Todas las entradas de: Mercedes Guhl

La porosa frontera entre el inglés y español

(El siguiente post lo escribí para Cuatro Mosqueteras, el blog colectivo en el que participo. El tema se presta también para este blog, y retoma vagamente una idea tentadora: la de la tecnología, su adopción y normalización como fuerzas modeladora en la evolución de una lengua. Agradezco a las Mosqueteras que permitan su republicación aquí.)

Oímos y leemos el clamor recurrente que despierta la enorme cantidad de palabras del inglés que irrumpen en el español para luego pretender quedarse. A veces son innecesarias, pues no hacen sino suplantar buenas palabras que ya existen en nuestra lengua, aunque quizás quienes adoptan el término en inglés las ignoren. En este caso, el clamor se justifica. Sin embargo, a veces, las palabras que se nos cuelan al español desde el inglés son necesarias, ya que corresponden a objetos, acciones o situaciones nuevas, para las cuales no tenemos un término acuñado. Y es ahí cuando los reclamos carecen de fundamento, pues ese tipo de préstamo lingüístico ha sido uno de los factores de la evolución de los idiomas.

Sea como sea, muchos hispanohablantes nos sentimos con derecho de formar parte de una especie de “patrulla fronteriza” entre el español y el inglés, señalando y pretendiendo apresar a cuanto término cruza la línea sin el debido trámite. Y puede ser que en esta tarea de policía lingüística se pierda la perspectiva histórica y pasemos por alto que en esa frontera móvil y translúcida entre ambas lenguas, el inglés no siempre ha sido el exportador de términos migrantes y el español no ha sido siempre el que los recibe. Las zonas de contacto entre ambos han favorecido el intercambio de palabras y objetos a veces en una dirección, a veces en la opuesta.

En tiempos del descubrimiento, la conquista y buena parte del periodo de colonización de América, España era un poderoso imperio en el que “nunca se ponía el sol”. Extendiéndose desde España hasta las Filipinas por el oriente, y las colonias americanas desde el Cono Sur hasta Norteamérica por el occidente, no había manera de que fuera de noche en todos los dominios españoles en los siglos XVI, XVII y XVIII. Mientras tanto, Inglaterra era una pequeña isla vecina del continente europeo, con ansias de expansión, pero sin todo el aparato político, administrativo, naviero, comercial ni religioso para llevarlo a cabo a escala semejante.

Al llegar primero al continente americano, los españoles se asentaron más tempranamente en ciudades y puertos, entablaron relaciones comerciales y sometieron a los habitantes originales de esas tierras. Era apenas de esperar que, al entrar en contacto con los ingleses, estos últimos adoptaran los nombres de los productos americanos en esa frontera inicial entre ambas lenguas que fue el mar Caribe. Puede ser que estos términos no fueran de origen español, pero sí llegaron al inglés a través de este, desde lenguas indígenas como el taíno que les legó hammockhurricane y barbecue, por intermedio de la ‘hamaca’, el ‘huracán’ y la ‘barbacoa’ del español. Del náhuatl llegaron términos como chocolatetomato y avocado. Y la ‘papa’ suramericana que se originó en el quechua ‘papa’, para los peninsulares fue ‘patata’ y de ahí saltó al inglés como potato, conservando  esa huella de “impuesto fronterizo”. Del pueblo caribe, que ocupaba el norte de Colombia, Venezuela y las Antillas Menores, se derivan cannibal y cannibalism. Incluso hay palabras que atravesaron muchas de estas fronteras culturales hasta acomodarse en el inglés. El término lagniappe de la Luisiana francesa, que permanece en uso en Nueva Orleans, se deriva de ‘la ñapa’ del español suramericano, que proviene a su vez del quechua yapa, y sirve para designar un pequeño regalo o porción extra que se agrega en una compra (más conocido en México como el ‘pilón’).

