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Porque traducir libros para niños no es juego de niños

Mesa redonda convocada por la Asociación Mexicana de Traductores Literarios, AMETLI, en el marco de la Feria del Libro Infantil y Juvenil:

Un diseñador y promotor de lectura, Rogelio Morlesin, y una traductora, yo, hablarán de sus experiencias entre idiomas e imágenes. Una librera-traductora, Sonia Verjovsky, modera la conversación.

Lugar: Auditorio Fray Bernardino de Sahagún del Museo Nacional de Antropología, CDMX.

Fecha y hora: Noviembre 19, 4:00 pm.

ENTRADA LIBRE

Más información: AMETLI

 

 

El tiempo no alcanza para todo

En los últimos meses, el tiempo para escribir ha sido escaso. Casi todas mis horas estaban comprometidas con otros proyectos que no podía aplazar. En el otro blog en el que participo, publiqué esta entrada sobre el oficio de traducir, que puede ser pertinente para quienes visitan o siguen este blog.

Este es el enlace: “El oficio de traducir” en Cuatro Mosqueteras.

En noviembre estaré participando en dos congresos. En uno de ellos, dando una ponencia a dos voces sobre traducción de libros para niños y la paradoja de irse a los extremos de libertad en la traducción precisamente para conservar la fidelidad al original (Ver http://www.atanet.org/conf/2016/byspecial/#L). En el otro, durante la Feria del Libro de Guadalajara, FIL, estoy en el comité organizador, y llevaré la batuta de unas cuantas intervenciones sobre traducción literaria y de libros en general (Ver programa San Jerónimo 2016).

De Olimpiadas y congresos

Esta temporada de competencias olímpicas coincidió con la etapa de estructuración del programa de talleres y sesiones del congreso anual de la Organización Mexicana de Traductores, OMT, de cuyo comité organizador formo parte de manera intermitente desde 2008. Y a lo largo del proceso de selección de propuestas, de redacción de los mensajes de respuesta a quienes habían enviado sus ponencias, y de clasificar temas e intereses en bloques para conformar el programa, pensé muchas veces en las similitudes entre “competir por un lugar en el programa de un congreso” y competir por una medalla olímpica”. Más que similitudes veo diferencias, y me parece que vale la pena dedicarles un espacio pues no son tan evidentes. Escribo esto en mi papel de traductora interesada en el desarrollo de la profesión (y el mío propio), convencida de la importancia de tejer redes entre colegas y mantenerse actualizados, y con muchas de las inquietudes que me han quedado tras impartir cursos, talleres y conferencias de traducción durante más de 15 años.

Volvamos al punto de partida: las Olimpiadas se rigen por el lema aquél de “más rápido, más alto, más fuerte”, y muchos creen que sucede lo mismo al enviar una propuesta a un congreso. Que saldrá elegido quien apunte más alto, quien abarque más terreno, quien muestre más pergaminos y logros o instituciones y honores, quien se meta en las honduras metafísicas de la traducción, o el que asegure tener la solución para que la traducción funcione como medio rentable de vida. Sin embargo, en estas eliminatorias por obtener un puesto en el programa, algunos de esos aspectos pueden pasar a segundo plano. Es cierto que la calidad es algo que no podemos perder de vista, que el comité de selección busca en las propuestas señales de excelencia y que tratamos de confirmar que quien propone tenga el dominio suficiente del tema y una perspectiva amplia de este. Pero eso no es todo.

SJ2016Este año, de las cincuenta y seis propuestas recibidas, una gran mayoría llenaban los requisitos mínimos de calidad. Y es ahí donde la selección deja de ser una eliminatoria olímpica para parecerse más a la labor del curador o comisario de una exposición, o a la que llevan a cabo un chef y un sommelier para planear en conjunto el menú de un banquete. Aquí es donde entran en juego las afinidades entre propuestas, o la manera en que dos o más muestran perspectivas diferentes o complementarias de un mismo tema. Habrá congresos en los que se privilegia la variedad por encima de todo, y el programa reúne la mayor cantidad de temas posibles, en todos los niveles de especialización. En el de la OMT el programa se estructura en bloques temáticos que dan cabida a dos o tres ponencias con un hilo o tema en común. Así, este agregado de perspectivas brinda más elementos de juicio y argumentos para abrir el debate. A veces se ha recibido una propuesta buena pero solitaria en su tema y enfoque. A menos que encontremos una línea así sea tangencial para relacionarla con otra ya aprobada, la descartamos a la espera de que en una edición siguiente del congreso pueda “emparejarse” con otra, y hemos llegado a contactar de nuevo a algunos de estos proponentes, para un congreso posterior.

