Archivos de la categoría Reflexión

La porosa frontera entre el inglés y español

(El siguiente post lo escribí para Cuatro Mosqueteras, el blog colectivo en el que participo. El tema se presta también para este blog, y retoma vagamente una idea tentadora: la de la tecnología, su adopción y normalización como fuerzas modeladora en la evolución de una lengua. Agradezco a las Mosqueteras que permitan su republicación aquí.)

Oímos y leemos el clamor recurrente que despierta la enorme cantidad de palabras del inglés que irrumpen en el español para luego pretender quedarse. A veces son innecesarias, pues no hacen sino suplantar buenas palabras que ya existen en nuestra lengua, aunque quizás quienes adoptan el término en inglés las ignoren. En este caso, el clamor se justifica. Sin embargo, a veces, las palabras que se nos cuelan al español desde el inglés son necesarias, ya que corresponden a objetos, acciones o situaciones nuevas, para las cuales no tenemos un término acuñado. Y es ahí cuando los reclamos carecen de fundamento, pues ese tipo de préstamo lingüístico ha sido uno de los factores de la evolución de los idiomas.

Sea como sea, muchos hispanohablantes nos sentimos con derecho de formar parte de una especie de “patrulla fronteriza” entre el español y el inglés, señalando y pretendiendo apresar a cuanto término cruza la línea sin el debido trámite. Y puede ser que en esta tarea de policía lingüística se pierda la perspectiva histórica y pasemos por alto que en esa frontera móvil y translúcida entre ambas lenguas, el inglés no siempre ha sido el exportador de términos migrantes y el español no ha sido siempre el que los recibe. Las zonas de contacto entre ambos han favorecido el intercambio de palabras y objetos a veces en una dirección, a veces en la opuesta.

En tiempos del descubrimiento, la conquista y buena parte del periodo de colonización de América, España era un poderoso imperio en el que “nunca se ponía el sol”. Extendiéndose desde España hasta las Filipinas por el oriente, y las colonias americanas desde el Cono Sur hasta Norteamérica por el occidente, no había manera de que fuera de noche en todos los dominios españoles en los siglos XVI, XVII y XVIII. Mientras tanto, Inglaterra era una pequeña isla vecina del continente europeo, con ansias de expansión, pero sin todo el aparato político, administrativo, naviero, comercial ni religioso para llevarlo a cabo a escala semejante.

Al llegar primero al continente americano, los españoles se asentaron más tempranamente en ciudades y puertos, entablaron relaciones comerciales y sometieron a los habitantes originales de esas tierras. Era apenas de esperar que, al entrar en contacto con los ingleses, estos últimos adoptaran los nombres de los productos americanos en esa frontera inicial entre ambas lenguas que fue el mar Caribe. Puede ser que estos términos no fueran de origen español, pero sí llegaron al inglés a través de este, desde lenguas indígenas como el taíno que les legó hammockhurricane y barbecue, por intermedio de la ‘hamaca’, el ‘huracán’ y la ‘barbacoa’ del español. Del náhuatl llegaron términos como chocolatetomato y avocado. Y la ‘papa’ suramericana que se originó en el quechua ‘papa’, para los peninsulares fue ‘patata’ y de ahí saltó al inglés como potato, conservando  esa huella de “impuesto fronterizo”. Del pueblo caribe, que ocupaba el norte de Colombia, Venezuela y las Antillas Menores, se derivan cannibal y cannibalism. Incluso hay palabras que atravesaron muchas de estas fronteras culturales hasta acomodarse en el inglés. El término lagniappe de la Luisiana francesa, que permanece en uso en Nueva Orleans, se deriva de ‘la ñapa’ del español suramericano, que proviene a su vez del quechua yapa, y sirve para designar un pequeño regalo o porción extra que se agrega en una compra (más conocido en México como el ‘pilón’).