Los anteriores son términos dispersos que saltaron al inglés desde el español, aunque vinieran de otras lenguas. No obstante, hay campos en los que el vocabulario del inglés estadounidense se levantó sobre los cimientos del español como sucede en el terreno de la cría y utilización de caballos con fines agropecuarios como la ganadería. La dificultad de hablar de este tema es que implica echar por tierra al menos uno de los principales símbolos de la naturaleza indómita del Antiguo Oeste: las manadas de caballos salvajes. Y con esa imagen también la del jefe indígena con su tocado de plumas, montado en un caballo, con un fusil terciado. Ni el caballo ni el fusil de esa imagen son oriundos de este continente. Fueron traídos por los españoles, que los diseminaron por la amplia región que conquistaron, pues el caballo era artículo militar e instrumento de autoridad, medio de transporte y comunicación, elemento agrícola. Los caballos salvajes del Oeste estadounidense eran descendientes de los que usaron los españoles para llegar a los puntos donde establecieron sus misiones y presidios. Los que montaban comanches, dakotas, o pies negros, también. A lo largo de los países latinoamericanos encontramos manifestaciones de esa cultura de raigambre española que gira alrededor de los equinos, y que tiene hilos comunes con la del lejano Oeste, afincada allí a través de las misiones y presidios fundados por comunidades religiosas y militares españoles a lo ancho de lo que en la actualidad son los estados de Texas, Nuevo México y Arizona, que se establecieron con caballos y reses para aprovechar las tierras para ganadería, más propiamente conocida como ‘vaquería’. Y dejó sus huellas en el inglés: lasso (lazo), cinch (cincha, la tira que sujeta la silla de montar por debajo de la panza del caballo, que también se denomina saddle strap/tira de silla de montar), mustang (de ‘mestengo’ o ‘mesteño’, animal doméstico asilvestrado), rodeowrangler (supuestamente, de ‘caballerango’, término mexicano para denominar al mozo que cuida y ensilla los caballos en las haciendas, conocido en otras regiones como ‘palafrenero’), buckaroo (vaquero, usado especialmente en la cuenca del Mississippi-Missouri y California),  stampede (estampida),  ranch (rancho), corral,  patio. La descripción de la topografía de la zona también preservó términos del español:  mesa,  canyon  (cañón), chaparral. E incluso en detalles del vestir, como sombrero o el típico ten-gallon hat de los vaqueros del Oeste, cuyo nombre no se deriva de la capacidad de su alta copa (donde no cabe ni el diez por ciento de ese volumen) sino de una de dos posibles teorías: de la expresión “tan galán” del español (un sombrero tan galán) o del ‘galón’ o tirilla trenzada que se pone como adorno alrededor de la base de la copa. El hecho de que la editorial de la Universidad de Oklahoma publique en 2005 un libro titulado Vocabulario Vaquero/Cowboy Talk: A Dictionary of Spanish Terms from the American West y lo promocione como una referencia importante para lingüistas e historiadores interesados en el contacto entre el español e inglés ya resulta diciente.

Es cierto que hay muchas otras palabras del español de uso común en el inglés estadounidense, desde nombres geográficos, comida y productos agrícolas, o utensilios de cocina y detalles arquitectónicos. Mas este terreno de la vaquería nos permite ilustrar específicamente ese fenómeno que hemos visto suceder del inglés al español de préstamo y apropiación de términos de vanguardia científica o tecnológica, de innovación en gerencia y administración, del negocio del entretenimiento o de la moda, pero en la dirección contraria, y con un siglo o dos de antelación.

Nota: Sin el apoyo bibliográfico de este libro, no hubiera sido posible redactar esta entrada: Bill Bryson, Made in America: An Informal History of the English Language in the United States, Harper Collins Publishers, edición Kindle.

XXI Congreso Internacional de Traducción e Interpretación “San Jerónimo 2017”

Este anuncio es una excepción anual en este blog, y se debe a que a este congreso le dedico alma, vida y sombrero desde hace ya varios años. Con esta convocatoria, empieza la cuenta regresiva para la conformación del programa de ponencias, que tendrá su versión definitiva para finales de julio.

CONVOCATORIA PARA PONENCIAS

XXI Congreso Internacional de Traducción e Interpretación San Jerónimo 2017

La mente expandida: traductores en continua actualización

25 y 26 de noviembre de 2017

Guadalajara, Jalisco, México

Este año, el congreso anual de la Organización Mexicana de Traductores (OMT), Capítulo Occidente, se celebrará los días 25 y 26 de noviembre en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), y estará dirigido a los miembros de la OMT principalmente, y a la comunidad de traductores e intérpretes en general.

