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De Olimpiadas y congresos

Esta temporada de competencias olímpicas coincidió con la etapa de estructuración del programa de talleres y sesiones del congreso anual de la Organización Mexicana de Traductores, OMT, de cuyo comité organizador formo parte de manera intermitente desde 2008. Y a lo largo del proceso de selección de propuestas, de redacción de los mensajes de respuesta a quienes habían enviado sus ponencias, y de clasificar temas e intereses en bloques para conformar el programa, pensé muchas veces en las similitudes entre “competir por un lugar en el programa de un congreso” y competir por una medalla olímpica”. Más que similitudes veo diferencias, y me parece que vale la pena dedicarles un espacio pues no son tan evidentes. Escribo esto en mi papel de traductora interesada en el desarrollo de la profesión (y el mío propio), convencida de la importancia de tejer redes entre colegas y mantenerse actualizados, y con muchas de las inquietudes que me han quedado tras impartir cursos, talleres y conferencias de traducción durante más de 15 años.

Volvamos al punto de partida: las Olimpiadas se rigen por el lema aquél de “más rápido, más alto, más fuerte”, y muchos creen que sucede lo mismo al enviar una propuesta a un congreso. Que saldrá elegido quien apunte más alto, quien abarque más terreno, quien muestre más pergaminos y logros o instituciones y honores, quien se meta en las honduras metafísicas de la traducción, o el que asegure tener la solución para que la traducción funcione como medio rentable de vida. Sin embargo, en estas eliminatorias por obtener un puesto en el programa, algunos de esos aspectos pueden pasar a segundo plano. Es cierto que la calidad es algo que no podemos perder de vista, que el comité de selección busca en las propuestas señales de excelencia y que tratamos de confirmar que quien propone tenga el dominio suficiente del tema y una perspectiva amplia de este. Pero eso no es todo.

SJ2016Este año, de las cincuenta y seis propuestas recibidas, una gran mayoría llenaban los requisitos mínimos de calidad. Y es ahí donde la selección deja de ser una eliminatoria olímpica para parecerse más a la labor del curador o comisario de una exposición, o a la que llevan a cabo un chef y un sommelier para planear en conjunto el menú de un banquete. Aquí es donde entran en juego las afinidades entre propuestas, o la manera en que dos o más muestran perspectivas diferentes o complementarias de un mismo tema. Habrá congresos en los que se privilegia la variedad por encima de todo, y el programa reúne la mayor cantidad de temas posibles, en todos los niveles de especialización. En el de la OMT el programa se estructura en bloques temáticos que dan cabida a dos o tres ponencias con un hilo o tema en común. Así, este agregado de perspectivas brinda más elementos de juicio y argumentos para abrir el debate. A veces se ha recibido una propuesta buena pero solitaria en su tema y enfoque. A menos que encontremos una línea así sea tangencial para relacionarla con otra ya aprobada, la descartamos a la espera de que en una edición siguiente del congreso pueda “emparejarse” con otra, y hemos llegado a contactar de nuevo a algunos de estos proponentes, para un congreso posterior.

Quizás valga la pena hacer otra aclaración: a diferencia de un congreso académico, con ponencias de veinte minutos de duración en las que los investigadores exponen sus hipótesis o sus avances, el de la OMT es un congreso de actualización profesional. Cada ponencia se asemeja más a una clase de cuarenta y cinco minutos, en la que se aborda un problema y se discuten sus posibles soluciones. Este formato de tiempo ha permitido que se hable de herramientas de traducción, de la situación de grupos de traductores o intérpretes específicos, de desarrollos en los métodos de enseñanza, de figuras y hallazgos en la historia de la traducción, de aplicaciones de la teoría, etc. Suele haber también una o dos mesas redondas en las que dos o más traductores debaten un tema, y hemos tenido desde problemas de traducción literaria, cuestiones pedagógicas, hasta contrastes entre leyes de protección al traductor. Por lo tanto, las propuestas que se restringen al formato de veinte minutos suelen ser descartadas, a menos que se encuentre la manera de que pasen al terreno de la aplicación práctica. ¿Cuál es la razón para justificar todo esto? Al ser el congreso de una asociación profesional de traductores e intérpretes, lo que prima es que los asistentes saquen provecho directo para su ejercicio profesional, su forma de vida y la imagen pública de todos los que nos dedicamos a estos oficios.

Por esa misma razón, la pertinencia de una propuesta es esencial. Ha sucedido antes, y este año también, que llega una propuesta de calidad pero cuyo tema está tan alejado del terreno de trabajo habitual de los traductores en México que el comité vacila. A veces, se aceptan para abrir los ojos a nuevas perspectivas. Otras, cuando la cantidad de propuestas pertinentes alcanza para copar el programa, se rechazan. Fue lo que vimos este año con dos temas de los cuales recibimos varias propuestas: la interpretación en el contexto de los servicios de salud y la traducción de teatro. De ambos llegaron suficientes opciones para conformar un bloque temático. Sin embargo, ese campo específico de la interpretación parece ser escaso en México (aunque no debería serlo, pues seguramente habría mucho que aprender y aplicar en zonas con alta densidad de población indígena, pero eso ya daría para otra entrada aparte). Y en cuanto a las propuestas de traducción de teatro, encajaban mejor en un congreso de literatos o de estudios culturales pues tenían que ver más con aspectos relacionados con el teatro traducido, o con la traducción como metáfora para el montaje.