Los anteriores son términos dispersos que saltaron al inglés desde el español, aunque vinieran de otras lenguas. No obstante, hay campos en los que el vocabulario del inglés estadounidense se levantó sobre los cimientos del español como sucede en el terreno de la cría y utilización de caballos con fines agropecuarios como la ganadería. La dificultad de hablar de este tema es que implica echar por tierra al menos uno de los principales símbolos de la naturaleza indómita del Antiguo Oeste: las manadas de caballos salvajes. Y con esa imagen también la del jefe indígena con su tocado de plumas, montado en un caballo, con un fusil terciado. Ni el caballo ni el fusil de esa imagen son oriundos de este continente. Fueron traídos por los españoles, que los diseminaron por la amplia región que conquistaron, pues el caballo era artículo militar e instrumento de autoridad, medio de transporte y comunicación, elemento agrícola. Los caballos salvajes del Oeste estadounidense eran descendientes de los que usaron los españoles para llegar a los puntos donde establecieron sus misiones y presidios. Los que montaban comanches, dakotas, o pies negros, también. A lo largo de los países latinoamericanos encontramos manifestaciones de esa cultura de raigambre española que gira alrededor de los equinos, y que tiene hilos comunes con la del lejano Oeste, afincada allí a través de las misiones y presidios fundados por comunidades religiosas y militares españoles a lo ancho de lo que en la actualidad son los estados de Texas, Nuevo México y Arizona, que se establecieron con caballos y reses para aprovechar las tierras para ganadería, más propiamente conocida como ‘vaquería’. Y dejó sus huellas en el inglés: lasso (lazo), cinch (cincha, la tira que sujeta la silla de montar por debajo de la panza del caballo, que también se denomina saddle strap/tira de silla de montar), mustang (de ‘mestengo’ o ‘mesteño’, animal doméstico asilvestrado), rodeowrangler (supuestamente, de ‘caballerango’, término mexicano para denominar al mozo que cuida y ensilla los caballos en las haciendas, conocido en otras regiones como ‘palafrenero’), buckaroo (vaquero, usado especialmente en la cuenca del Mississippi-Missouri y California),  stampede (estampida),  ranch (rancho), corral,  patio. La descripción de la topografía de la zona también preservó términos del español:  mesa,  canyon  (cañón), chaparral. E incluso en detalles del vestir, como sombrero o el típico ten-gallon hat de los vaqueros del Oeste, cuyo nombre no se deriva de la capacidad de su alta copa (donde no cabe ni el diez por ciento de ese volumen) sino de una de dos posibles teorías: de la expresión “tan galán” del español (un sombrero tan galán) o del ‘galón’ o tirilla trenzada que se pone como adorno alrededor de la base de la copa. El hecho de que la editorial de la Universidad de Oklahoma publique en 2005 un libro titulado Vocabulario Vaquero/Cowboy Talk: A Dictionary of Spanish Terms from the American West y lo promocione como una referencia importante para lingüistas e historiadores interesados en el contacto entre el español e inglés ya resulta diciente.

Es cierto que hay muchas otras palabras del español de uso común en el inglés estadounidense, desde nombres geográficos, comida y productos agrícolas, o utensilios de cocina y detalles arquitectónicos. Mas este terreno de la vaquería nos permite ilustrar específicamente ese fenómeno que hemos visto suceder del inglés al español de préstamo y apropiación de términos de vanguardia científica o tecnológica, de innovación en gerencia y administración, del negocio del entretenimiento o de la moda, pero en la dirección contraria, y con un siglo o dos de antelación.

Nota: Sin el apoyo bibliográfico de este libro, no hubiera sido posible redactar esta entrada: Bill Bryson, Made in America: An Informal History of the English Language in the United States, Harper Collins Publishers, edición Kindle.