El objetivo del congreso desde sus inicios ha sido el de servir como espacio para la actualización y el perfeccionamiento de traductores e intérpretes, y a la vez como foro para la reflexión sobre diversas cuestiones de orden práctico, educativo, laboral y de reconocimiento social de la profesión.  Cada año, 250 asistentes se dan cita alrededor de conferencias, talleres y sesiones didácticas a cargo de un grupo de ponentes dispuestos a compartir puntos de vista, experiencias y conocimientos especializados sobre el campo de la traducción y la interpretación. Desde que lo acogió la FIL como parte de sus actividades académicas,  hace ya diez años, el congreso se convirtió además en una oportunidad para establecer contactos y explorar terrenos profesionales para los traductores en el entorno de la Feria.

El tema central de 2017 será “La mente expandida: traductores en continua actualización”, y a partir de este proponemos como posibles puntos de interés y debate: opciones para la actualización de traductores, la relación entre capacitación y calidad; la enseñanza de la traducción; la relación entre teoría y práctica; formación en el oficio y en el negocio; educación formal, educación continua y disciplina personal; el oficio y terrenos afines a la traducción; sin dejar de lado otros temas de permanente interés como la tecnología al servicio de traductores e intérpretes; la traducción en medios audiovisuales, digitales y nuevas fronteras; la traducción e interpretación en terrenos especializados; historia de la traducción; traducción y bilingüismo; lenguas minoritarias, etc.

Las personas interesadas en presentar su propuesta deberán enviarla a través del formulario en línea que se encuentra en este enlace (tendrá acceso al pegar el enlace en la ventana del navegador): https://goo.gl/forms/9HvcRRi6QzXHObYS2. Se recibirán propuestas para dos formatos diferentes de presentación: ponencia de 45 minutos o taller de 3 horas (los talleres se realizarán el sábado 25 de noviembre en la mañana, o en los 2 días siguientes al congreso). Las ponencias podrán presentarse en español o en inglés. La fecha límite para la recepción de propuestas es el 19 de junio de 2017. El dictamen del comité se dará a conocer a finales del mes de julio. Los ponentes aceptados recibirán, por cuenta de la FIL, tres noches de hospedaje con desayuno incluido y acceso ilimitado a la feria del libro más importante en lengua española. La Organización Mexicana de Traductores cubre los gastos de su inscripción.

Para mayor información sobre el envío de propuestas y la participación como ponentes, favor de escribir a omt.fil.ponentes@gmail.com.

Para mayor información sobre el congreso en general, favor de escribir a congreso.omt.fil@gmail.com.

Notas varias:

  1. A quien esté interesado en reseñas del congreso, lo invito a leer estos blogs de colegas que asistieron el año pasado:

2. Quien quiera tener una idea más clara sobre los parámetros que tiene en cuenta el             comité evaluador de propuestas puede leer una entrada anterior de este blog: De Olimpiadas y congresos

 

El tiempo no alcanza para todo

En los últimos meses, el tiempo para escribir ha sido escaso. Casi todas mis horas estaban comprometidas con otros proyectos que no podía aplazar. En el otro blog en el que participo, publiqué esta entrada sobre el oficio de traducir, que puede ser pertinente para quienes visitan o siguen este blog.

Este es el enlace: “El oficio de traducir” en Cuatro Mosqueteras.

En noviembre estaré participando en dos congresos. En uno de ellos, dando una ponencia a dos voces sobre traducción de libros para niños y la paradoja de irse a los extremos de libertad en la traducción precisamente para conservar la fidelidad al original (Ver http://www.atanet.org/conf/2016/byspecial/#L). En el otro, durante la Feria del Libro de Guadalajara, FIL, estoy en el comité organizador, y llevaré la batuta de unas cuantas intervenciones sobre traducción literaria y de libros en general (Ver programa San Jerónimo 2016).