Quizás valga la pena hacer otra aclaración: a diferencia de un congreso académico, con ponencias de veinte minutos de duración en las que los investigadores exponen sus hipótesis o sus avances, el de la OMT es un congreso de actualización profesional. Cada ponencia se asemeja más a una clase de cuarenta y cinco minutos, en la que se aborda un problema y se discuten sus posibles soluciones. Este formato de tiempo ha permitido que se hable de herramientas de traducción, de la situación de grupos de traductores o intérpretes específicos, de desarrollos en los métodos de enseñanza, de figuras y hallazgos en la historia de la traducción, de aplicaciones de la teoría, etc. Suele haber también una o dos mesas redondas en las que dos o más traductores debaten un tema, y hemos tenido desde problemas de traducción literaria, cuestiones pedagógicas, hasta contrastes entre leyes de protección al traductor. Por lo tanto, las propuestas que se restringen al formato de veinte minutos suelen ser descartadas, a menos que se encuentre la manera de que pasen al terreno de la aplicación práctica. ¿Cuál es la razón para justificar todo esto? Al ser el congreso de una asociación profesional de traductores e intérpretes, lo que prima es que los asistentes saquen provecho directo para su ejercicio profesional, su forma de vida y la imagen pública de todos los que nos dedicamos a estos oficios.

Por esa misma razón, la pertinencia de una propuesta es esencial. Ha sucedido antes, y este año también, que llega una propuesta de calidad pero cuyo tema está tan alejado del terreno de trabajo habitual de los traductores en México que el comité vacila. A veces, se aceptan para abrir los ojos a nuevas perspectivas. Otras, cuando la cantidad de propuestas pertinentes alcanza para copar el programa, se rechazan. Fue lo que vimos este año con dos temas de los cuales recibimos varias propuestas: la interpretación en el contexto de los servicios de salud y la traducción de teatro. De ambos llegaron suficientes opciones para conformar un bloque temático. Sin embargo, ese campo específico de la interpretación parece ser escaso en México (aunque no debería serlo, pues seguramente habría mucho que aprender y aplicar en zonas con alta densidad de población indígena, pero eso ya daría para otra entrada aparte). Y en cuanto a las propuestas de traducción de teatro, encajaban mejor en un congreso de literatos o de estudios culturales pues tenían que ver más con aspectos relacionados con el teatro traducido, o con la traducción como metáfora para el montaje.

Otro aspecto importante es la relación del tema de la propuesta con el del tema central del congreso. A veces hay propuestas que se ven claramente diseñadas a partir del tema central planteado. Y hay otras que reciben un leve barniz en el título, para encajar, pero al leer el cuerpo de la propuesta, se nota que no hay nada detrás. No es un criterio a rajatabla para descartar opciones, pero sí se privilegian las ponencias que sí se ocupan del tema central.

En forma paralela a todo este proceso de selección de año tras año, también me complace decir que hemos pretendido “hacer escuela” para conferencistas, y de entre el público han salido propuestas y nombres que luego han sido presentadas en este y otros congresos. No es fácil tener más de veinte caras nuevas de año en año. Hay personajes que vuelven regularmente, reincidentes ilustres. Pero también hemos tenido colegas que empezaron viniendo como asistentes, y que con algo de estímulo y persuasión se lanzaron a compartir sus experiencias y reflexiones como ponentes. Incluso hemos tenido estudiantes recién graduados que venían a exponer su tesis  de pregrado, con conclusiones interesantes sobre procesos de traducción o condiciones del oficio. Mientras la perspectiva sea novedosa, esté bien construida, y de pie a una reflexión pertinente hay cabida para todo.