Dos grandes del boom en versión gráfica

Pertenezco a una generación de colombianos que siempre ha tenido una relación difícil con Gabriel García Márquez. Somos contemporáneos de la publicación de los libros que levantaron su fama, y víctimas de la obsesión macondiana de los profesores de literatura en el bachillerato, al recibir el Nobel en 1982. No sé cómo serían las cosas entre los costeños, pero los del interior, y los bogotanos en particular, le guardábamos un tenue rencor adicional por la forma en que retrata a la ciudad y sus habitantes.

A pesar de eso, creo que todos los que nos lanzamos a escribir en la adolescencia pasamos por un coqueteo obligado con el realismo mágico garciamarquiano, con el desdibuje poético de Maqroll el gaviero, y la mayoría huimos corriendo de ese terreno. En muchas entrevistas, esos compañeros de generación que se hicieron escritores, sostienen que en su trayectoria literaria hicieron su camino procurando distanciarse de GGM, y algunos incluso se han referido al freudiano asunto de haber “matado al padre”. Mi opinión es que quizás no nos sentíamos como peces en el agua en esos macondos, sino repitiendo fórmulas, y ese estilo y esa mirada no nos permitían narrar lo que queríamos o podíamos narrar. En mi caso particular, casi todo lo que leí de GGM fue durante mi época de colegio. De ahí en adelante hice lo posible por evitarlo.

Admito que es muy posible que el resentimiento general haya estado avivado por las tendencias políticas de GGM, tan amigo de Fidel, tan cómodamente exiliado en México, tan amnésico a la hora de acordarse del pueblo de su infancia y tan presto a criticar la situación en Colombia. La combinación de esas cuatro cosas con seguridad le granjeaba odios y animadversión.

Y de repente, me enteré de que había muerto. Yo estaba presidiendo la división de traductores literarios de la American Translators Association, y me di cuenta de que tendría que escribir algo sobre él para la revista trimestral de la división.

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Efervescencia traductiva, o de la traducción como partido amistoso

En los últimos meses me vi bajo un alud de trabajo y compromisos que me impidió seguir adelante con este blog, pero hubo un momento en que casi recorto mis ya escasas horas de sueño para escribir una entrada. Estaba en las últimas páginas de un proyecto y, por la premura de terminar, alternaba la traducción de los últimos capítulos con la revisión de lo que ya había hecho. Me había costado empezar la traducción porque en la novela se intercalaban dos narradoras, compañeras de clase: la principal, que era una niña introvertida, de esas que no llaman la atención entre el resto, pero que no carecía de cierto atractivo e ingenio. En otros términos, una persona del común, con la cual un lector podía identificarse fácilmente. La otra había sido su mejor amiga durante años pero luego se habían distanciado. A pesar de tener la misma edad, la amiga era una veterana de la vida, más arriesgada y exuberante, ruidosa, y había pasado por muchas más experiencias relacionadas con esa sucesión de rituales de paso que es la adolescencia… las enemil primeras veces que enfrenta uno durante esa etapa. A esta otra chica me costó más darle voz. Para agregar un nivel más de dificultad, al leer el texto uno sabía quién hablaba. No era cuestión de una serie de párrafos donde el nombre de cada una cumplía con etiquetar la voz, sino que verdaderamente se oía la diferencia entre una y otra, producto de un concienzudo trabajo de construcción de personajes. Además la protagonista admitía que cuando estaba con su amiga se comportaba y hablaba de otra manera, que ella le desataba reacciones, respuestas rápidas e ingeniosas, que de otra manera su timidez habría mantenido ocultas. Por eso, era fundamental que hubiera algún grado de contraste entre las dos, no solo para distinguirlas una de otra sino también para que se viera este cambio en la protagonista.

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Kalandraka y los traductores invisibles

Kalandraka es una sonora palabra gallega que quiere decir basura, desastre y también sopa. Es también el nombre de una admirable editorial que comenzó publicando libros para niños en gallego, para llenar el vacío de libros ilustrados o álbumes para los más pequeños en ese idioma. Y tan bien le fue que a partir de su fundación, en 1998, se ha colado en el mercado del libro en español, en catalán y en portugués. Incluso, se han lanzado a aventuras tan increíbles como publicar clásicos modernos en lengua maya. Sus libros se consiguen en librerías de este lado del Atlántico también.