Otro aspecto importante es la relación del tema de la propuesta con el del tema central del congreso. A veces hay propuestas que se ven claramente diseñadas a partir del tema central planteado. Y hay otras que reciben un leve barniz en el título, para encajar, pero al leer el cuerpo de la propuesta, se nota que no hay nada detrás. No es un criterio a rajatabla para descartar opciones, pero sí se privilegian las ponencias que sí se ocupan del tema central.

En forma paralela a todo este proceso de selección de año tras año, también me complace decir que hemos pretendido “hacer escuela” para conferencistas, y de entre el público han salido propuestas y nombres que luego han sido presentadas en este y otros congresos. No es fácil tener más de veinte caras nuevas de año en año. Hay personajes que vuelven regularmente, reincidentes ilustres. Pero también hemos tenido colegas que empezaron viniendo como asistentes, y que con algo de estímulo y persuasión se lanzaron a compartir sus experiencias y reflexiones como ponentes. Incluso hemos tenido estudiantes recién graduados que venían a exponer su tesis  de pregrado, con conclusiones interesantes sobre procesos de traducción o condiciones del oficio. Mientras la perspectiva sea novedosa, esté bien construida, y de pie a una reflexión pertinente hay cabida para todo.

Aunque así como se ha mostrado un horizonte abierto para recibir propuestas, hay un campo en el que siempre han resultado rechazadas, y siguen viniendo: el de la enseñanza o adquisición de idiomas. Si bien la traducción se basa en el dominio de más de una lengua, para un traductor profesional el asunto de cómo adquirir o enseñar una lengua extranjera es ya una prueba superada y no le compete para su ejercer su trabajo. Desde un punto de vista estrictamente personal, me da gusto ver que de año en año surgen experiencias pedagógicas en las que la traducción es una herramienta de aprendizaje de una lengua, porque creo que el contraste que se crea entre ambas a través de la traducción contribuye al fortalecimiento y diferenciación de las dos y forma una buena base para un traductor, pero es un interés mío que no considero que haya que imponerle a mis colegas.

De manera que el papel del comité evaluador al seleccionar las propuestas es bien diferente del que desempeñan los jueces en las Olimpiadas. Hay más variables y factores en juego, y su peso específico no es absoluto. Cada integrante del comité analiza las propuestas individualmente, y luego confronta sus puntos de vista con los de los demás. Casi siempre, esta puesta en común ha enriquecido el panorama al defender aspectos de determinadas propuestas que no todos los miembros del comité veían con claridad, y permite armar mejor el programa.

El de este año, que corresponde a la edición número veinte del congreso, puede consultarse aquí, en la página web de la OMT, o en el sitio web de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, FIL. Es el producto de la cosecha de propuestas de este año, sumada a la búsqueda deliberada de ciertos nombres que, o bien ya han participado y dejaron una buena impresión, o prometen hacer una contribución importante a la comunidad de traductores e intérpretes en México. En últimas, ese es el fin del programa y del congreso: una invitación a la reflexión sobre la manera en que trabajamos y abordamos los problemas que enfrentamos, y la proyección hacia el futuro cercano, con nuevas posibilidades en alguno de los muchos frentes relevantes para el oficio de traductores e intérpretes. Porque en nuestra vida profesional la competencia no se da en los encuentros, sino que es parte de la vida cotidiana. Nuestra carrera profesional es una maratón que corremos durante años. Y este congreso, así como la posibilidad de conocernos y apoyarnos entre colegas, sirve para que podamos correr a buen ritmo y llegar a la meta sin desfallecer y retirarnos.

Efervescencia traductiva, o de la traducción como partido amistoso

En los últimos meses me vi bajo un alud de trabajo y compromisos que me impidió seguir adelante con este blog, pero hubo un momento en que casi recorto mis ya escasas horas de sueño para escribir una entrada. Estaba en las últimas páginas de un proyecto y, por la premura de terminar, alternaba la traducción de los últimos capítulos con la revisión de lo que ya había hecho. Me había costado empezar la traducción porque en la novela se intercalaban dos narradoras, compañeras de clase: la principal, que era una niña introvertida, de esas que no llaman la atención entre el resto, pero que no carecía de cierto atractivo e ingenio. En otros términos, una persona del común, con la cual un lector podía identificarse fácilmente. La otra había sido su mejor amiga durante años pero luego se habían distanciado. A pesar de tener la misma edad, la amiga era una veterana de la vida, más arriesgada y exuberante, ruidosa, y había pasado por muchas más experiencias relacionadas con esa sucesión de rituales de paso que es la adolescencia… las enemil primeras veces que enfrenta uno durante esa etapa. A esta otra chica me costó más darle voz. Para agregar un nivel más de dificultad, al leer el texto uno sabía quién hablaba. No era cuestión de una serie de párrafos donde el nombre de cada una cumplía con etiquetar la voz, sino que verdaderamente se oía la diferencia entre una y otra, producto de un concienzudo trabajo de construcción de personajes. Además la protagonista admitía que cuando estaba con su amiga se comportaba y hablaba de otra manera, que ella le desataba reacciones, respuestas rápidas e ingeniosas, que de otra manera su timidez habría mantenido ocultas. Por eso, era fundamental que hubiera algún grado de contraste entre las dos, no solo para distinguirlas una de otra sino también para que se viera este cambio en la protagonista.