Aunque así como se ha mostrado un horizonte abierto para recibir propuestas, hay un campo en el que siempre han resultado rechazadas, y siguen viniendo: el de la enseñanza o adquisición de idiomas. Si bien la traducción se basa en el dominio de más de una lengua, para un traductor profesional el asunto de cómo adquirir o enseñar una lengua extranjera es ya una prueba superada y no le compete para su ejercer su trabajo. Desde un punto de vista estrictamente personal, me da gusto ver que de año en año surgen experiencias pedagógicas en las que la traducción es una herramienta de aprendizaje de una lengua, porque creo que el contraste que se crea entre ambas a través de la traducción contribuye al fortalecimiento y diferenciación de las dos y forma una buena base para un traductor, pero es un interés mío que no considero que haya que imponerle a mis colegas.

De manera que el papel del comité evaluador al seleccionar las propuestas es bien diferente del que desempeñan los jueces en las Olimpiadas. Hay más variables y factores en juego, y su peso específico no es absoluto. Cada integrante del comité analiza las propuestas individualmente, y luego confronta sus puntos de vista con los de los demás. Casi siempre, esta puesta en común ha enriquecido el panorama al defender aspectos de determinadas propuestas que no todos los miembros del comité veían con claridad, y permite armar mejor el programa.

El de este año, que corresponde a la edición número veinte del congreso, puede consultarse aquí, en la página web de la OMT, o en el sitio web de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, FIL. Es el producto de la cosecha de propuestas de este año, sumada a la búsqueda deliberada de ciertos nombres que, o bien ya han participado y dejaron una buena impresión, o prometen hacer una contribución importante a la comunidad de traductores e intérpretes en México. En últimas, ese es el fin del programa y del congreso: una invitación a la reflexión sobre la manera en que trabajamos y abordamos los problemas que enfrentamos, y la proyección hacia el futuro cercano, con nuevas posibilidades en alguno de los muchos frentes relevantes para el oficio de traductores e intérpretes. Porque en nuestra vida profesional la competencia no se da en los encuentros, sino que es parte de la vida cotidiana. Nuestra carrera profesional es una maratón que corremos durante años. Y este congreso, así como la posibilidad de conocernos y apoyarnos entre colegas, sirve para que podamos correr a buen ritmo y llegar a la meta sin desfallecer y retirarnos.

En la vitrina más grande del mundo

Hay una ruta de bus en la Ciudad de México que recorre todo el Paseo de la Reforma, desde Santa Fe hasta la Villa (el santuario de la Virgen de Guadalupe). Y en esa ruta circula un vehículo que se ve así por detrás:

Descender-bus
Esa imagen es la portada de Descender[1] un cómic que traduje hace un par de meses, en compañía de Alfredo Villegas Montejo[2], veterano traductor de este género. Fue él quien me hizo llegar esta foto. Es la primera vez que la difusión de una de mis traducciones va Sigue leyendo En la vitrina más grande del mundo

Documentación para traducir: sobre deriva, buena mar y tesoros inesperados

Un comentario en un post anterior es la semilla de este post. Mi historial de traductora tiene una larga etapa en la que la documentación fue irrelevante. Traduje una buena cantidad de esos libros que en inglés se titulan X for dummies, y que en español quedaron como X para dummies (infortunadamente, pues yo hubiera preferido “para novatos” o “para primíparos”, ya que mucha gente solo ve la acepción de ‘dummies’ relacionada con ‘tontos’). Esos libros son una excelente base de documentación para traducir. Van explicando los conceptos, los términos, los fenómenos, de manera que la búsqueda de la palabra precisa en español es mucho más sencilla (y en una cantidad de casos uno ya la conoce). Muchos de los otros libros que he traducido requieren unas averiguaciones muy puntuales, relativamente sencillas. Así que cuando me enfrenté a la última novela que traduje, y me encontré con que había una trama paralela que sucedía en un barco pirata y que implicaría hablar de palos, velas y maniobras marineras empecé a sudar frío. A pesar de que fui furibunda lectora de Julio Verne, en especial de dos de sus libros muy marineros (Un capitán de quince años y Los hijos del capitán Grant), y de que gracias a un colega profesor y traductor que hacía presentaba problemas de traducción técnica con textos literarios entiendo que una novela puede tener sus visos de traducción técnica (y no solo las de ciencia ficción), me aterró entrar a terreno desconocido.

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Sobre el silencio de este blog

Semana tras semana me pregunto por qué no encuentro las horas necesarias para escribir una nueva entrada. Hoy recibo un paquete de la editorial para la cual traduzco, y de repente entiendo…

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Efervescencia traductiva, o de la traducción como partido amistoso

En los últimos meses me vi bajo un alud de trabajo y compromisos que me impidió seguir adelante con este blog, pero hubo un momento en que casi recorto mis ya escasas horas de sueño para escribir una entrada. Estaba en las últimas páginas de un proyecto y, por la premura de terminar, alternaba la traducción de los últimos capítulos con la revisión de lo que ya había hecho. Me había costado empezar la traducción porque en la novela se intercalaban dos narradoras, compañeras de clase: la principal, que era una niña introvertida, de esas que no llaman la atención entre el resto, pero que no carecía de cierto atractivo e ingenio. En otros términos, una persona del común, con la cual un lector podía identificarse fácilmente. La otra había sido su mejor amiga durante años pero luego se habían distanciado. A pesar de tener la misma edad, la amiga era una veterana de la vida, más arriesgada y exuberante, ruidosa, y había pasado por muchas más experiencias relacionadas con esa sucesión de rituales de paso que es la adolescencia… las enemil primeras veces que enfrenta uno durante esa etapa. A esta otra chica me costó más darle voz. Para agregar un nivel más de dificultad, al leer el texto uno sabía quién hablaba. No era cuestión de una serie de párrafos donde el nombre de cada una cumplía con etiquetar la voz, sino que verdaderamente se oía la diferencia entre una y otra, producto de un concienzudo trabajo de construcción de personajes. Además la protagonista admitía que cuando estaba con su amiga se comportaba y hablaba de otra manera, que ella le desataba reacciones, respuestas rápidas e ingeniosas, que de otra manera su timidez habría mantenido ocultas. Por eso, era fundamental que hubiera algún grado de contraste entre las dos, no solo para distinguirlas una de otra sino también para que se viera este cambio en la protagonista.

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Kalandraka y los traductores invisibles

Kalandraka es una sonora palabra gallega que quiere decir basura, desastre y también sopa. Es también el nombre de una admirable editorial que comenzó publicando libros para niños en gallego, para llenar el vacío de libros ilustrados o álbumes para los más pequeños en ese idioma. Y tan bien le fue que a partir de su fundación, en 1998, se ha colado en el mercado del libro en español, en catalán y en portugués. Incluso, se han lanzado a aventuras tan increíbles como publicar clásicos modernos en lengua maya. Sus libros se consiguen en librerías de este lado del Atlántico también.

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Yo los había visto en la librería para niños que frecuento, y luego los encontré en una venta organizada por una promotora de lectura en su casa. En ambos lugares me he visto en la difícil situación de decidir cuál comprar entre la muestra que veo… que si un clásico de Gianni Rodari, que si un cuento cargado de humor de un autor chino, que si uno de los muchos libros de texto breve e imágenes maravillosas de este boom de la ilustración que se vive actualmente en España, o uno de los recuperados libros en los que colaboró Maurice Sendak, que tras una primera publicación hace varias décadas, no habían vuelto a imprimirse. ¡Mi problema es que quisiera llevármelos todos! Como no puedo, suelo encargar a mi pequeño “catador” de libros de 4 años, y es él quien escoge.

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De traducciones y rock progresivo: ¿Dónde está el lado oscuro? ¿Aquí o allá?

A veces un libro que leemos nos lleva a recordar algo que leímos antes, y ambos enlazan entre sí como si se hubiera planeado un vínculo expreso. En este caso, una novela sobre Pink Floyd me devolvió a una frase iluminadora que había subrayado al leer un estudio sobre la tradición traductora en la Argentina. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

Los lectores de este lado del Atlántico no podemos evitar hacernos una pregunta muy a menudo cuando leemos traducciones hechas en España: ¿Será que los traductores y editores españoles no saben que no entendemos partes de sus textos, y no por falta de cultura sino porque vivimos en un mundo diferente? ¿O será que lo saben pero no les importa? Durante años he abordado ese problema de las traducciones españolas en talleres y cursos, y he procurado exponer claramente mi contrapropuesta, que ha ido definiéndose mejor tras esas sesiones en el paredón. Prometo volver sobre este tema en otro post, pero ahora solo tomaré ese par de preguntas iniciales para saltar al asunto de las lecturas como vasos comunicantes. Debo aclarar que también he leído buenas traducciones españolas, pero que las que me producen incomodidad abundan y sus problemas son tan evidentes que cuesta creer que se hayan publicado y luego vendido en América Latina sin pararse a pensar dos veces en cómo las leemos aquí. En franco contraste con esa manera de traducir, la frase iluminadora de la que hablo me asaltó en medio del estudio “Escenas de la traducción en la Argentina”, de Anna Gargatagli: “El uso de un idioma impersonal para traducir, diferente de la escritura literaria o de los usos coloquiales implicó que la posibilidad de ser hondamente otro fuera el resultado de un intenso trabajo que sigue siendo hasta ahora la función de la literatura argentina”. Sería como decir que los traductores argentinos hacen su trabajo con la conciencia de que su habla personal, o nacional, no es la de ese género intermedio que es la literatura en traducción. Para esos textos hay que utilizar un vocabulario y un estilo nuevo, como Trad lit en Am Lat-G Adamocorresponde a obras extranjeras, que no por verterse al español tienen que domesticarse por completo. Cuando uno ha renegado leyendo traducciones españolas, esa frase lo lleva a pensar que ninguna de las muchas traducciones argentinas que han pasado bajo su mirada deja pasar un “vos” o un “che”. El reto de todo traductor literario es salirse de su voz, su léxico y su registro habitual para encarnar el original, y en la visión que da Gargatagli, ese reto parecería ser no solo el punto de llegada del proceso de traducción sino el propio punto de partida. Traducir dentro de esta tradición no es argentinizar ni “porteñizar”, en oposición a la tradición española que si “iberiza” sin recato, a pesar de que para una gran porción de los lectores de estos lares toparse con un “gilipollas” equivalga a encontrarse con un término en una lengua extranjera.

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El vocabulario en los libros para niños

Acabo de traducir un libro sobre ecología y sostenibilidad para niños, que me puso en una situación algo paradójica pero frecuente en libros de divulgación o de corte educativo. En inglés, la lengua de la cual traduzco, el acercamiento a temas científicos pasa por una etapa inicial en la que no se usan términos especializados sino una especie de glosario paralelo formado por palabras más cotidianas, que hacen de la transición al entorno científico una pendiente suave y uniforme, sin escalones ni curvas. En español, en cambio, nos lanzan en picada al terreno de la ciencia y las cosas se llaman por su nombre científico desde el principio. ¿Un ejemplo? Esos huesos que para nosotros se llaman fémur y rótula desde la primaria, en inglés son big bone y knee cap para los legos, y femur y rotula para los médicos.

¿Y dónde está la paradoja? En que muchas veces tratamos de apegarnos al tono más elemental del original en inglés, y el español sencillamente no se presta para eso, pues tenemos más definida la frontera entre cotidianidad y ciencia. Sé que a muchos colegas que traducen al español en  Estados Unidos, clientes y agencias pueden solicitarles que la traducción se haga en un lenguaje para nivel primaria. Y pondrán reparos al encontrar fémures y rótulas, sin querer entender que no tenemos otras alternativas equivalentes, tal como no hay otro término para decir “mesa”.  No me he visto ante una exigencia semejante, pues mis editores suelen confiar en mi criterio, pero a veces me pregunto si habría otras alternativas en español.

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