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Yo los había visto en la librería para niños que frecuento, y luego los encontré en una venta organizada por una promotora de lectura en su casa. En ambos lugares me he visto en la difícil situación de decidir cuál comprar entre la muestra que veo… que si un clásico de Gianni Rodari, que si un cuento cargado de humor de un autor chino, que si uno de los muchos libros de texto breve e imágenes maravillosas de este boom de la ilustración que se vive actualmente en España, o uno de los recuperados libros en los que colaboró Maurice Sendak, que tras una primera publicación hace varias décadas, no habían vuelto a imprimirse. ¡Mi problema es que quisiera llevármelos todos! Como no puedo, suelo encargar a mi pequeño “catador” de libros de 4 años, y es él quien escoge.

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De ignorancias y la fobia a los diccionarios – Más preguntas que respuestas

Cada vez que voy al supermercado y compro jamón de pavo del que llevo habitualmente, no puedo ocultar la sonrisa que me produce la etiqueta.

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¿Será que ni publicistas ni diseñadores consideraron que el equívoco era evidente? ¿Estaban convencidos de que el simple cambio de color de la letra (la palabra “real” en amarillo dorado) sería suficiente? ¿O será que jamás han visto un pavorreal? Confieso que el jamón de esa marca me gusta y lo prefiero a los demás, pero al ver la etiqueta no puedo dejar de acordarme del triste relato de mi mamá y del sancocho de tucán que no tuvo más remedio que comerse en un viaje azaroso por la costa del Pacífico colombiano: carne gris y dura, y la tristeza de haber acabado con el colorido del tucán. Algo así me pasaría de saber que estoy comiendo jamón de pavorreal.

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De traducciones y rock progresivo: ¿Dónde está el lado oscuro? ¿Aquí o allá?

A veces un libro que leemos nos lleva a recordar algo que leímos antes, y ambos enlazan entre sí como si se hubiera planeado un vínculo expreso. En este caso, una novela sobre Pink Floyd me devolvió a una frase iluminadora que había subrayado al leer un estudio sobre la tradición traductora en la Argentina. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

Los lectores de este lado del Atlántico no podemos evitar hacernos una pregunta muy a menudo cuando leemos traducciones hechas en España: ¿Será que los traductores y editores españoles no saben que no entendemos partes de sus textos, y no por falta de cultura sino porque vivimos en un mundo diferente? ¿O será que lo saben pero no les importa? Durante años he abordado ese problema de las traducciones españolas en talleres y cursos, y he procurado exponer claramente mi contrapropuesta, que ha ido definiéndose mejor tras esas sesiones en el paredón. Prometo volver sobre este tema en otro post, pero ahora solo tomaré ese par de preguntas iniciales para saltar al asunto de las lecturas como vasos comunicantes. Debo aclarar que también he leído buenas traducciones españolas, pero que las que me producen incomodidad abundan y sus problemas son tan evidentes que cuesta creer que se hayan publicado y luego vendido en América Latina sin pararse a pensar dos veces en cómo las leemos aquí. En franco contraste con esa manera de traducir, la frase iluminadora de la que hablo me asaltó en medio del estudio “Escenas de la traducción en la Argentina”, de Anna Gargatagli: “El uso de un idioma impersonal para traducir, diferente de la escritura literaria o de los usos coloquiales implicó que la posibilidad de ser hondamente otro fuera el resultado de un intenso trabajo que sigue siendo hasta ahora la función de la literatura argentina”. Sería como decir que los traductores argentinos hacen su trabajo con la conciencia de que su habla personal, o nacional, no es la de ese género intermedio que es la literatura en traducción. Para esos textos hay que utilizar un vocabulario y un estilo nuevo, como Trad lit en Am Lat-G Adamocorresponde a obras extranjeras, que no por verterse al español tienen que domesticarse por completo. Cuando uno ha renegado leyendo traducciones españolas, esa frase lo lleva a pensar que ninguna de las muchas traducciones argentinas que han pasado bajo su mirada deja pasar un “vos” o un “che”. El reto de todo traductor literario es salirse de su voz, su léxico y su registro habitual para encarnar el original, y en la visión que da Gargatagli, ese reto parecería ser no solo el punto de llegada del proceso de traducción sino el propio punto de partida. Traducir dentro de esta tradición no es argentinizar ni “porteñizar”, en oposición a la tradición española que si “iberiza” sin recato, a pesar de que para una gran porción de los lectores de estos lares toparse con un “gilipollas” equivalga a encontrarse con un término en una lengua extranjera.

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Traductores y correctores: bandos enfrentados

Pareciera que no hay dos bandos más opuestos y beligerantes que el de los traductores y el de los correctores. Cual Montescos y Capuletos, unos y otros se culpan entre sí por todos los males que puedan existir en ese mundo que es el texto. Y son capaces de rechazar una buena solución simplemente por provenir del bando contrario.

Pero a diferencia de los Montescos y los Capuletos, que llevaban su vida y sus negocios cada cual en su terreno en forma paralela, traductores y correctores participan en el mismo proyecto y su objetivo es, en últimas, es mismo.

La situación se vuelve aún más paradójica si tenemos en cuenta que, en una buena cantidad de casos, los traductores y los correctores son intercambiables: quien traduce en este proyecto, corregirá en el siguiente. Al menos es así en el trabajo con agencias, y también en algunas editoriales que tienen establecida la etapa de revisión de traducción dentro de sus procesos.

¿Qué lleva a que una misma persona cambie su actitud de tal manera, según tenga una función o la otra? Pareciera haber una necesidad de encarnizamiento con la etapa que no nos asignaron, ya sea la que viene antes o después.

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Traduzco, luego escribo: el comienzo

La traducción es para mí la semilla de un discurso. Por una parte, implica un discurso en sí, una escritura, que se deriva de la lectura de un original. Pero una traducción también puede dar pie a un discurso de crítica o de análisis, a un comentario, a una simple opinión, enfocada en el texto traducido. Para mí a veces resulta difícil separar el trasfondo del texto, el original, de la traducción y su proceso. Incluso cuando leo en mis ratos de ocio, el ojo entrenado se activa y es capaz de detectar errores y tropiezos puntuales, también en los casos en que no conozco la lengua del original. Son los gajes del oficio: la lectura del traductor es más minuciosa que cualquier otra, y no es fácil controlar el cerebro para apagar esa forma de leer. Más aún, la lectura del traductor desemboca en escritura, para componer el texto traducido. De manera que, si resulta difícil apagar el mecanismo para leer como traductor, sucede lo mismo con el que estimula a escribir a partir de esa lectura.

Puedo afirmar lo anterior luego de 25 años en que mi vida ha girado de una forma u otra alrededor de la traducción de libros. No me atrevería a decir que le he dedicado esos años a la traducción literaria, porque durante algunas temporadas he hecho otras labores editoriales y porque entre los libros que he traducido hay muchos que no podrían clasificar en ningún género literario. Pero en uno u otro caso, el asunto de la semilla de discurso que siembra mi trabajo sigue siendo válido. La lectura del editor y del corrector también es minuciosa y me atrevería a decir que radiográfica, porque tiene que llegar hasta el esqueleto del texto. Y da pie también a una escritura posterior, que tal vez haría mejor en llamar reescritura de lo que sea que haya que corregir o pulir. Y en el trabajo editorial con libros no literarios, el desafío estilístico y de forma no es necesariamente menor. Hacer los títulos de secciones y capítulos en un libro de divulgación puede requerir más creatividad que 100 páginas de una novela (no en todos los casos, claro), y eso lo saben bien quienes han estado tras bambalinas de la producción de libros.

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