De Olimpiadas y congresos

Esta temporada de competencias olímpicas coincidió con la etapa de estructuración del programa de talleres y sesiones del congreso anual de la Organización Mexicana de Traductores, OMT, de cuyo comité organizador formo parte de manera intermitente desde 2008. Y a lo largo del proceso de selección de propuestas, de redacción de los mensajes de respuesta a quienes habían enviado sus ponencias, y de clasificar temas e intereses en bloques para conformar el programa, pensé muchas veces en las similitudes entre “competir por un lugar en el programa de un congreso” y competir por una medalla olímpica”. Más que similitudes veo diferencias, y me parece que vale la pena dedicarles un espacio pues no son tan evidentes. Escribo esto en mi papel de traductora interesada en el desarrollo de la profesión (y el mío propio), convencida de la importancia de tejer redes entre colegas y mantenerse actualizados, y con muchas de las inquietudes que me han quedado tras impartir cursos, talleres y conferencias de traducción durante más de 15 años.

Volvamos al punto de partida: las Olimpiadas se rigen por el lema aquél de “más rápido, más alto, más fuerte”, y muchos creen que sucede lo mismo al enviar una propuesta a un congreso. Que saldrá elegido quien apunte más alto, quien abarque más terreno, quien muestre más pergaminos y logros o instituciones y honores, quien se meta en las honduras metafísicas de la traducción, o el que asegure tener la solución para que la traducción funcione como medio rentable de vida. Sin embargo, en estas eliminatorias por obtener un puesto en el programa, algunos de esos aspectos pueden pasar a segundo plano. Es cierto que la calidad es algo que no podemos perder de vista, que el comité de selección busca en las propuestas señales de excelencia y que tratamos de confirmar que quien propone tenga el dominio suficiente del tema y una perspectiva amplia de este. Pero eso no es todo.

SJ2016Este año, de las cincuenta y seis propuestas recibidas, una gran mayoría llenaban los requisitos mínimos de calidad. Y es ahí donde la selección deja de ser una eliminatoria olímpica para parecerse más a la labor del curador o comisario de una exposición, o a la que llevan a cabo un chef y un sommelier para planear en conjunto el menú de un banquete. Aquí es donde entran en juego las afinidades entre propuestas, o la manera en que dos o más muestran perspectivas diferentes o complementarias de un mismo tema. Habrá congresos en los que se privilegia la variedad por encima de todo, y el programa reúne la mayor cantidad de temas posibles, en todos los niveles de especialización. En el de la OMT el programa se estructura en bloques temáticos que dan cabida a dos o tres ponencias con un hilo o tema en común. Así, este agregado de perspectivas brinda más elementos de juicio y argumentos para abrir el debate. A veces se ha recibido una propuesta buena pero solitaria en su tema y enfoque. A menos que encontremos una línea así sea tangencial para relacionarla con otra ya aprobada, la descartamos a la espera de que en una edición siguiente del congreso pueda “emparejarse” con otra, y hemos llegado a contactar de nuevo a algunos de estos proponentes, para un congreso posterior.

Quizás valga la pena hacer otra aclaración: a diferencia de un congreso académico, con ponencias de veinte minutos de duración en las que los investigadores exponen sus hipótesis o sus avances, el de la OMT es un congreso de actualización profesional. Cada ponencia se asemeja más a una clase de cuarenta y cinco minutos, en la que se aborda un problema y se discuten sus posibles soluciones. Este formato de tiempo ha permitido que se hable de herramientas de traducción, de la situación de grupos de traductores o intérpretes específicos, de desarrollos en los métodos de enseñanza, de figuras y hallazgos en la historia de la traducción, de aplicaciones de la teoría, etc. Suele haber también una o dos mesas redondas en las que dos o más traductores debaten un tema, y hemos tenido desde problemas de traducción literaria, cuestiones pedagógicas, hasta contrastes entre leyes de protección al traductor. Por lo tanto, las propuestas que se restringen al formato de veinte minutos suelen ser descartadas, a menos que se encuentre la manera de que pasen al terreno de la aplicación práctica. ¿Cuál es la razón para justificar todo esto? Al ser el congreso de una asociación profesional de traductores e intérpretes, lo que prima es que los asistentes saquen provecho directo para su ejercicio profesional, su forma de vida y la imagen pública de todos los que nos dedicamos a estos oficios.