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De ignorancias y la fobia a los diccionarios – Más preguntas que respuestas

Cada vez que voy al supermercado y compro jamón de pavo del que llevo habitualmente, no puedo ocultar la sonrisa que me produce la etiqueta.

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¿Será que ni publicistas ni diseñadores consideraron que el equívoco era evidente? ¿Estaban convencidos de que el simple cambio de color de la letra (la palabra “real” en amarillo dorado) sería suficiente? ¿O será que jamás han visto un pavorreal? Confieso que el jamón de esa marca me gusta y lo prefiero a los demás, pero al ver la etiqueta no puedo dejar de acordarme del triste relato de mi mamá y del sancocho de tucán que no tuvo más remedio que comerse en un viaje azaroso por la costa del Pacífico colombiano: carne gris y dura, y la tristeza de haber acabado con el colorido del tucán. Algo así me pasaría de saber que estoy comiendo jamón de pavorreal.

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¿Escribir en inglés o en español? He ahí el dilema

Paso mis días acaballada entre el inglés y el español, y no porque oiga música en inglés y vea televisión o películas con subtítulos, sino porque mi trabajo y mis gustos literarios, además de otras actividades extralaborales, implican leer en inglés, pensar en inglés y, en mucha menor medida, escribir en inglés.

En una época en la que la obsesión por la cantidad de público y la legión de seguidores que pueda uno llegar a tener, la idea de escribir este blog en inglés se me pasó por la cabeza. Así como también dudé de hacer mi perfil en LinkedIn en español. Solo que ahí le decisión fue más sencilla: cuando uno traduce libros al español, sus clientes suelen ser de habla hispana. No tiene mucho sentido figurar en inglés.

El blog vino un año después que la afiliación a LinkedIn, y la temporada que pasé dándole vueltas a la idea incluyeron el asunto del idioma. Algo que me llevó a pensarlo aún más fue haber colaborado en la tarea de recopilar un listado de blogs y páginas web de interés para traductores literarios de una asociación estadounidense. Como la lengua común entre todos ellos es el inglés, la mayoría de los que reunimos en el listado están en ese idioma, junto con varias revistas literaria electrónicas. Al visitarlos uno por uno para comprobar los enlaces, me quedaba leyendo un artículo aquí, una entrada allá, otra más allá, y me quedó una sensación difícil de definir: a pesar de que podía leerlos y seguirlos, su contenido no necesariamente me resultaba interesante, o pertinente. El supuesto impacto global no tiene que ver únicamente con el medio, sino también con el contenido. Contradiciendo a McLuhan, aquí el medio (el idioma) no siempre es el mensaje.

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Traduzco, luego escribo: el comienzo

La traducción es para mí la semilla de un discurso. Por una parte, implica un discurso en sí, una escritura, que se deriva de la lectura de un original. Pero una traducción también puede dar pie a un discurso de crítica o de análisis, a un comentario, a una simple opinión, enfocada en el texto traducido. Para mí a veces resulta difícil separar el trasfondo del texto, el original, de la traducción y su proceso. Incluso cuando leo en mis ratos de ocio, el ojo entrenado se activa y es capaz de detectar errores y tropiezos puntuales, también en los casos en que no conozco la lengua del original. Son los gajes del oficio: la lectura del traductor es más minuciosa que cualquier otra, y no es fácil controlar el cerebro para apagar esa forma de leer. Más aún, la lectura del traductor desemboca en escritura, para componer el texto traducido. De manera que, si resulta difícil apagar el mecanismo para leer como traductor, sucede lo mismo con el que estimula a escribir a partir de esa lectura.

Puedo afirmar lo anterior luego de 25 años en que mi vida ha girado de una forma u otra alrededor de la traducción de libros. No me atrevería a decir que le he dedicado esos años a la traducción literaria, porque durante algunas temporadas he hecho otras labores editoriales y porque entre los libros que he traducido hay muchos que no podrían clasificar en ningún género literario. Pero en uno u otro caso, el asunto de la semilla de discurso que siembra mi trabajo sigue siendo válido. La lectura del editor y del corrector también es minuciosa y me atrevería a decir que radiográfica, porque tiene que llegar hasta el esqueleto del texto. Y da pie también a una escritura posterior, que tal vez haría mejor en llamar reescritura de lo que sea que haya que corregir o pulir. Y en el trabajo editorial con libros no literarios, el desafío estilístico y de forma no es necesariamente menor. Hacer los títulos de secciones y capítulos en un libro de divulgación puede requerir más creatividad que 100 páginas de una novela (no en todos los casos, claro), y eso lo saben bien quienes han estado tras bambalinas de la producción de libros.

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