podemos también los traductores reparar en detalles tan minúsculos y decisivos con esos, y consultar qué hacer con nuestro editor de turno?
    Espero con ansias la segunda entrega.

    1. ¡Gracias, Adri! Corregí el error que detectaste y, en parte por eso, por muchas otras cosas que dices y por otro comentario en privado que señalaba un par de gazapos, aplacé el segundo post que tenía planeado, sobre Alicia en el país de las maravillas en sus 150 años, para hacer uno sobre esa particular relación entre traductores y correctores/editores. Espero publicarlo el viernes.

  6. Aparte de lo importante que es Mercedes para mí en muchas facetas de mi vida personal, tengo que expresarle mi gratitud eterna por desafiar constantemente mi propia complacencia intelectual y enviarme por las galerías más recovecudas pero también fructíferas de la literatura, como lector pero también como autor. Aquí Mercedes afirma una relación con los textos literarios que excede con mucho un compromiso ordinario con el instrumento, y se atreve con la impudicia de los curados de espantos a presentarnos las pruebas tangibles de dicho compromiso.

    Toda re-creación es creación, toda elocución es traducción. El traductor es un autor que rinde homenaje a otro autor. Esto es un blog de creación literaria que desde su primera entrada logra establecer un nivel de intimidad con el oficio difícil de encontrar ni en las artes poéticas de grandes novelistas.

  7. Mercedes, qué bueno que lleves una bitácora de tus navegaciones lectoras y escritoras. Ser piloto y navegante puede ser un rincón muy solitario, más aún cuando es difícil encontrar un par de orejas u ojos pacientes.

    Es reconfortante también leer cavilaciones como las tuyas que no vienen teñidas del último grito de la tecnología para traductores ni adornadas con mandamientos, reglas, leyes u otras hebras del gusto tan mercantilista de vender constantemente. En cierta manera, nosotros los traductores deberíamos volver a conversar como lo hacían los filósofos y poetas de antaño.

    Y hablando de antaño, he notado lo bello que es retornar a las herramientas de viejo, como la caligrafía y la máquina de escribir. Plazos apretados siempre los hubo para entregar trabajos, pero estas herramientas y técnicas de otras eras nos invitan a repensar, a pensar y navegar más tranquilamente por aguas tanto conocidas como incógnitas.

    1. ¡Gracias, Mario! El asunto de las herramientas es algo que quizás aparezca en un post futuro, pues tengo mis serias reservas ante ayudas de software que se basan en la sistematización de algo que yo percibo tan poco sistematizable como la forma de expresarse. La lengua sí puede sistematizarse, como lo prueba la lingüística chomskiana y el trabajo de los terminólogos, pero en el momento en que se convierte en expresión individual y se ata a una realidad, el sistema puede saltar en pedazos.
      Sobre la escritura, soy de las anticuadas que parten de un borrador o esqueleto que escribo a mano. Me resulta muy difícil empezar en la página en blanco del procesador de palabra.

  8. Hola, Mercedes: muchas gracias por esta invitación a pensar sobre las palabras; en definitiva se trata de ellas. Son tan inmensas que nos mantienen siempre alertas. La elección de la palabra, y no solo en el proceso de traducción, casi nunca es una decisión distraída. Leer es escribir, es traducir, es interpretar aunque todo en apariencia esté dicho. La profundidad de la palabra se comparte en la lectura y se expresa en la elección de cada una de ellas. Elegirlas implica conocer su falta de inocencia y entablar con ella un profundo dialogo, que por fortuna, puede no acabar jamás.
    Un saludo,
    Alejandra

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *