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Kalandraka y los traductores invisibles

Kalandraka es una sonora palabra gallega que quiere decir basura, desastre y también sopa. Es también el nombre de una admirable editorial que comenzó publicando libros para niños en gallego, para llenar el vacío de libros ilustrados o álbumes para los más pequeños en ese idioma. Y tan bien le fue que a partir de su fundación, en 1998, se ha colado en el mercado del libro en español, en catalán y en portugués. Incluso, se han lanzado a aventuras tan increíbles como publicar clásicos modernos en lengua maya. Sus libros se consiguen en librerías de este lado del Atlántico también.

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Yo los había visto en la librería para niños que frecuento, y luego los encontré en una venta organizada por una promotora de lectura en su casa. En ambos lugares me he visto en la difícil situación de decidir cuál comprar entre la muestra que veo… que si un clásico de Gianni Rodari, que si un cuento cargado de humor de un autor chino, que si uno de los muchos libros de texto breve e imágenes maravillosas de este boom de la ilustración que se vive actualmente en España, o uno de los recuperados libros en los que colaboró Maurice Sendak, que tras una primera publicación hace varias décadas, no habían vuelto a imprimirse. ¡Mi problema es que quisiera llevármelos todos! Como no puedo, suelo encargar a mi pequeño “catador” de libros de 4 años, y es él quien escoge.

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De ignorancias y la fobia a los diccionarios – Más preguntas que respuestas

Cada vez que voy al supermercado y compro jamón de pavo del que llevo habitualmente, no puedo ocultar la sonrisa que me produce la etiqueta.

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¿Será que ni publicistas ni diseñadores consideraron que el equívoco era evidente? ¿Estaban convencidos de que el simple cambio de color de la letra (la palabra “real” en amarillo dorado) sería suficiente? ¿O será que jamás han visto un pavorreal? Confieso que el jamón de esa marca me gusta y lo prefiero a los demás, pero al ver la etiqueta no puedo dejar de acordarme del triste relato de mi mamá y del sancocho de tucán que no tuvo más remedio que comerse en un viaje azaroso por la costa del Pacífico colombiano: carne gris y dura, y la tristeza de haber acabado con el colorido del tucán. Algo así me pasaría de saber que estoy comiendo jamón de pavorreal.

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Frases al vuelo sobre traducción en la FIL Guadalajara

SJ 2015

 

Al vuelo intento plasmar las frases oídas en algunas de las ponencias de este congreso (San Jerónimo 2015, Organización Mexicana de Traductores – Feria Internacional del Libro de Guadalajara, 28 y 29 de noviembre) para que su eco no se pierda. Prometo volver sobre algunas de ellas con más calma, pues sugieren unos cuantos temas de reflexión, y esa reflexión merece darse, pero por el momento no puedo dedicarles más tiempo que esta mención.

Un contrargumento para los que aún dan la batalla sobre la imposibilidad de la traducción:

“Que la traducción perfecta no exista no quiere decir que sea imposible traducir”. SP

Dos maneras de expresar el carácter interminable de la labor de traducir:

“No debe haber una versión definitiva de un texto literario, no puede ni debe (…) no se debe aspirar a algo terminado o acabado”. JAC

“La equivalencia es algo que se construye”. SP

Tres ideas revolucionarias sobre la recepción de las traducciones por parte del público y la crítica:

“La traducción no puede hacer lo que la obra original no hace: gustarle a todo el mundo”. SP

“El resultado de la labor del traductor no debe buscarse tanto en la traducción en sí, sino en la interpretación que hace el lector del texto traducido”. SP

“En traducción literaria, lo verdaderamente imposible es la traducción literal”. JAC

Una bomba demoledora para el método tradicional de aprendizaje de lenguas extranjeras:

“El dominio de una segunda lengua depende en buena medida del nivel de dominio que se tenga de la lengua materna”. RD

¿Quiénes las dijeron?

Tres agudísimos traductores que además no dejaron de añadir un toque de humor e ironía a sus afirmaciones: José Aníbal Campos (JAC), traductor de literatura alemana y suiza; Radina Dimitrova (RD), búlgara, traductora del chino y otra variedad de lenguas; Svetlana Pribilowska (SP), traductora del inglés.

¡Gracias a los tres por acicatearnos las ideas!

Los tres aparecen en esta compilación de fotos: Video San Jerónimo 2015

Blog en proceso de reactivación

SJ 2015                          FIL 2015

y también…

ATA Miami         FUL 2015

¿Escribir en inglés o en español? He ahí el dilema

Paso mis días acaballada entre el inglés y el español, y no porque oiga música en inglés y vea televisión o películas con subtítulos, sino porque mi trabajo y mis gustos literarios, además de otras actividades extralaborales, implican leer en inglés, pensar en inglés y, en mucha menor medida, escribir en inglés.

En una época en la que la obsesión por la cantidad de público y la legión de seguidores que pueda uno llegar a tener, la idea de escribir este blog en inglés se me pasó por la cabeza. Así como también dudé de hacer mi perfil en LinkedIn en español. Solo que ahí le decisión fue más sencilla: cuando uno traduce libros al español, sus clientes suelen ser de habla hispana. No tiene mucho sentido figurar en inglés.

El blog vino un año después que la afiliación a LinkedIn, y la temporada que pasé dándole vueltas a la idea incluyeron el asunto del idioma. Algo que me llevó a pensarlo aún más fue haber colaborado en la tarea de recopilar un listado de blogs y páginas web de interés para traductores literarios de una asociación estadounidense. Como la lengua común entre todos ellos es el inglés, la mayoría de los que reunimos en el listado están en ese idioma, junto con varias revistas literaria electrónicas. Al visitarlos uno por uno para comprobar los enlaces, me quedaba leyendo un artículo aquí, una entrada allá, otra más allá, y me quedó una sensación difícil de definir: a pesar de que podía leerlos y seguirlos, su contenido no necesariamente me resultaba interesante, o pertinente. El supuesto impacto global no tiene que ver únicamente con el medio, sino también con el contenido. Contradiciendo a McLuhan, aquí el medio (el idioma) no siempre es el mensaje.

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De traducciones y rock progresivo: ¿Dónde está el lado oscuro? ¿Aquí o allá?

A veces un libro que leemos nos lleva a recordar algo que leímos antes, y ambos enlazan entre sí como si se hubiera planeado un vínculo expreso. En este caso, una novela sobre Pink Floyd me devolvió a una frase iluminadora que había subrayado al leer un estudio sobre la tradición traductora en la Argentina. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

Los lectores de este lado del Atlántico no podemos evitar hacernos una pregunta muy a menudo cuando leemos traducciones hechas en España: ¿Será que los traductores y editores españoles no saben que no entendemos partes de sus textos, y no por falta de cultura sino porque vivimos en un mundo diferente? ¿O será que lo saben pero no les importa? Durante años he abordado ese problema de las traducciones españolas en talleres y cursos, y he procurado exponer claramente mi contrapropuesta, que ha ido definiéndose mejor tras esas sesiones en el paredón. Prometo volver sobre este tema en otro post, pero ahora solo tomaré ese par de preguntas iniciales para saltar al asunto de las lecturas como vasos comunicantes. Debo aclarar que también he leído buenas traducciones españolas, pero que las que me producen incomodidad abundan y sus problemas son tan evidentes que cuesta creer que se hayan publicado y luego vendido en América Latina sin pararse a pensar dos veces en cómo las leemos aquí. En franco contraste con esa manera de traducir, la frase iluminadora de la que hablo me asaltó en medio del estudio “Escenas de la traducción en la Argentina”, de Anna Gargatagli: “El uso de un idioma impersonal para traducir, diferente de la escritura literaria o de los usos coloquiales implicó que la posibilidad de ser hondamente otro fuera el resultado de un intenso trabajo que sigue siendo hasta ahora la función de la literatura argentina”. Sería como decir que los traductores argentinos hacen su trabajo con la conciencia de que su habla personal, o nacional, no es la de ese género intermedio que es la literatura en traducción. Para esos textos hay que utilizar un vocabulario y un estilo nuevo, como Trad lit en Am Lat-G Adamocorresponde a obras extranjeras, que no por verterse al español tienen que domesticarse por completo. Cuando uno ha renegado leyendo traducciones españolas, esa frase lo lleva a pensar que ninguna de las muchas traducciones argentinas que han pasado bajo su mirada deja pasar un “vos” o un “che”. El reto de todo traductor literario es salirse de su voz, su léxico y su registro habitual para encarnar el original, y en la visión que da Gargatagli, ese reto parecería ser no solo el punto de llegada del proceso de traducción sino el propio punto de partida. Traducir dentro de esta tradición no es argentinizar ni “porteñizar”, en oposición a la tradición española que si “iberiza” sin recato, a pesar de que para una gran porción de los lectores de estos lares toparse con un “gilipollas” equivalga a encontrarse con un término en una lengua extranjera.

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El vocabulario en los libros para niños

Acabo de traducir un libro sobre ecología y sostenibilidad para niños, que me puso en una situación algo paradójica pero frecuente en libros de divulgación o de corte educativo. En inglés, la lengua de la cual traduzco, el acercamiento a temas científicos pasa por una etapa inicial en la que no se usan términos especializados sino una especie de glosario paralelo formado por palabras más cotidianas, que hacen de la transición al entorno científico una pendiente suave y uniforme, sin escalones ni curvas. En español, en cambio, nos lanzan en picada al terreno de la ciencia y las cosas se llaman por su nombre científico desde el principio. ¿Un ejemplo? Esos huesos que para nosotros se llaman fémur y rótula desde la primaria, en inglés son big bone y knee cap para los legos, y femur y rotula para los médicos.

¿Y dónde está la paradoja? En que muchas veces tratamos de apegarnos al tono más elemental del original en inglés, y el español sencillamente no se presta para eso, pues tenemos más definida la frontera entre cotidianidad y ciencia. Sé que a muchos colegas que traducen al español en  Estados Unidos, clientes y agencias pueden solicitarles que la traducción se haga en un lenguaje para nivel primaria. Y pondrán reparos al encontrar fémures y rótulas, sin querer entender que no tenemos otras alternativas equivalentes, tal como no hay otro término para decir “mesa”.  No me he visto ante una exigencia semejante, pues mis editores suelen confiar en mi criterio, pero a veces me pregunto si habría otras alternativas en español.

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Una novela gráfica sobre escritores y mis manías como traductora

Me pregunto si los libros que leemos en nuestra infancia temprana marcan de alguna manera el rumbo de las futuras lecturas. En mi caso, Tintín fue compañero de mis ratos de lectura de niña, antes de pasar a libros más densos en texto. Y quizás de ahí viene mi gusto por la novela gráfica. No puedo decir que sea conocedora y coleccionista enTamara Drewe-Cubierta ese terreno, nada más que de repente caigo flechada por alguno de esos libros de muchos monos y poco texto, y quedo enamorada. En Navidad recibí una de estas novelas de la que nada sabía ni tampoco recordé verla en los stands de la Feria del Libro, donde estoy segura de que mi marido la compró. No supe tampoco si me la regalaba por alguna razón en especial, como el tema o que hubiera leído alguna buena reseña. El libro, Tamara Drewe de Posy Simmonds, estuvo muy quieto en su estante de la biblioteca hasta hace unas semanas en que, buscando qué leer porque acababa de terminarme una novela, me la encontré y me lancé a sus páginas sin saber nada más. Y me atrapó de tal manera que lo devoré en tres sentadas, escamoteándole el tiempo al trabajo y al sueño.

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Traductores y correctores: bandos enfrentados

Pareciera que no hay dos bandos más opuestos y beligerantes que el de los traductores y el de los correctores. Cual Montescos y Capuletos, unos y otros se culpan entre sí por todos los males que puedan existir en ese mundo que es el texto. Y son capaces de rechazar una buena solución simplemente por provenir del bando contrario.

Pero a diferencia de los Montescos y los Capuletos, que llevaban su vida y sus negocios cada cual en su terreno en forma paralela, traductores y correctores participan en el mismo proyecto y su objetivo es, en últimas, es mismo.

La situación se vuelve aún más paradójica si tenemos en cuenta que, en una buena cantidad de casos, los traductores y los correctores son intercambiables: quien traduce en este proyecto, corregirá en el siguiente. Al menos es así en el trabajo con agencias, y también en algunas editoriales que tienen establecida la etapa de revisión de traducción dentro de sus procesos.

¿Qué lleva a que una misma persona cambie su actitud de tal manera, según tenga una función o la otra? Pareciera haber una necesidad de encarnizamiento con la etapa que no nos asignaron, ya sea la que viene antes o después.

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A Alicia, la niña que no envejece, en sus 150 años

A mediados de los años setenta, una niña de 9 o 10 años, harta de que todos los libros que encontraba siempre tenían a niños como protagonistas y no había ninguno con una niña, se lo comentó a su mamá. La mamá se dedicó a buscar libros para llenarle el vacío a su hija, y dio con dos. Uno fue Momo, de Michael Ende, un éxito instantáneo que esa niña leyó y releyó, y la marcó tanto que dibujaba a sus personajes y meditaba sobre paradojas del tiempo. El otro fue Alicia en el país de las maravillas, en una versión íntegra pero mediocremente traducida, si bien la edición era bonita. La pequeña lectora se adentró en sus páginas, reconociendo y entendiendo al fin pasajes que se sabía de memoria gracias a un disco de cuentos de Disney que había oído una y mil veces antes de entrar a primaria, pero a la mitad del libro se fue perdiendo en una atmósfera de pesadilla que la angustiaba mucho. No entendía todo lo que leía, y veía efectos desastrosos en los personajes. Decidió acabar la lectura y olvidarse del libro.

Esa lectora creció, y unos años más tarde se topó con A través del espejo. Lo leyó sin pestañear, y el libro la enredó en sus paradojas lógicas, la puso a pensar, la hizo reír, y hasta terminó tratando de repetir la partida de ajedrez que se supone ilustra el avance del peón blanco/Alicia hasta su coronación. Con todo, no quiso volver a abrir su vieja edición de Alicia.

Y pasaron unos años más hasta que le preguntaron si conocía a alguien adecuado para traducir a Alicia. Tras algo de titubeo, y escudándose en unos cuantos libros ya traducidos, se ofreció a hacerlo ella misma. Esta lectora venida a traductora quería leer Alicia en el país de las maravillas con todo detalle, y borrar esa atmósfera de pesadilla que le había quedado del libro leído a los 10 años.

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