Archivos de la categoría Traducción y escritura

Efervescencia traductiva, o de la traducción como partido amistoso

En los últimos meses me vi bajo un alud de trabajo y compromisos que me impidió seguir adelante con este blog, pero hubo un momento en que casi recorto mis ya escasas horas de sueño para escribir una entrada. Estaba en las últimas páginas de un proyecto y, por la premura de terminar, alternaba la traducción de los últimos capítulos con la revisión de lo que ya había hecho. Me había costado empezar la traducción porque en la novela se intercalaban dos narradoras, compañeras de clase: la principal, que era una niña introvertida, de esas que no llaman la atención entre el resto, pero que no carecía de cierto atractivo e ingenio. En otros términos, una persona del común, con la cual un lector podía identificarse fácilmente. La otra había sido su mejor amiga durante años pero luego se habían distanciado. A pesar de tener la misma edad, la amiga era una veterana de la vida, más arriesgada y exuberante, ruidosa, y había pasado por muchas más experiencias relacionadas con esa sucesión de rituales de paso que es la adolescencia… las enemil primeras veces que enfrenta uno durante esa etapa. A esta otra chica me costó más darle voz. Para agregar un nivel más de dificultad, al leer el texto uno sabía quién hablaba. No era cuestión de una serie de párrafos donde el nombre de cada una cumplía con etiquetar la voz, sino que verdaderamente se oía la diferencia entre una y otra, producto de un concienzudo trabajo de construcción de personajes. Además la protagonista admitía que cuando estaba con su amiga se comportaba y hablaba de otra manera, que ella le desataba reacciones, respuestas rápidas e ingeniosas, que de otra manera su timidez habría mantenido ocultas. Por eso, era fundamental que hubiera algún grado de contraste entre las dos, no solo para distinguirlas una de otra sino también para que se viera este cambio en la protagonista.

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De ignorancias y la fobia a los diccionarios – Más preguntas que respuestas

Cada vez que voy al supermercado y compro jamón de pavo del que llevo habitualmente, no puedo ocultar la sonrisa que me produce la etiqueta.

jamondepavorreal

¿Será que ni publicistas ni diseñadores consideraron que el equívoco era evidente? ¿Estaban convencidos de que el simple cambio de color de la letra (la palabra “real” en amarillo dorado) sería suficiente? ¿O será que jamás han visto un pavorreal? Confieso que el jamón de esa marca me gusta y lo prefiero a los demás, pero al ver la etiqueta no puedo dejar de acordarme del triste relato de mi mamá y del sancocho de tucán que no tuvo más remedio que comerse en un viaje azaroso por la costa del Pacífico colombiano: carne gris y dura, y la tristeza de haber acabado con el colorido del tucán. Algo así me pasaría de saber que estoy comiendo jamón de pavorreal.

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¿Escribir en inglés o en español? He ahí el dilema

Paso mis días acaballada entre el inglés y el español, y no porque oiga música en inglés y vea televisión o películas con subtítulos, sino porque mi trabajo y mis gustos literarios, además de otras actividades extralaborales, implican leer en inglés, pensar en inglés y, en mucha menor medida, escribir en inglés.

En una época en la que la obsesión por la cantidad de público y la legión de seguidores que pueda uno llegar a tener, la idea de escribir este blog en inglés se me pasó por la cabeza. Así como también dudé de hacer mi perfil en LinkedIn en español. Solo que ahí le decisión fue más sencilla: cuando uno traduce libros al español, sus clientes suelen ser de habla hispana. No tiene mucho sentido figurar en inglés.

El blog vino un año después que la afiliación a LinkedIn, y la temporada que pasé dándole vueltas a la idea incluyeron el asunto del idioma. Algo que me llevó a pensarlo aún más fue haber colaborado en la tarea de recopilar un listado de blogs y páginas web de interés para traductores literarios de una asociación estadounidense. Como la lengua común entre todos ellos es el inglés, la mayoría de los que reunimos en el listado están en ese idioma, junto con varias revistas literaria electrónicas. Al visitarlos uno por uno para comprobar los enlaces, me quedaba leyendo un artículo aquí, una entrada allá, otra más allá, y me quedó una sensación difícil de definir: a pesar de que podía leerlos y seguirlos, su contenido no necesariamente me resultaba interesante, o pertinente. El supuesto impacto global no tiene que ver únicamente con el medio, sino también con el contenido. Contradiciendo a McLuhan, aquí el medio (el idioma) no siempre es el mensaje.

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Traduzco, luego escribo: el comienzo

La traducción es para mí la semilla de un discurso. Por una parte, implica un discurso en sí, una escritura, que se deriva de la lectura de un original. Pero una traducción también puede dar pie a un discurso de crítica o de análisis, a un comentario, a una simple opinión, enfocada en el texto traducido. Para mí a veces resulta difícil separar el trasfondo del texto, el original, de la traducción y su proceso. Incluso cuando leo en mis ratos de ocio, el ojo entrenado se activa y es capaz de detectar errores y tropiezos puntuales, también en los casos en que no conozco la lengua del original. Son los gajes del oficio: la lectura del traductor es más minuciosa que cualquier otra, y no es fácil controlar el cerebro para apagar esa forma de leer. Más aún, la lectura del traductor desemboca en escritura, para componer el texto traducido. De manera que, si resulta difícil apagar el mecanismo para leer como traductor, sucede lo mismo con el que estimula a escribir a partir de esa lectura.

Puedo afirmar lo anterior luego de 25 años en que mi vida ha girado de una forma u otra alrededor de la traducción de libros. No me atrevería a decir que le he dedicado esos años a la traducción literaria, porque durante algunas temporadas he hecho otras labores editoriales y porque entre los libros que he traducido hay muchos que no podrían clasificar en ningún género literario. Pero en uno u otro caso, el asunto de la semilla de discurso que siembra mi trabajo sigue siendo válido. La lectura del editor y del corrector también es minuciosa y me atrevería a decir que radiográfica, porque tiene que llegar hasta el esqueleto del texto. Y da pie también a una escritura posterior, que tal vez haría mejor en llamar reescritura de lo que sea que haya que corregir o pulir. Y en el trabajo editorial con libros no literarios, el desafío estilístico y de forma no es necesariamente menor. Hacer los títulos de secciones y capítulos en un libro de divulgación puede requerir más creatividad que 100 páginas de una novela (no en todos los casos, claro), y eso lo saben bien quienes han estado tras bambalinas de la producción de libros.

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