Por esa misma razón, la pertinencia de una propuesta es esencial. Ha sucedido antes, y este año también, que llega una propuesta de calidad pero cuyo tema está tan alejado del terreno de trabajo habitual de los traductores en México que el comité vacila. A veces, se aceptan para abrir los ojos a nuevas perspectivas. Otras, cuando la cantidad de propuestas pertinentes alcanza para copar el programa, se rechazan. Fue lo que vimos este año con dos temas de los cuales recibimos varias propuestas: la interpretación en el contexto de los servicios de salud y la traducción de teatro. De ambos llegaron suficientes opciones para conformar un bloque temático. Sin embargo, ese campo específico de la interpretación parece ser escaso en México (aunque no debería serlo, pues seguramente habría mucho que aprender y aplicar en zonas con alta densidad de población indígena, pero eso ya daría para otra entrada aparte). Y en cuanto a las propuestas de traducción de teatro, encajaban mejor en un congreso de literatos o de estudios culturales pues tenían que ver más con aspectos relacionados con el teatro traducido, o con la traducción como metáfora para el montaje.

Otro aspecto importante es la relación del tema de la propuesta con el del tema central del congreso. A veces hay propuestas que se ven claramente diseñadas a partir del tema central planteado. Y hay otras que reciben un leve barniz en el título, para encajar, pero al leer el cuerpo de la propuesta, se nota que no hay nada detrás. No es un criterio a rajatabla para descartar opciones, pero sí se privilegian las ponencias que sí se ocupan del tema central.

En forma paralela a todo este proceso de selección de año tras año, también me complace decir que hemos pretendido “hacer escuela” para conferencistas, y de entre el público han salido propuestas y nombres que luego han sido presentadas en este y otros congresos. No es fácil tener más de veinte caras nuevas de año en año. Hay personajes que vuelven regularmente, reincidentes ilustres. Pero también hemos tenido colegas que empezaron viniendo como asistentes, y que con algo de estímulo y persuasión se lanzaron a compartir sus experiencias y reflexiones como ponentes. Incluso hemos tenido estudiantes recién graduados que venían a exponer su tesis  de pregrado, con conclusiones interesantes sobre procesos de traducción o condiciones del oficio. Mientras la perspectiva sea novedosa, esté bien construida, y de pie a una reflexión pertinente hay cabida para todo.

Aunque así como se ha mostrado un horizonte abierto para recibir propuestas, hay un campo en el que siempre han resultado rechazadas, y siguen viniendo: el de la enseñanza o adquisición de idiomas. Si bien la traducción se basa en el dominio de más de una lengua, para un traductor profesional el asunto de cómo adquirir o enseñar una lengua extranjera es ya una prueba superada y no le compete para su ejercer su trabajo. Desde un punto de vista estrictamente personal, me da gusto ver que de año en año surgen experiencias pedagógicas en las que la traducción es una herramienta de aprendizaje de una lengua, porque creo que el contraste que se crea entre ambas a través de la traducción contribuye al fortalecimiento y diferenciación de las dos y forma una buena base para un traductor, pero es un interés mío que no considero que haya que imponerle a mis colegas.

De manera que el papel del comité evaluador al seleccionar las propuestas es bien diferente del que desempeñan los jueces en las Olimpiadas. Hay más variables y factores en juego, y su peso específico no es absoluto. Cada integrante del comité analiza las propuestas individualmente, y luego confronta sus puntos de vista con los de los demás. Casi siempre, esta puesta en común ha enriquecido el panorama al defender aspectos de determinadas propuestas que no todos los miembros del comité veían con claridad, y permite armar mejor el programa.

El de este año, que corresponde a la edición número veinte del congreso, puede consultarse aquí, en la página web de la OMT, o en el sitio web de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, FIL. Es el producto de la cosecha de propuestas de este año, sumada a la búsqueda deliberada de ciertos nombres que, o bien ya han participado y dejaron una buena impresión, o prometen hacer una contribución importante a la comunidad de traductores e intérpretes en México. En últimas, ese es el fin del programa y del congreso: una invitación a la reflexión sobre la manera en que trabajamos y abordamos los problemas que enfrentamos, y la proyección hacia el futuro cercano, con nuevas posibilidades en alguno de los muchos frentes relevantes para el oficio de traductores e intérpretes. Porque en nuestra vida profesional la competencia no se da en los encuentros, sino que es parte de la vida cotidiana. Nuestra carrera profesional es una maratón que corremos durante años. Y este congreso, así como la posibilidad de conocernos y apoyarnos entre colegas, sirve para que podamos correr a buen ritmo y llegar a la meta sin desfallecer y retirarnos.